Historia de la Ciencia desde la perspectiva de la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno

Por • 23 feb, 2019 • Sección: Ambiente

Pablo Huerga Melcón

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La Historia de la ciencia es una disciplina que forma parte de las ciencias históricas, es por tanto una disciplina integrada en el seno de las ciencias humanas. Como Historia, se mueve en un ámbito de dificultades propio del que corresponde al carácter provisional, indefinido, difuso y débilmente delimitado del estatuto gnoseológico de las ciencias humanas. Su debilidad, el hecho de que siempre se suela empezar una exposición sobre esta disciplina aludiendo a su estructura frágil, provisional, o aludiendo a que aún está saliendo de su prehistoria, no se deberá considerar sólo como una circunstancia temporal, propia de una disciplina naciente, sino a su propia estructura como ciencia humana. En cuanto Historia, los métodos filológicos ofrecen una extraordinaria precisión, sin menoscabo de las dificultades que encuentra para alcanzar ese estado científico al parecer ampliamente deseado, comparable al de las ciencias matemáticas, físicas o biológicas. En cuanto disciplina histórica aparecerá como un sistema internamente antinómico e inestable, en polémica permanente en cuanto a los fundamentos mismos de su cientificidad. Y esto lo decimos no al estilo de L. Pearce Williams, para quien el historiador de la ciencia podría desentenderse de los «detalles técnicos», sino por la misma configuración de su campo gnoseológico, lo que incluye también las cuestiones referidas a los teoremas, contextos determinantes, etcétera, lo que tampoco significa que este tipo de Historia desatenta a la temática técnica sea necesariamente estéril (piénsese en Herbert Butterfield (1900-1979), por ejemplo).

Cuando hablamos de la Historia de la ciencia como una disciplina integrada en el ámbito de las ciencias humanas, lo decimos en el sentido que esta oposición: ciencias humanas / Ciencias naturales, adquiere en la teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno, que aparece escuetamente expuesta en el artículo de Alberto Hidalgo de este mismo diccionario, y al que apelamos para su comprensión más cabal. Gustavo Bueno (1924) basa su distinción en el principio gnoseológico fundamental de su teoría, según la cual el grado de cientificidad de una disciplina estará en función del proceso de la «neutralización de las operaciones», un criterio que permite distinguir dos situaciones dentro de los campos semánticos de cada ciencia: la situación primera (alfa), la de aquellas ciencias en cuyos campos no aparezca formalmente, entre sus términos, el sujeto gnoseológico; y la situación segunda (beta), la de aquellas ciencias en cuyos campos aparezcan (entre sus términos) los sujetos gnoseológicos. Si la primera corresponde a las ciencias físicas, a la química o a la biología molecular, la situación segunda aparece en las ciencias humanas. En las ciencias humanas el sujeto aparece entre los términos del campo no como un objeto más, sino principalmente como un sujeto operatorio, que «liga apotéticamente otros términos del campo, lo que equivale a decir –dice Gustavo Bueno–, «que actúa como un científico». En este sentido, la situación beta «no afecta a estas ciencias por algún rasgo gnoseológico más o menos importante, sino que las afecta por razón misma de su cientificidad». El dilema de estas ciencias así entendidas, desde la Teoría del cierre categorial, es que si bien «la neutralización de las operaciones de las ciencias humanas comportaría en principio su elevación al rango de cientificidad más alto, […] con esta misma elevación perdería su condición de ciencia humana», tal como se ha definido. Y en este dilema se encuentra encajada la disciplina de la Historia de la ciencia, por más que avance en el tiempo.

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Desde luego, las ciencias humanas cuentan como fenómenos las propias operaciones, deben partir de ellas y volver a ellas, y en cuanto tales, habrán de incorporar según la teoría del cierre dos tipos de metodologías, las metodologías beta-operatorias, «procedimientos de las ciencias humanas en los cuales esas ciencias considerarán como presente en sus campos al sujeto operatorio», y las metodologías alfa-operatorias, «procedimientos en virtud de los cuales son eliminadas o neutralizadas las operaciones iniciales, a efectos de llevar a cabo conexiones entre sus términos al margen de los nexos operatorios (apotéticos) originarios». La teoría del cierre categorial sintetiza la dialéctica propia de las metodologías alfa y beta así definidas: «La ciencias humanas, en tanto parten de campos de fenómenos humanos, comenzarán necesariamente por medio de construcciones beta-operatorias; pero en estas fases suyas no podrán alcanzar el estado de plenitud científica. Este requiere la neutralización de las operaciones y la elevación de los fenómenos al orden esencial. Pero este proceder, según una característica genérica a toda ciencia, culmina, en su límite, en el desprendimiento de los fenómenos (operatorios, según lo dicho, por los cuales se especifican como «humanas»). En consecuencia, al incluirse en la situación que llamamos alfa, alcanzarán su plenitud genérica de ciencias, a la vez que perderán su condición específica de humanas. Por último, en virtud del mecanismo gnoseológico general del progressus (en el sentido de la «vuelta a los fenómenos») al que han de acogerse estas construcciones científicas en situación alfa, al volver a los fenómenos, recuperarán su condición […] de metodologías beta-operatorias».Esta antinomia entre metodologías alfa-operatorias y beta-operatorias no es casual ni episódica, sino constitutiva de este tipo de ciencias, y por tanto también de la Historia de la ciencia como disciplina histórica. Y en ella hay que insertar de manera definitiva la discusión entre la Historia interna y externa de la ciencia de la que tanto se ha hablado desde Thomas Kuhn (1922-1996), así como todos los debates acerca del objeto mismo de esta ciencia, que constituyen una parte importante de las discusiones acaecidas durante el siglo XX alrededor de la filosofía de la ciencia.

Por otra parte, si en cuanto disciplina perteneciente al ámbito de las ciencias humanas, la Historia de la ciencia tiene en su campo de trabajo a los propios sujetos operatorios, o como los llama también Bueno, a los sujetos gnoseológicos, por esta misma condición de operatorios, en la Historia de la ciencia esto no se dice en abstracto o genéricamente, sino que incluye formalmente a los propios científicos que han participado en el desarrollo mismo de las ciencias estudiadas. Es imposible que la Historia de la ciencia no atienda por tanto a las propias causas finales conforme a las cuales los sujetos humanos ponen en marcha sus actividades y configuran los procedimientos de trabajo de los propios científicos en todo caso. Por tanto, las cuestiones relativas a la inclusión o exclusión de los llamados «contextos de descubrimiento» en el ámbito de la Historia de la ciencia son improcedentes, pues precisamente el ámbito de trabajo de la Historia fenoménica de la ciencia debe considerarlos de manera necesaria, si quiere realmente aproximarse a una reconstrucción del proceso histórico de configuración de una disciplina científica, al margen de si se corresponde o no con la llamada «racionalidad» apelada por muchos filósofos de la ciencia. Porque en todo caso, será «la lógica beta-operatoria desarrollada en el plano fenoménico práctico con función causal» la que permite una reconstrucción histórica capaz de establecer las relaciones que median entre las reliquias y relatos que conforman el material gnoseológico de la historia, prediciendo otras, «recreando» la historia fenoménica y escenográfica. La reconstrucción de esa Historia fenoménica requiere un modo de inmersión en los fenómenos históricos (tal como anhelaba por ejemplo I Bernard Cohen 1914-2003) que una Historia teórica generaliza y desborda hacia coordenadas de tipo alfa-operatorio, sin perjuicio de que estas coordenadas tienen que poder remitirnos de nuevo a la reconstrucción fenoménica, a la predicción de nuevas «reliquias» o a la reinterpretación de las reliquias y los relatos que configuran el campo material de la Historia de la ciencia. Cuando Skinner critica a quienes pretenden reconstruir la Historia atribuyendo una coherencia formal frente a la necesidad de reconstruir la «intención» del autor, estaría planteando la cuestión de la confluencia de las metodologías alfa y beta, lo cual remite a distinciones clave como la que media entre «finis operantis» y «finis operis», pues una cosa es lo que está detrás de las operaciones del sujeto gnoseológico, en cuanto que sus operaciones son siempre finalistas (anamnesis-prólepsis), y otra distinta el resultado de esas acciones en el contexto objetivo del cuerpo de la ciencia en su momento histórico, lo que obliga necesariamente a reconstrucciones que desbordan el ámbito beta-operatorio, terminando por recorrer los dos caminos necesariamente, como recuerda Reijer Hooykaas (1904-1994).

La proyección de la historia fenoménica en marcos comprensivos más amplios manifiesta modos diversos de neutralización de las operaciones y de incorporación de los fenómenos: cuando esta neutralización se orienta hacia un horizonte estrictamente impersonal, por ejemplo mediante la postulación de un componente biológico o genético –el estudio del cerebro de Albert Einstein, pongamos por caso–, estamos regresando a «factores anteriores a la propia textura operatoria de los fenómenos de partida, a factores componentes internos, esenciales, sin duda, pero estrictamente naturales o impersonales» –dice Bueno–, estamos ante la situación que Bueno llama alfa1 en Historia de la ciencia. Por otra parte, el afán del historiador que defiende un modelo de Historia estrictamente diacrónico, renunciando a cualquier criterio de verdad o determinación que no venga dado por la propia situación estudiada nos remite a un estado en el que las operaciones de los científicos lejos de ser eliminadas en los resultados, son requeridas de nuevo por estos, en la visión más relativista y reduccionista. El sociologismo del Strong Programme de David Bloor, el enfoque sociológico de Ludwig Wittgenstein (1889-1951) o el estudio antropológico de la ciencia al estilo propuesto por Steve Woolgar, Paul Forman o Bruno Latour podría aproximarse a este modelo que suponemos corresponde con lo que Bueno ha llamado el estado Beta2 en las ciencias humanas. La Historia de la ciencia, al igual que otras disciplinas «humanas» oscilan entre estos estados «radicales» y otros más ceñidos a su propio campo metodológico, en lo que Bueno ha denominado los estados alfa2 y Beta1. En la situación Beta1 las operaciones figuran «no como determinantes de términos del campo que sólo tienen realidad a través de ellas, sino como determinadas ellas mismas por otras estructuras o por otras operaciones, de dos modos: el modo genérico IBeta1 «un modo de determinación de las operaciones que, siendo él mismo operatorio, reproduce la forma según la cual se determinan las operaciones Beta, a saber, a través de los contextos objetivos». Por ejemplo, cuando proyectamos la Historia de la ciencia hacia contextos históricos envolventes también operatorios, tal como hace el enfoque marxista, Boris Hessen en su estudio de Isaac Newton, Benjamin Farrington (1891-1974) y su comprensión de la historia médica, la Historia de la ciencia de John Desmond Bernal (1901-1971), que se organiza desde el contexto de los modos de producción. La situación IIBeta1 es aquella «en la cual las operaciones aparecen determinadas por otras operaciones (procedentes de otros sujetos gnoseológicos), según el modo de las metodologías Beta (sin el intermedio de los objetos)». Tal vez en esta situación están los procedimientos de la llamada Historia experimental de la ciencia que tiene como objetivo la recreación de los procedimientos experimentales llevados a cabo o descritos por otros científicos; también podría citarse el enfoque biográfico, por ejemplo. La situación Alfa2 se alcanza cuando «partiendo de las operaciones y sin regresar a sus factores naturales anteriores, considera los eventuales resultados objetivos (no operatorios) a los cuales estas situaciones pueden dar lugar» y en los cuales pueda poner el pie una construcción que ya no sea operatoria, según dos modos: IAlfa2, «cuando aquellos resultados, estructuras o procesos a los cuales llegamos por las operaciones Beta, son del tipo Alfa pero, además, comunes (genéricos) a las estructuras o procesos dados en las ciencias naturales». El análisis del pelo de Newton para determinar las causas de su neurosis juvenil por el mercurio desborda las especulaciones psicopatológicas; los análisis químicos de los documentos, el uso de métodos físicos para la datación, la arqueometría en general se situaría en esta perspectiva. En el mismo sentido se sitúan los estudios como la paleozoología, la geofísica, o también las determinaciones arrojadas por el estudio comparativo de los datos registrados en los documentos históricos con las modernas reconstrucciones, como por ejemplo la discrepancia de la datación de acontecimientos astronómicos por los babilónicos y los cálculos actuales que han permitido establecer el cambio en la velocidad de rotación de la Tierra y cómo ello ha contribuido a afinar criterios en geofísica, etcétera. «El modo IIAlfa2 tendrá lugar cuando las estructuras o procesos puedan considerarse específicos de las ciencias humanas o etológicas, pero tales que el criterio de neutralización sería la propia efectividad de ciertas estructuras o procesos objetivos que, aun siendo sólo posibles por la mediación de la actividad humana, contraen conexiones a una escala tal en la que las operaciones Beta no intervienen y quedan desprendidas.» La prosopografía (Arnold Thackray), los estudios estadísticos acerca de la relación entre científicos, sexo, raza, religión o nacionalidad al estilo de Friedrich Wilhelm Ostwald (1853-1932), la moderna sociología cuantitativa, el enfoque de Robert King Merton (1910-2003) o Pitirim Sorokin (1889-1968). También cabría encajar aquí la historiografía cientimétrica, la ciencia de la ciencia de Derek John de Solla Price (1922-1983) basada en las estadísiticas de las publicaciones. Solla Price concluye por ejemplo: «la objetividad y el carácter internacional de la ciencia básica aportan a su desarrollo histórico un elemento mucho mayor de determinismo e impermeabilidad a los factores socioeconómicos locales de lo que estamos acostumbrados a ver en otros asuntos humanos». La contabilización por parámetros como las citas, o los análisis de cocitación, etcétera.

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En gran medida, la verdad de la ciencia histórica fenoménica radicará en procedimientos como la recreación, por ejemplo, de procesos operatorios, del experimento del plano inclinado de Galileo Galilei, por ejemplo, reconstruir el experimento tal como él lo ideó, no tanto en la conclusión científica a la que ese experimento conduce. Y no porque asumamos una perspectiva relativista en Historia de la ciencia, sino todo lo contrario, porque partimos de que las verdades de las ciencias una vez establecidas por la neutralización de las operaciones a través de la confluencia de diversos cursos operatorios, reconstruidas desde contextos históricos cada vez más amplios, pueden sostenerse incluso más allá de que un determinado experimento ideado y descrito, y luego reconstruido lleve al historiador a sostener que tal autor no pudo llegar realmente a las conclusiones que llegó, aunque estas sigan constituyendo una verdad de la ciencia. Pero lo que distingue, por ejemplo, al «hombre de Piltdown» del hombre de Neandertal, la diferencia entre la verdad y la falsedad de una ciencia no la decide el historiador, sino el propio desarrollo de la ciencia. La confusión entre estas dos cuestiones tiene mucho que ver en los debates acerca de la Historia de la ciencia. Incluso, al margen de que esas operaciones hayan llevado o no a nuevos teoremas, pues la verdad que el historiador establece no confirma ni garantiza la de la ciencia, no es la Historia de la ciencia la que debe acometer la delimitación de la verdad de las ciencias, sino que deberá partir de la consideración del estado en el que se encuentran en cada momento. Asumimos, por lo tanto, el principio gnoseológico que dice que «sólo anacrónicamente se puede hacer Historia de la ciencia» (insistimos: ordo cognoscendi), sólo dada ya la estructura compleja de cada ciencia es posible reconstruir su génesis histórica con significado gnoseológico. Por tanto, la interpretación que se haga de esa estructura determinará al mismo tiempo la función de la historia en la conformación de esa estructura. Esto mismo supone que la distinción tradicional entre Historia anacrónica frente a Historia diacrónica es apriorística y no se puede sostener sin establecer algún criterio de determinación de los procesos de cierre que configuran históricamente las ciencias y las «separan» de sus contextos tecnológicos, sociológicos, etcétera. El modelo de «historia recurrente» o «historia sancionada» de Gaston Bachelard (1884-1962) podría recoger en gran medida este mismo planteamiento que defendemos aquí. Merton, Alfred Rupert Hall o Hull han coincidido con la necesidad de superar el modelo «anti-Whig» o «diacrónico», no ya a favor del anacronismo, sino mediante una reconsideración de esta oposición en Historia de la ciencia.

¿Son disociables, la génesis y la estructura de una ciencia, en qué medida y bajo qué criterios? Esto nos lleva a tomar en consideración necesariamente las diversas teorías gnoseológicas de la ciencia, de la estructura de las ciencias, para determinar el tipo de Historia de la ciencia, lo que será lo interno, las funciones que cabrá atribuir a las ideologías, y a otros factores sociales, económicos, qué se considerará lo externo a la historia de las ciencias, etcétera. La Teoría del cierre categorial ofrece una clasificación en cuatro teorías gnoseológicas de la ciencia (véase el artículo de Alberto Hidalgo), denominadas el descripcionismo, el teoreticismo, el adecuacionismo y el circularismo. Estas teorías harán una interpretación diferente de la contraposición entre génesis y estructura de una ciencia y, por lo tanto, orientarán tipos distintos de Historias de la ciencia.

Si el descripcionismo reduce la génesis a la estructura, en la forma de un inductivismo neopositivista, por ejemplo, haciendo de la Historia de la ciencia algo ajeno a la estructura de la ciencia misma, algo externo, el teoreticismo, históricamente, será el reflejo de «la conciencia del creciente peso que la construcción matemática o las herencias ideológicas y culturales, iban alcanzando en las ciencias de vanguardia de las primeras décadas del siglo XX», –dice Gustavo Bueno–, apelando a las tradiciones neokantianas, Rickert, Cassirer u Ortega, muy sensibles a los componentes histórico culturales que están presentes en el origen de los grandes sistemas científicos. El teoreticismo tenderá a ejercer la reducción a la génesis de las cuestiones de estructura, en gran medida reduciendo las propias ciencias a configuraciones culturales, lo que trajo consigo la agudización del problema de la demarcación entre lo que es ciencia y lo que no lo es, tal como fue planteado por K. Popper. El historicismo sociologista de Kuhn sería un resultado del teoreticismo puro, así como el «anarquismo» de Feyerabend. Por otra parte, el marxismo, cuando reduce la ciencia a institución cultural y abandona la concepción de la verdad por reducción sociológica o ideológica, como hace Hessen en su interpretación de Newton, estaría oscilando hacia el teoreticismo. El marxismo se separa del teoreticismo, sin embargo, por su concepción de la verdad científica, ajena al convencionalismo, falsacionismo, verificacionismo, etcétera, en lo que tienen de proposicionalismos, puesto que la verdad de las ciencias se cifra en su eficacia práctica, tecnológica, productiva. En todo caso, se aproxima más al adecuacionismo cuando considera la verdad de la ciencia proposicional en su adecuación a su función productiva práctica. La dialéctica entre el discurso y la técnica (teoría y praxis) tiene que ver con la función obstativa que el marxismo atribuye a las ideologías frente a la transformación social proporcionada por la técnica. No en vano, Bernal o Crowther sitúan el origen de la ciencia en los procesos de transformación que los hombres comienzan a ejercer sobre el medio a partir del Neolítico. En la misma línea se sitúan los análisis que a propósito de la historia de la medicina realiza Benjamín Farrington, cuando distingue la práctica médica de la teoría, la función obstativa de las ideologías imperantes, &c. El adecuacionismo supondrá la hipóstasis de la génesis y la estructura como dos entidades separadas y la historia se convertirá en el estudio de la adecuación de la historia a la estructura de la ciencia. Es precisamente Reichenbach, desde una perspectiva descripcionista, quien propone la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación, una distinción que debe ser reconstruida para que alcance un significado dialéctico crítico. De esta adecuación se desprenderá la delimitación de la Historia interna y externa de la ciencia, en clara dialéctica con las tendencias teoreticistas y con las tendencias descripcionistas. El adecuacionismo, por su distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación ajustado a la distinción entre Historia interna e Historia externa, habría delimitado como externo el tipo de Historia al que apela el teoreticismo, mientras que el modelo de Historia interna tendrá mucha semejanza con el descripcionismo, al eliminar por principio el papel del descubrimiento, promocionando un tipo de Historia «progresiva», acumulativa, ilustrada, en el que el desarrollo histórico de la ciencia será visto como el progresivo avance de la verdad por sí misma, al estilo de Condorcet, o Sarton. Se ha llamado también a este tipo de Historia, Historia Whig (tal como la definió Butterfield oponiéndose fuertemente a ella), o anacrónica, y suele encontrarse en muchos modelos tradicionales de historia preliminar, como la que suelen ejercer los científicos cuando comienzan a exponer sus nuevas aportaciones a sus respectivas disciplinas. El adecuacionismo puede alcanzar modelos críticos muy interesantes, como el que propone Lakatos: «Un método de señalar las discrepancias entre la historia y su reconstrucción racional consiste en exponer la historia interna en el texto, e indicar en notas a pie de página cómo la historia real «discrepa» respecto de su reconstrucción racional». La irrupción de Kuhn, y la interpretación de su obra como una reacción contra la llamada «concepción heredada» de la ciencia, tiene que ver con la dialéctica entre la perspectiva adecuacionista y teoreticista en Historia de la ciencia, y da pleno sentido a la afirmación de Hacking según la cual la «revolución de Kuhn», la «transformación fundamental de la perspectiva filosófica, fue la transformación de la ciencia en un fenómeno esencialmente histórico».

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El circularismo propuesto por Gustavo Bueno interpreta la contraposición entre génesis y estructura de manera diamérica y a los procesos de construcción de una ciencia como procesos «en virtud de los cuales las ciencias se nos presentan como concatenaciones construidas y cerradas (no clausuradas –tal como defienden Bachelard y Althusser), que van organizándose en torno a núcleos de cristalización (los teoremas)». La Teoría del cierre categorial parte de una concepción materialista y antiproposicionalista de la ciencia, algo que afortunadamente ha vuelvo a adquirir actualidad gracias a que también en el mundo anglosajón ha empezado a superarse el «imperio del proposicionalismo» con obras como la de Ian Hacking, de enorme interés. Concibe las ciencias como instituciones culturales suprasubjetivas y su objeto como un campo múltiple del que las proposiciones son sólo una parte. El cuerpo material de las ciencias incluye los contextos determinantes o armaduras tecnológicas en torno a los cuales se configuran los «teoremas» o las identidades sintéticas, cuyo entrelazamiento da lugar al cierre del campo. Esas armaduras son propiamente tecnológicas y por tanto las operaciones que permiten así como su propia aparición en el cuerpo de una ciencia son esenciales para la historia de la propia ciencia y determinan «la morfología de los campos de las ciencias que sólo pueden ser dados, necesariamente, a través de tradiciones histórico culturales».

Desde esta perspectiva histórico-cultural propuesta por Bueno, las ciencias se nos presentan como instituciones formadas por componentes muy heterogéneos, tanto materiales como personales, al igual que ocurre con otras instituciones culturales. Más que «conocimientos», las ciencias habrá que entenderlas como «construcciones», «configuraciones resultantes de ensamblajes sui generis de múltiples componentes –que indiscutiblemente sólo los sujetos operatorios pueden llevar a cabo». Los campos de las ciencias están compuestos de partes formales y partes materiales en la medida en que asumimos que «las ciencias han de aceptar su condición abstracta de organizadoras «parciales» de un material que las desborda por todos los lados». Como partes materiales («aquellas que ya no dependen según su figura, de la forma del todo, como los elementos químicos resultantes de la incineración de un organismo que haya perdido incluso su «forma cadavérica»», con respecto a la forma de ese organismo, serán las proposiciones, al menos en su forma sintáctica, los conceptos o los aparatos protocientíficos, «como pueden ser la regla y el compás cuando son utilizados por agrimensores o canteros». Las partes formales, «aquellas cuya forma depende del todo» (en este caso el todo es cada ciencia) serán los teoremas («partes formales mínimas de las ciencias»). Estos teoremas se establecen en el ámbito de los contextos determinantes o armaduras configuradas en el seno del campo de una ciencia.

Para la teoría del cierre, podría decirse que «una ciencia comienza no tanto a partir de su campo, si no a partir de los contextos o armaduras objetuales que se configuran en el campo». «Un campo categorial podría definirse, por tanto, como un entretejimiento de contextos o armaduras y «el desarrollo de una ciencia tendrá mucho que ver con la constitución de una nueva armadura en el ámbito de un campo categorial dado». Dispositivos «mundanos», dice Bueno, tecnológicos o lúdicos pueden jugar el papel de armaduras, la mesa de billar o el juego de dados para la mecánica o la teoría de las probabilidades, pero también el plano inclinado, etcétera. «En general, los aparatos, cuando funcionan como relatores son armaduras o dispositivos montados en el campo categorial de referencia (la balanza, el pirómetro óptico). Precisamente la reconstrucción proposicional de una ciencia, conlleva una abstracción de los contextos determinantes, abstracción que ha contribuido a crear esa imagen utópica, ucrónica, de la ciencia como sistema doctrinal e intemporal.

Estos contextos determinantes, en la medida en que son vistos desde una perspectiva semántica, más que pragmática, alejan claramente el circularismo del enfoque de Kuhn. Gustavo Bueno ha insistido en la imposibilidad de identificar los contextos determinantes con los paradigmas, construidos más desde una perspectiva pragmática que semántica. Sin embargo, cabría decir que en la medida en que Kuhn ha construido este concepto desde el enfoque histórico de la ciencia, sería posible reconsiderar los paradigmas no ya como contextos determinantes en las ciencias, sino en la propia Historia de la ciencia como disciplina científica, porque ahora sí adquieren un papel apropiado, en cuanto a su pragmatismo, porque inevitablemente los términos de la Historia de la ciencia están perfilados desde el papel operatorio de los científicos mismos, y utilizados por los historiadores como puntos de arranque de sus propias construcciones gnoseológicas; así por ejemplo, la ciencia del siglo XVII ha sido un contexto determinante para la reconstrucción de amplias franjas de la historia de la ciencia, la discusión en torno a la función del medievo que favoreció no sólo el debate de enfoques históricos: Duhem frente a Whewhell, sino la investigación y reconstrucción de importantes franjas de la historia de la ciencia, y el descubrimiento de importantes figuras que influyeron en la obra de Galileo y en la Revolución científica. El mismo proceso de Galileo, el papel de Mendel en la historia de la biología, etcétera. Un caso «paradigmático» podría ser el de los papeles no científicos de Newton, toda su preocupación alquímica y religiosa, cuya interpretación ha generado múltiples estrategias históricas y notables investigaciones y descubrimientos acerca de relaciones biográficas, vinculaciones ideológicas, compromisos sociales, &c., de extraordinario interés: Hessen, Keynes, Westfall, B. Dobbs, o F. E. Manuel frente a A. R. Hall o I. B. Cohen. No se trata por tanto de que los contextos determinantes sean semejantes a los paradigmas de Kuhn sino de reconocer que los paradigmas que Kuhn generalizó como puntos de arranque de su análisis gnoseológico de las ciencias, pueden ajustarse muy aproximadamente a lo que podrían ser los contextos determinantes para la disciplina de la Historia de la ciencia, y en esta función radica su recurrencia en los debates. También en este papel radica suponemos, el origen de muchas de las confusiones a que ha dado lugar en las discusiones sobre la gnoseología de las ciencias.

Por tanto, la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno concede un papel esencial a los procesos operatorios de las ciencias y a las figuras tecnológicas que o bien procedentes del ámbito mundano, o bien dados en la propia ciencia, contribuyen a la configuración de los teoremas e identidades sintéticas que constituyen las partes formales de las ciencias. Eso significa conceder una importancia singular a la propia Historia de la ciencia como disciplina que contribuye a la reconstrucción fenoménica de las situaciones operatorias que están a la base de la configuración de las verdades científicas. Y son precisamente ellas, las que retrospectivamente podrán determinar en cada caso, no de modo apriorístico, metamético, sino diamérico, aquellos elementos que son internos o externos a la construcción científica, en la medida en que hayan quedado recogidos o no en el propio cuerpo gnoseológico de la ciencia.

Esta perspectiva circularista podemos verla ejercitada en la obra de Hacking, en su interpretación de Kuhn, en trabajos actuales como el de Galison y en la corriente de la Historia tecnológica de la ciencia. Debemos recordar como antecedentes de esta perspectiva los trabajos precursores de Franz Borkenau, o Henrik Grossmann, Edgar Zilsel (1891-1944) y ya a partir de los setenta a Michael Wolf o Gideon Freudenthal. Todos ellos han insistido en la necesidad de profundizar en el estudio del contexto tecnológico entendido en un sentido aproximado al de los contextos determinantes de Gustavo Bueno.

Obviamente, cada una de estas teorías gnoseológicas de la ciencia, y sus reconstrucciones históricas asociadas abordarán de manera diferente la principales cuestiones concernientes a la Historia de la ciencia, las que quedan reflejadas en la dialéctica de las ciencias, en los tres apartados establecidos por Gustavo Bueno: la dialéctica de cada ciencia con el medio extracientífico, precientífico, o postcientífico, filosófico; la dialéctica de cada ciencia consigo misma; y la dialéctica de cada ciencia con otras de su entorno. La dialéctica de cada ciencia consigo misma lleva a plantear cuestiones acerca del origen de la propia ciencia y cuándo comienzan los procesos de cierre que la separan de su contexto tecnológico originario, lo cual remite a cuestiones de Historia interna de la ciencia y exige criterios gnoseológicos acerca de la cuestión de la verdad científica. Este tipo de dialéctica cubre lo que Helge Kragh llama «historia horizontal de la ciencia». La dialéctica entre las ciencias plantea cuestiones relativas a la consideración de las relaciones entre las ciencias, la demarcación y cómo estudiar las interacciones entre diversas ciencias, &c. No es lo mismo plantear la cuestión desde el punto de vista de una concepción unitaria de la ciencia (Compte, por ejemplo) que desde la perspectiva de una «república de las ciencias», &c. La dialéctica de las relaciones entre la ciencia y su contexto no científico vuelve a remitirnos a los problemas de demarcación y al ámbito de cuestiones propias de la Historia externa de la ciencia así como de la Sociología de la ciencia. Este tipo de dialéctica cubre lo que Kragh ha llamado la «historia vertical».

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La Historia de la ciencia está inmersa además en un constante flujo y reflujo de problemas gnoseológicos: el uso ideológico de la Historia con fines hagiográficos, nacionalistas, la reconstrucción que los propios científicos hacen de sus propias innovaciones, la modificación de las fuentes, el uso de fuentes secundarias tomadas de citas no correctas, las generalizaciones arriesgadas, la presencia de componentes ideológicos en conflicto como religión y ciencia, ciencias y letras (el problema de las dos culturas), ciencia y filosofía, ciencias y pseudociencias: ¿es la historia del psicoanálisis Historia de la ciencia, y la de la alquimia?; el problema de la traducción de los documentos, la existencia de falsos documentos, falsas invenciones, errores y falsificaciones, manipulación de datos, &c. La presencia de ideales científicos y las propias perspectivas filosóficas pueden llegar a forzar los datos en defensa del «método empirista», o del método deductivo; la reinterpretación de acontecimientos en función de criterios de racionalidad particulares, etcétera; la creación de mitos en la historia como «la caída de la manzana»; la tergiversación de los documentos, de las intenciones del autor (como el caso de Osiander con Copérnico). Pero al mismo tiempo, la Historia de la ciencia es a la vez la mejor estrategia crítica contra todos estos problemas.

Referencias bibliográficas

(Todas las citas van referenciadas a los textos de Gustavo Bueno aquí señalados.)

Gustavo Bueno, Teoría del cierre categorial, volumen 1 (Introducción general, Siete enfoques en el estudio de la ciencia), Pentalfa, Oviedo 1992, págs. 1-380.

Gustavo Bueno, «Reliquias y relatos: construcción del concepto de ‘historia fenoménica’», El Basilisco (Oviedo), nº 1 (marzo-abril 1978), págs. 5-16.

Gustavo Bueno, «Determinismo cultural y materialismo histórico», El Basilisco, nº 4 (septiembre-octubre 1978), págs. 4-28.

Gustavo Bueno, El individuo en la Historia. Comentario a un texto de Aristóteles, Poética 1451b, Universidad de Oviedo (Discurso inaugural del Curso 1980-81), Oviedo 1980 (octubre), 112 págs.

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http://www.nodulo.org/ec/2006/n058p14.htm

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