De las categorías del pensamiento económico

Por • 21 abr, 2018 • Sección: Economía

Manuel Antonio Jiménez-Castillo

Consideraciones sobre el elevado grado de ensimismamiento analítico que caracteriza el estudio tradicional de lo económico

Preámbulo

Conocer las fuentes últimas de una disciplina intelectual es una función tan natural y necesaria del entendimiento humano, que la propia evidencia nos demuestra la lentitud con la que se hace consciente a aquellos que la trabajan y desarrolla. Pues no por natural deja de ejercer una extraña reacción en la medida en que su desvelamiento exige de un ejercicio por conocer incompatible con esa inclinación natural con la que abrazamos la inmediatez -matriz, por cierto, fundante de lo económico. Y, sin embargo, a pesar del esfuerzo creciente que han adoptado las distintas ramas del saber en general y de lo económico en particular por familiarizarse con su campo de acción, tal objetivo queda interrumpido si por ello concebimos una paciente entrega hacia la Verdad. Porque no hay perseverancia que goce de estima si de ella no podemos extraer el deleite supremo que equivale a entender las razones que lo inclinan a saber el modo en que sabe. Solo así el conocimiento de la cosa se expande hasta sus límites aclarando que lo que ella es como expresión en esto o lo otro solo le pertenece a un instante de ese recorrido más prolongado que apunta a esa suerte de auto-reconocimiento.

Pero por noble, este fin no está dado en revelarse a la manera en la que intuye el juicio personal. Su abigarrada claridad exige ir superando las infinitas trabas que el entendimiento se auto-impone y que hallan razones en esa innegociable inclinación que todo ente de conocimiento tiene por descifrar lo denso de la realidad en una unívoca y simple fórmula. Emanciparse de tales dominios para encaminarse hacia los del oscuro bosque de la Verdad es óbice que impone toda traducción de la realidad externa a su clarificación con arreglo al origen. Así, no hallaremos alegría sostenida en ninguna búsqueda que no nos emancipe de la ilusión del juicio y de la servidumbre de la opinión. Pero hasta llegar a ese estado del que solo vislumbraremos su naturaleza abstracta es necesario enfocar el proceso a partir de las distintas categorías, relaciones, formas, métodos y resultados que el entendimiento va experimentando en su transitar hasta conformarse en ser para sí el objeto de estudio. Sobre este propósito descansan las siguientes líneas que razonamos a continuación.

  1. Conjetura inicial

Emprendamos la marcha fijando el objeto de estudio en la disciplina de lo económico. Ya desde la explicitación inmediata del concepto económico asaltan un sinfín de matices y aclaraciones, del todo ingobernable, que pretendo enfrentarlo desde una síntesis general para ir, solo desde allí, desmenuzando muy brevemente su contenido de manera razonada.

Lo primero que de ello merece una atención precisa responde a la cuestión sobre su origen. Largo y tendido se ha escrito sobre el compendio ensayístico de las Riquezas de las Naciones en el que por virtud analítica se hallaría el inicio de un proyecto intelectual autónomo en el campo de las ciencias de la escasez. Sin embargo, esta popularizada confirmación académica funciona mucho más como principio performativo que por las radicales implicaciones sobre lo que realmente anuncia (división del trabajo, productividad, etcétera). La división del trabajo elaborada en Smith se contrapone, por ejemplo, a la que popularizó dos mil años antes Platón en el específico principio normativo con el que cada uno aspira a conquistar la verdad. Como bien señaló Spiegel en su Desarrollo del pensamiento económico lo que uno hizo para favorecer la estratificación de clases el otro lo encomendó al incremento de la productividad. Esto, que pudiera resultar baladí, es en cambio el elemento de base que afronta el estudio de lo Económico. Y no porque en A. Smith se encuentren desarrolladas ideas más originales que las que podamos encontrar en las obras políticas de Hume, Quesnay o del propio Cantillon. Lo importante allí se encuentra precisamente en lo que A. Smith obvia o no aclara explícitamente. Habría que extraerse de la fría formulación conceptual para analizar lo que dentro de ella da alimento y cobijo. Algo así como en un juego de gemelos donde lo equivalente es solo el inicio de su contenido. El principio de división del trabajo no nos dice nada en sí mismo sino podemos deducir de él las relaciones entre los fines y medios, esto es, el carácter de su justificación, que lo fija a una cadena lógica de valores; y que son frente a otros los que inauguran la edad de la modernidad.

La economía trueca como disciplina autónoma tan solo cuando se hace objetiva, esto es, cuando sostiene toda la realidad sobre su propio objeto. Allí se emancipa de su pretérita vocación de ser un reducto de la Ciencia Política, y por tanto, desplazada sin rubor a la restringida esfera de la administración doméstica de necesidades personales. Al emanciparse de su relación atributiva con referencia a la educación moral y a las leyes civiles –aunque nunca desentendiéndose de ellas– alcanza esa libertad que en forma de Concepto hace de ella reflexión en sí y para sí misma. Allí, solo se necesita a ella para extenderse en todos sus límites. Pero esta libertad a la que nos referimos es todavía precaria pues solo la entiende a partir de una expresión de la que germina todo un proceso mecánico-acumulativo del que hemos dado en llamar sistema capitalista.

Este hecho explicaría la ligazón existente entre las nociones de división del trabajo y productividad en la obra de Smith. Hablar de productividad en lo que es de suyo propio supone hacerlo acerca del auto-movimiento que genera la producción no destinada a otro fin que no sea el de su propia reproducción. Las necesidades ya sean estas individuales o políticas que la ubicaban en el estado de sub-disciplina solo son cubiertas ahora de forma contingente aunque necesaria, resultado a su vez, de un vivo proceso de auto-expansión. La verdad de su objeto ya no es prestada de lo deducible de las obras de Jenofonte o Aristóteles sino facultativa. Claro que esta objetividad con la que celebra su honorable calificación de científica no va a conllevar en nada una eclosión de las bases ontológica que funda su naturaleza relacional. Esto es, como disciplina del comportamiento humano arreglado a temas de carácter conmutativo no se desembaraza de su predestinación para servir a los propósitos de los actores económicos; esto es, su emancipación lo es con respecto a su objeto y no a su naturaleza. Empero, esta primera fase de emancipación –la que supone el capitalismo frente a la economía feudal– solo puede resolverse a partir de las bases individualistas que aglutina el Mercado. Este es un punto cardinal en el razonamiento en tanto que si bien la idea de mercado está presente en buena parte de la historia de la humanidad su estatus en relación a la satisfacción de necesidades personales y a las relaciones sociales de producción alcanza en la época de Smith una significación particular. Las relaciones entre oferentes y demandantes no vienen solo a cubrir la necesaria interrelación que exige toda satisfacción refinada de necesidades ajenas –propias de un mercado pre-moderno– sino que adviene con ello un componente ontológico ausente hasta entonces; la idea de la que resulta un refinamiento moral. Este es el elemento que hace estallar cualquier descripción materialista vulgar sobre el mercado –que observamos por ejemplo en Polanyi– en tanto que lo que rezuma de tales relaciones aspira a vislumbrar un instante de la conciencia moral donde toda referencia óntico-teleológica reposará en la idea del Deseo personal y no en la de un orden superior legitimante; el mercado deja de ser un solo instrumento que facilita el intercambio de valores-mercancías para convertirse en el fundamento del valor de aquellas. Esta trasposición ontológica implica consecuencias ineludibles para el mercado y en el trato con el que la economía aborda el estudio de su objeto.

III 1. Lo Económico como Idea

No es el propósito de este trabajo atender las riquísimas implicaciones que comporta un razonamiento de tal naturaleza y sí en cambio describir el modo en el que el pensamiento económico logra abrirse camino a través de ella. La actividad que conlleva el pensar lo económico se articula –a nuestro juicio– desde tres distintas categorías propias al entendimiento con las que se obtienen siguiendo métodos específicos resultados determinantes a propósito del objeto de estudio. La primera de ellas de naturaleza menos fértil tiene que ver con el concepto de Idea. En ella el entendimiento se encuentra en su primera fase de correspondencia con la realidad haciendo que todo conocimiento de esta última proceda de relaciones sensibles inmediatas. De carácter descriptivo, las determinaciones económicas se presentan de una manera intuitiva incapaz de elevarse por encima de las percepciones sensibles. De ahí que todo método se agote en la mera observación de corte estadístico más o menos riguroso. Proposiciones de esta naturaleza son aquellas como “la inflación aumentó en una media anual del 3% en los países de la OCDE”; “la reducción de la pobreza en el mundo se estanca”; “el PIB experimenta un incremento de dos décimas frente al año anterior”, etcétera.

El conocimiento extraíble de estos enunciados se encuentra sometido a la inmediatez del espacio y del tiempo por lo que nada de universal y permanente es a ellas atribuibles. Las relaciones entre conceptos relativos sea este el PIB o la pobreza se constituyen en base a otras relaciones precedentes que instauran a su vez nuevas relaciones convirtiendo toda síntesis en un proceso fecundamente infértil. Ello incita que todo discernimiento en forma de síntesis se vea por siempre abocado al reino de la Doxa; un exceso de subjetivismo con el que se pretende rellenar el vacío que postra al entendimiento bajo unos enunciados tan solo predicables bajo la forma más somera del pensamiento. Esta razón explicaría el hecho por medio del cual no exista como cabría esperar de toda inclinación dada hacia el saber relación positiva entre el sinnúmero de voces críticas –véase en la cantidad de publicaciones académicas al respecto– con su adecuación a la realidad más íntima del objeto de estudio. Su concesión consiste finalmente en la conformidad con el mundo de la imaginación que no es aún ideológica pues está carente de todo juicio reflexivo; fluye desarticuladamente sin ocupar espacio concreto. De aquí se sigue que ningún enunciado gobernado por la estadística pueda por sí mismo servirse de los valores de verdad y confianza de los que se nutre el saber. El entendimiento alcanza en este instante de la conciencia un estado de subyugación que cristaliza en base a la proyección que genera sobre sí mismo saberse lo más superficial adscrito al objeto, y en ello, sola formulación. Etapa de esta categoría del entendimiento es hallada en los informes técnico-económicos que se adscriben a los estudios de corte institucionalista de organismos nacionales e internacionales como el FMI, el Banco Mundial, OMC, etcétera.

III 2. Lo Económico como Representación

Es solo con el abandono y desprendimiento del “punto de vista” –lo que viene visto en la sola Doxa– con el que el entendimiento se eleva a sí mismo transitando de la Idea a la Representación. Esta elevación ocurre precisamente superando un principio de saber inmediato fruto de la sola percepción a otro donde esa inmediatez se encuentra parcialmente corregida por el saber mediado. En el no saberse simple inmediatez es óbice para que del entendimiento emerja un estatuto reflexivo que no es todo en ella pero que sí es suficiente para que la Intuición de la Idea se convierta en Juicio. La observación cristaliza en forma de hábito y fruto de esa repetición se conforma la reflexividad de un acto dado de modo casi espontáneo en el sentido de que no adviene por una actividad consciente del entendimiento y sí, en cambio, del mecánico ejercicio de la reproducción. Pero no es del todo esto así pues las conexiones establecidas entre entidades llaman a una revelación interior a la Idea (de lo económico) que se ha auto-exigido no conformarse como algo empíricamente concreto a la percepción sino en forma de determinación reflexiva de lo inmediato. Propio de este estado son enunciados como a) “la inflación genera una pérdida general de competitividad en los sectores productivos menos expuestos a la innovación tecnológica”; b) “la pobreza merma el bienestar social e incrementa la delincuencia urbana” o c) “el crecimiento económico mejora, ceteris paribus, la partida de ingresos de la contabilidad nacional”, etcétera.

Comparando estos enunciados con los que provee la categoría de la Idea observamos como aquellas entidades (PIB, pobreza, inflación) no responden ahora al solo contenido formalista sino que se intuye en ellos un ejercicio reflexivo de lo que es en relación esencial a otras entidades. Para el caso particular de la inflación, por ejemplo, su realidad no parece agotarse en los matices descriptivos de la ciencia estadística sino que se expande hasta los límites que comparte con aquellas otras entidades; por ejemplo, en la capacidad de producción de los factores productivos a través de su relación competitiva entre sectores. Su ligazón con la productividad viene alentada por el ejercicio reflexivo del entendimiento que ha inferido de la entidad “inflación” efectos sobre la capacidad productiva al poner en relación el complejo mecanismo que se instaura entre oferentes y demandantes. Ahora bien, el conjunto de estas relaciones y el conocimiento que de ellas dimana al traducirlas en actos del pensamiento ocurre en general de un modo restringido a la pluralidad de puntos de partida que se ofrecen. No se alcanza como un Todo coherente donde el entendimiento se reconcilia con la realidad completa del objeto, la fuerza del saber es, en cambio, reflejo del valor subjetivo del que el sujeto participa activamente. En ella el sujeto es observador activo de lo que se forja como un hábito y del que induce así las consecuencias necesarias de su propósito. Extrae por medio de una irrefrenable vocación hacia el asunto la realidad representada bajo los límites de lo ideológico, pues por un lado, ha alcanzado la constatación de lo arbitrario de toda opinión sin emanciparse de la cegadora inclinación de la voluntad enfrentada al orden natural de los principios.

Así, cuando se refiere al saber lo hace facultado desde unas categorías que solo han sido reflexionadas “hacia afuera”, esto es, conformando una lógica y unitaria visión de la realidad que es morosa de lo que en el sujeto todavía se presenta desde un principio duro de identidad; la realidad es mi realidad concebida constructivamente. Lo que es cristaliza en lo positivo a partir de la reunión de distintos puntos de encuentros adecuando la objetivación de una voluntad reconciliadora mediante hechos “socialmente concebidos”. Las distintas escuelas de pensamiento económico ejemplifican su actitud acreedora de aquella sola parte del objeto de lo económico siendo allí donde participan pasivamente de la mirada ilusoria que imprime la representación cognoscitiva de los actores. La necesidad del acontecimiento se deja sentir a partir de una serie de premisas fundamentadas en términos axiológicos del que no huye el objeto de estudio pero sí la fuente interna de ser toda ella. Las escuelas de corte económico-liberal alimentan una esperanza en las bondades del funcionamiento auto-regulador del mercado del que solo se inducen de la experiencia con arreglo a tomar aquellas afirmaciones que perpetúan los principios ideológicos. Haciendo uso de la lógica inherente a expresiones como la de “mala finitud” se consigue posponer ad infinitum (véase el concepto de tendencia al equilibrio general de la escuela austriaca) el arreglo entre el actor que conoce y el objeto conocido. A lógica equivalente se ajustan las escuelas de naturaleza intervencionistas (véase el concepto de planificación perfecta). Esta estrechez de miras, por extraño que parezca, es propia del entendimiento en sí y no de las bases del discurso ideológico correspondiente a cada escuela; y ello en tanto que abarca toda su realidad en forma de representación, apartando toda complejidad que no se adhiera a ese inmediato modo de representar las cosas; o sea, la realidad como Concepto.

III 3. Lo Económico como Concepto

Es dado, en cambio, un estado superior que permite concebir desde todos y cada uno de sus límites el objeto de estudio. Es aquel donde la Representación da paso al Concepto y el Juicio a la Reflexión. Lo que hasta ahora había sido un acto de mediación reflexiva “hacia afuera” lo continúa para extenderlo “hacia adentro”. El entendimiento ha conseguido, en esta fase, emanciparse del denodado impulso por ser unilateralmente a través de la imposición y el dogma para enfrentarse a ello reculando desde su propio afán para servirse del pensamiento libre. La realidad no se enfrenta desde la voluntad parsimoniosa que busca democratizar el deseo de ser ella misma; y en cambio se ha redimido activamente como garantía del objeto. Así, lo exterior retorna a lo interior y en este transitar el hábito se configura en pensamiento que extrae y completa lo conocido a través de la tradición. Su seguridad radica en el doble proceso de mediación (doble-flexión) que el entendimiento ha asumido necesariamente al predicar sobre lo predicado. No se contenta con ser en sí objeto que conoce sino para sí objeto conocido y conocible, traduciendo la ilusión de estar desde el objeto en la firmeza de saberse libre en él. Analicemos las dos siguientes proposiciones que cristalizan un entendimiento pleno de diversas categorías económicas; a) “la inflación es el precio que paga el deseo por liberarse de lo negativo del trabajo” o b) “el PIB es un indicador que refleja aquel instante de la conciencia moral donde el bienestar se concibe como lo útil de la cosa en sí”.

Si observamos atentamente ambos enunciados ningún juicio ideológico será extraíble de tales proposiciones que invite a una contrastación de opiniones e ideas. El indicador monetario que ha sido protagonista de un sinfín de envites acerca de su idoneidad como instrumento de salud económica –en fases más superficiales del debate– consigue emanciparse de ese estéril ejercicio del entendimiento. En esta fase ha abandonado todo juicio positivo y negativo acerca de sus atributos para sostenerse en lo que realmente es. Veamos, por otro, el enunciado relativo a la inflación con un poco de mayor detenimiento. De la misma manera que ocurre con el PIB no podemos extraer del enunciado referido al de la inflación nada que nos permita polemizar sobre su naturaleza económica. Discusiones sobre la funcionalidad de la inflación en la economía pierde todo sentido pues a ello solo podríamos enrocarnos bajo aquella fase donde la categoría “inflación” se manifiesta como lo bueno en eso o lo malo en lo otro. Apelando a su concepto la inflación se dirige exclusivamente a entenderse a sí misma en modo a lo que le es propio en su relación con otras esferas. Su realidad se consume en una doble-negación pues se afirma negando en lo que es como no siendo, o sea, permaneciendo acreedora de una acción (el trabajo) que se ha reconocido sin determinarse; esto es, resulta del efecto que substancializa en el reconocimiento de un trabajo que ha sido realizado simbólica pero no fácticamente; por ejemplo, la pérdida de reconocimiento (valor económico) que se deriva del exceso de una cantidad dada de oferta monetaria en relación a un nivel determinado de producción bruta de capital. Es en este estado donde el entendimiento se realiza como Concepto implicando aquella naturaleza esencial de la categoría ya sí emancipada de toda matriz ideológica y dada en conquistar el reino de su libertad; o sea, ser ella misma la cosa en sí.

  1. Síntesis

Abordar las categorías económicas desde su Concepto no implica en modo alguno abandonarse a un compendio de virtud donde lo infinito se reordena en base a una realidad definitivamente aprehensible. La naturaleza sustancial de los principios que articulan los procesos de racionalización económica no se disuelven reconociendo lo que son para sí mismos, en tanto que su matriz relacional los posiciona siempre abiertos a la especulación y al análisis. Lo que sí logran frente a la Idea y la Representación es elevar la dignidad del entendimiento y con ello los métodos de interrogación de ello deducible y académicamente exigibles. Así, en una tesis acerca de la de la idoneidad del PIB como índice de bienestar social las razones aportadas desde el Concepto quedan vehiculadas hacia asuntos relativos a la conciencia moral (bienestar como utilidad) y a su grado manifiesto de refinamiento cuantitativo (Contabilidad Nacional). De este modo, predicando el PIB a partir del principio de normatividad ajustado a la utilidad, las demandas se actualizan en virtud de bases más amplias como las que se ocupan de la concepción normativa que ampara a un indicador u otro, de sus límites para afrontar una concepción dura de bienestar -véase aquella que desarrolla Amartya Sen o John Rawls, entre otras-, y de su competencia en referencia a otros indicadores. Solo desde la perspectiva que provee el Concepto, la rica apreciación moral que brota de un indicador como el de desarrollo humano no se agotará en una indiscriminada resolución de la voluntad para en cambio afianzarse como refinado mejoramiento de las dimensiones atribuibles al PIB. De ello es extraíble un perfeccionamiento sobre lo concebido como justo deducible de unas específicas condiciones materiales que han alterado el modo de entender lo necesario ajustado a medida. El deseo inmediato de la acción que se forja en las primeras fases del saber (esto frente a lo otro) abre paso a la fecunda paciencia que provee las fases más elevadas del entendimiento. Solo allí la realidad se reactualiza haciéndose para sí toda ella. Es en esa aspiración donde la vocación del estudioso inclina su facultad y guía su dinámico proceso.

Fases del objeto económico

CATEGORÍA

ENTENDIMIENTO

FORMAS

MÉTODO

RESULTADO

ESPÍRITU

Idea

Inmediato-Inmediato

Intuición

Observación

Doxa

Sometimiento

Representación

Inmediato-Mediado

Juicio

Hábito

Ideología

Ilusión

Concepto

Mediado-Mediado

Reflexión

Pensamiento

Conocimiento

Libertad

[ elaboración propia ]

El Catoblepas · número 182 · invierno 2018 · página 10

http://www.nodulo.org/ec/2018/n182p10.htm

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