Notas sobre la Teoría de la esencia de Gustavo Bueno

Por • 22 feb, 2019 • Sección: Crítica

Iñigo Ongay

Presentación

En las páginas que siguen vamos a ofrecer, como lo anuncia el título del presente trabajo, unas notas que puedan servir de reexposición de la Teoría de la Esencia como «esencia genérica» o «procesual» que Gustavo Bueno ha venido presentando en El Animal Divino y en otros lugares de su obra{1}. En efecto, un tal tratamiento de la idea de esencia representa un trámite ontológico verdaderamente imprescindible de cara a la inteligencia cabal de muchos de los tramos doctrinales del Materialismo Filosófico (por supuesto la Filosofía de la religión, pero también la Teoría del Cierre Categorial, la Filosofía política, &c) al menos si es que no se quiere «interpretar» tales doctrinas de un modo escandalosamente especioso y aun tendencioso. Como quiera, en cambio, que tal género de «interpretaciones» (esto es, para decirlo directamente, tergiversaciones) son bastante comunes –lo que por otro lado no demuestra otra cosa que el alcance de la ignorantia elenchi de la que son víctimas muchos «intérpretes», e incluso muchos «críticos» (así se llaman) de la filosofía de Gustavo Bueno– consideramos necesario en este punto deshacer dichos «errores de interpretación» por parte de estas «apariencias falaces de críticos»{2}, poniendo, por así decir, «negro sobre blanco» las razones por las que nadie, salvo –insistimos– que se proceda desde la más clamorosa ignorantia elenchi{3}, puede pretender acusar a esta doctrina ontológica de incurrir en una suerte de «fijismo» o «megarismo» metafísico{4} puesto que, como veremos, es precisamente tal «fijismo» o también tal «megarismo» esencialista lo que aparece como barrenado críticamente por la concepción materialista de la esencia procesual.

La Teoría de la Esencia genérica

Entendemos desde el Materialismo Filosófico por «esencia genérica» a aquellas estructuras holóticas que conforman totalidades sistemáticas{5} (géneros, especies) tales que ellas mismas no se expresan sino a través del desarrollo procesual de sus partes componentes incluso cuando el despliegue de tales partes –de suyo muy heterogéneas y hasta opuestas entre sí– dan lugar a fases dialécticas en las que la propia esencia queda por así decir «desecha», «negada» en virtud de los resultados mismos que arroja el curso de su transformación. A unas tales estructuras transformativas cuadra también el rótulo de «esencias plotinianas» («géneros plotinianos», «especies plotinianas») precisamente en cuanto que estas mismas se contradistinguen respecto de las «esencias» («géneros» o «especies») porfirianas que, en el contexto de la maquinaria predicamental puesta a punto por la tradición escolástica –el célebre «árbol de Porfirio» de los predicables–, vendrían definiéndose a través principalmente, de la operación «recortar el género próximo contra la diferencia específica». Ahora bien, las definiciones (por caso de la idea de «hombre») construidas mediante la delimitación del género próximo («animal») por la diferencia específica («racional») y, en segundo lugar por la acumulación de predicamentos «no esenciales», accidentales (por ejemplo, el «propio», también el llamado «quinto predicable», &c.) dan lugar, ellas sí, a la conformación de estructuras esenciales fijistas, megáricas que casi siempre resultan demasiado rígidas en orden a la recuperación crítica del material fenoménico que ha de figurar en todo caso como terminus ad quem, al menos si es que no queremos vernos embarrados en un auténtico regressus «sin retorno», un regressus que quedaría calificado como «formalista» («formalismo esencialista»{6}) en la medida en que nos impidiera progresar desde las estructuras esenciales alcanzadas a su término.

Ahora bien, situaciones científico-categoriales muy precisas (estamos pensando sobre todo en los campos de la Geometría Proyectiva y de la Teoría de la evolución de las especies) nos ponen sobre aviso de contextos operatorios en los que determinadas «especies» (ya sean especies o «taxones» biológicos –zoológicos o botánicos–, ya sean «especies» de figuras, de polígonos o de poliedros) se transforman en otras «especies» diferentes (tal y como, por caso, los reptiles se transforman en aves o las elipses en parábolas{7}), circunstancia dicho sea de paso en la que situamos el principal alcance lógico-material –y no ya sólo biológico– de la «revolución darwiniana», para decirlo haciendo uso de la fórmula puesta en circulación por Michael Ruse{8}, y ello de tal suerte que, semejantes transformaciones esenciales muy difícilmente podrán quedar recogidas entre los límites de una concepción porfiriana de las especies como la que todavía ejercita por su parte, justamente desde el aristotelismo, Carlos Linneo en obras sistemáticas tales como puedan serlo Species Plantarum o Genera Plantarum.{9}

Sin embargo, las esencias plotinianas que contempla el Materialismo Filosófico –y precisamente por esto se diferencian de las clases porfirianas, megáricas, «siempre idénticas a sí mismas», en cuanto que estas hacen pie en «géneros anteriores»– se ofrecen exclusivamente (y ello en razón de su carácter procesual, dialéctico) al través del curso mismo del despliegue de las partes atributivas que las configuran y nunca, diremos, «por encima» o «por debajo» de este curso, independientemente de él. Pero este curso, aunque proceda del núcleo del que mana la esencia misma –y de ahí la unidad característica que media entre las partes de la esencia, unidad dada plotinianamente «en su transformación»: Los heraclidas, dice Plotino en las Enéadas, forman un género no porque tengan un carácter común sino porque proceden del mismo tronco–,puede dar lugar con todo, al través de las discontinuidades que traspasan su flujo, a especificaciones o fases de la esencia enteramente alejadas del núcleo mismo al punto de que éste pueda, llegado el caso, quedar «destruido», «negado» dialécticamente por las mismas transformaciones que atraviesan el curso de la esencia. Ahora bien, en estas condiciones, señala Gustavo Bueno en El Animal Divino, la idea procesual o dialéctica de esencia se desenvolverá de acuerdo a un esquema ontológico cuyo minimum estará compuesto por los siguientes momentos:

  1. Ante todo un núcleodesde el cual la misma esencia fluiría como de su «germen» o «manantial», a la manera de su «género generador». Aunque, y esto nos parece central no perderlo de vista, el propio núcleode la esenciaprovendrá sin duda de un previo «género generador» (de un género diríamos, «radical», una «raíz» genérica del núcleo) que sin embargo ya no podrá quedar incorporado a la propia esencia plotiniana dado que sólo tras la destrucción y recomposición anamórfica de sus partes dará lugar al núcleo de la esencia.
  2. Pero, advierte Gustavo Bueno, «el núcleono es la esenciaporque la esencia sólo se da (como «género generado») en su desarrollo»{10}. Este desarrollo será el resultado de la interacción entre el núcleo y el entorno mismo en el que el núcleo puede considerarse inserto (dado que tampoco podríamos suponer al núcleo como una substancia aislada de carácter exento). Este entorno, constituye el cuerpo de la esencia compuesto por diversas «capas» o «cortezas» cuyas relaciones dialécticas con el núcleo habrá que determinar en cada caso.
  3. Finalmente, es preciso decir que la esencia, en cuanto esencia plotiniana o procesual, sólo se ofrece a través de su curso,en un despliegue que, resultado de las interacciones entre el núcleo y el cuerpo,aparecerá como compuesto por diferentes fases o especificaciones evolutivas que serán la consecuencia de la mediación de las transformaciones (anamorfosis por metábasis en términos del Materialismo Filosófico) de los contenidos nucleares. Pues bien, al límite, el propio curso de la esencia podrá alejarse del núcleo hasta el punto de que este mismo quede finalmente negado por algunas de las fases de su despliegue, cancelado dialécticamente por ellas{11} a la manera por caso, como respecto a la esencia «cónica» dada en el campo matemático, el núcleo (que podríamos situar principalmente en la intersección entre el plano secante y la superficie del cono) llega al límite de su desaparición como tal núcleo, por ejemplo en el caso de las rectas o de los puntos entendidos como «curvas degeneradas»{12}.

La «izquierda política» y la «izquierda prístina». Enmendación de algunos errores

No tiene, bien se ve, sentido alguno atribuir ninguna clase de «estatismo» o de «megarismo» a la doctrina de la esencia procesual tal y como la hemos descrito en las líneas precedentes; y, añadiremos, mucho menos sentido tiene suponer, como lo hace algún «hermeneuta» tan archi-lúcido como pueda serlo don Luciano Miguel García que, Gustavo Bueno, como atrapado por una suerte de «megarismo esencialista» (o, en palabras de Luciano, un «fijismo» del concepto de izquierda política), identifica a la «izquierda prístina» con algo así como una «especie canónica» de «izquierda política» puesto entre otras cosas que el ejercicio del verdadero «canon de la izquierda» (la racionalización por holización) llevado a efecto por los dos primeros géneros de la izquierda definida conduce precisamente, tras el lisado revolucionario de las partes anatómicas características del «Antiguo Régimen», a una situación política cuyas propias partes componentes, tal y como habrían quedado atomizadas por la Gran Revolución (dialéctica de clases) serán ellas mismas, percibidas –y certeramente– por las siguientes generaciones de la izquierda política como incompatibles secundum quid con ese mismo canon de racionalización operatoria; es decir como partes susceptibles de ser todavía racionalizadas, atomizadas en el curso del progressus desde los principios de la Gran Revolución, resultando de este modo la «izquierda jacobina» y la «izquierda liberal» negada dialécticamente por terceros géneros de «izquierda política» que, sin embargo, procederán plotinianamente «del mismo tronco».

Vamos a citar a este respecto un párrafo suficientemente elocuente del primer volumen de El Capital de Carlos Marx:

«La órbita de la circulación o del cambio de mercancías, dentro de cuyas fronteras se desarrolla la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era en realidad, el verdadero paraíso de los derechos del hombre. Dentro de estos linderos sólo reinan la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham. La libertad, pues el comprador y el vendedor de una mercancía, v. gr. de la fuerza de trabajo, no obedecen a más ley que la de su voluntad. Contratan como hombres libres e iguales ante la ley. El contrato es el resultado final en que sus voluntades cobran una expresión jurídica común. La igualdad, pues compradores y vendedores solo contratan como poseedores de mercancías, cambiando equivalente por equivalente. La propiedad,pues cada cual dispone y solamente puede disponer de lo que es suyo. Y Bentham,pues a cuantos intervienen en estos actos sólo les mueve su interés. La única fuerza que los une y los pone en relación es la fuerza de su egoísmo, de su provecho personal, de su interés privado. Precisamente por eso, porque cada cual cuida únicamente de sí y ninguno vela por los demás, contribuyen todos ellos, gracias a una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, a realizar la obra de su provecho mutuo, de su conveniencia colectiva, de su interés social. Al abandonar esta órbita de la circulación simple o cambio de mercancías, adonde el librecambista vulgaris va a buscar las ideas, los conceptos y los criterios para enjuiciar la sociedad del capital y del trabajo asalariado, parece como si cambiase algo la fisonomía de los personajes de nuestro drama. El antiguo poseedor del dinero abre la marcha convertido en capitalista y tras él viene el poseedor de la fuerza de trabajo, transformado en obrero suyo; aquel posando recio y sonriendo desdeñoso, todo ajetreado; éste tímido y receloso, de mala gana, como quien va a vender su propia pelleja y sabe la suerte que le aguarda: que se la curtan.»{13}

Ahora bien, nos preguntamos cuando se sintoniza con este diagnóstico de Marx –y desde luego el Materialismo Filosófico sintoniza ampliamente con el mismo en libros como El Mito de la Izquierda–, ¿qué queda de «canónico» en la «izquierda prístina»?: nada en absoluto. Y sobre todo, ¿en qué sentido puede calificarse a la cuarta, a la quinta o incluso a la sexta generación de la izquierda definida como «especies degeneradas» de «izquierda política»? Respondemos: en ningún sentido.

Notas

{1} Nos basamos sobre todo en el capítulo 5 de la primera parte de El Animal Divino (págs. 107-114 de la segunda edición publicada por Pentalfa el año 1996) titulado «La fase ontológica: teoría de la esencia». El lector interesado podrá encontrar también cuestiones importantes al respecto en la voz «Esencia genérica (Teoría de la)» del Diccionario Filosófico preparado por Pelayo García Sierra para Pentalfa Ediciones.

{2} Remitimos al lector al siguiente libro de Gustavo Bueno, Televisión: Apariencia y Verdad, Gedisa, Barcelona 2000, págs. 32 y ss.

{3} O también que se proceda desde un sistema de «palabras-estímulos» tal que cada vez que alguien pronuncie la palabra «esencia», el «crítico» de referencia responda, por un mecanismo parecido al señalado por Pavlov en su «condicionamiento clásico», «¡metafísica!». Claro que, semejante tramo de «conducta verbal» delataría asimismo lo indocumentado de las entendederas de nuestro «intérprete» con respecto al abc de la historia de la filosofía.

{4} Ha sido precisamente el trabajo de Luciano Miguel García «Geometría e ideología» (aparecido en El Catoblepas, nº 57, pág. 14) lo que ha movilizado, al menos por lo que toca a su génesis, nuestra actividad «barrenadora» (aunque tal «barreno» puede, por su estructura, aplicarse a otros «críticos» tan perspicaces como el mismo don Luciano). Justamente en ese artículo, no se para en barras el inventor de la «racionalidad inmanente», a la hora de impugnar el concepto de izquierda política de Gustavo Bueno en razón de su carácter «fijista», corriendo por tanto el riesgo, según amablemente tiene a bien advertirnos don Luciano, tal concepto de degenerar en una suerte de «ideología metafísica». Pero como veremos, es precisamente el «fijismo esencialista» –en efecto una de las modulaciones posibles de la metafísica al menos en la medida en que desde tal «esencialismo» no sea posible recuperar los fenómenos de partida quedando de este modo bloqueada la línea del progressus– la situación lógico material que resulta negada, triturada por así decir, por medio de la inserción de la teoría de la esencia genérica.

{5} Cfr. la voz «Totalización sitática/totalización sistemática» en el Diccionario Filosófico de Pelayo García Sierra antes citado.

{6} Caracteriza Gustavo Bueno la situación característica del «formalismo terciogenérico» como «una apelación a estructuras racionales hipostasiadas (aritméticas, geométricas, cristalográficas) en cuanto sustituyen las conexiones materiales dadas en el conjunto de referencia.», cfr. Gustavo Bueno, «Materialismo filosófico como materialismo metodológico», prólogo a, Alfonso Fernández Tresguerres, Los Dioses Olvidados. Caza, toros y filosofía de la religión, Pentalfa, Oviedo 1993, págs. 7-14, de la cita, pág. 25.

{7} Véase el artículo de Gustavo Bueno, imprescindible para todas estas cuestiones, que lleva por título «Predicables de la identidad», El Basilisco, nº 25 (1999), págs. 3-30, principalmente pág. 9.

{8} Para mejor medir este alcance lógico de la entrada en escena del darwinismo acúdase a Gustavo Bueno, «La Teoría de la Evolución y la Scala Naturae» en Actas del III Congreso Internacional de Evolución, Zaragoza 1998.

{9} Aunque aquí habría que tener en cuenta las cuidadosas investigaciones realizadas por David Alvargonzález en torno al «Sistema de clasificación de Linneo» según las cuales las obras del naturalista sueco posteriores al Species Plantarum (1753) contienen el fermento de un «transformismo» que apartaría a esta figura de la tradición fijista que es propia de la lógica predicamental aristotélico-porfiriana con la que tantas veces se ha querido identificar al botánico de Södra, sin hacerle con ello la debida justicia, en efecto: « Ahora bien, en este ensayo no sólo intentamos probar que el fijismo de Linneo fue una condición imprescindible para el desarrollo del evolucionismo. También nos proponemos mostrar cómo dentro de la propia obra de Linneo, a partir de 1753 (fecha de publicación del Species Plantarum), están teniendo lugar cambios de gran importancia, que en mayor o menor medida, posibilitan, e incluso preludian las tesis transformistas y evolucionistas, y que alejan a nuestro autor de la tradición escolástica y aristotélica.» cfr, David Alvargonzález, El Sistema de Clasificación de Linneo, Pentalfa, Oviedo 1992, págs. 17-18. Más en particular, interpreta Alvargonzález: «(…) en e Species Plantarum, Linneo se dio cuenta de que algunas especies tenían que ser necesariamente derivadas de otras, y en la Disquisitio de sexu plantarum (1760) y en Fundamenta fructificationis (1762) y en la sexta edición de Genera plantarum (1764), Linneo ya no defendió el fijismo de las especies, sino que admitió explícitamente la existencia de especies surgidas por derivación de otras. Y es que los monstruos y los híbridos interespecíficos, negados en principio como relevantes para la clasificación biológica con el fin de mantener la coherencia de un sistema estático fijista, cobran cada vez mayor importancia en la construcción de la clasificación, hasta el punto de que Linneo revisa sus teorías acerca del fijismo de la especies.», David Alvargonzález, op. cit., pág. 20.

{10} Cfr. Gustavo Bueno, El Animal Divino, pág. 112.

{11} Así: «El núcleo es, pues, sólo una parte de la esencia, algo así como su germen. Pero tan esencial a la religión, tomada globalmente en su desenvolvimiento histórico, es el trato con los animales numinosos, como la transformación dialéctica de ese trato en una serie de conductas simbólicas que parecen ordenarse ortogénicamente en el sentido de un progresivo alejamiento respecto del núcleo originario. Un alejamiento que llevará, es cierto, en su límite, a la desaparición casi total del núcleo. Y con ello también, evidentemente –si queremos mantener la coherencia de nuestra idea de religión–, a la desaparición de la vivencia misma de lo numinoso.», Gustavo Bueno, op. cit.,pág. 231.

{12} Ejemplo extraído del Diccionario Filosófico de Pelayo García Sierra.

{13} Vid. Carlos Marx, El Capital, vol. I, FCE, México 1959, pág. 129, sub originales. Y en efecto, cuando esta dialéctica de clases se presupone mediada por la dialéctica de estados tales situaciones, que por si solas valen para poner en ridículo construcciones metafísicas como los «diálogos no forzados» de Habermas, pero también la «racionalidad inmanente» embebida, al fin de la historia, en el seno la «democracia parlamentaria», bien entendida esta como «logro definitivo de la Humanidad», se intensifican de modo particularmente llamativo: véase a este respecto lo que nos cuenta David Dusster en su interesantísimo libro Esclavos Modernos (Tendencias, Barcelona 2006) acerca de ciudades como Manila, de las maquiladoras de Honduras, las naves industriales en Marruecos, &c., &c.

http://www.nodulo.org/ec/2007/n059p09.htm

El Catoblepas • número 59 • enero 2007 • página 9

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