Notas sobre Imperio y Democracia

Por • 6 dic, 2019 • Sección: Educacion

Patricio Peñalver Gómez

Este artículo propone una aproximación a la nueva relevancia del concepto de Imperio, así como del presunto nuevo «poder imperial» de los Estados Unidos, sobre el fondo de una preocupación política por las posibilidades y las aporías de la forma «democracia» en el presente

Premisas

Empezaré{1} marcando algunas premisas para situar estas reflexiones algo dispersas, unas reflexiones que sin embargo, y por otro lado, tienen la ambición, o acaso la debilidad o la ingenuidad, si quieren, de querer acercarse a los nuevos dilemas, a las aporías de «lo» político hoy, del nuevo destino de lo político hoy. Hoy: en el momento ciertamente convulso en el que nos encontramos, en especial desde hace unos meses, en medio de un movimiento al parecer imparable de la maquinaria bélica de los Estados Unidos en dirección a los lugares estratégicos de control del Medio Oriente. Maquinaria bélica impresionante ya de entrada la que se aproxima a Irak estas semanas, sí, y este hecho estará presente como contexto inmediato de estas consideraciones, ese contexto asediará nuestra reflexión, le quitará en más de un paso pseudoserenidad académica, y no sólo no le «quitará hierro», pondrá hierro. Pero también hay que analizar especialmente en el contexto, la retórica delirante de una imposible, increíble «justificación» de la guerra anunciada. Una retórica, la de esos discursos que preceden a la guerra y que hacen (en el doble sentido: presentan como y convierten de hecho) a ésta «inevitable», que podría recordar el famoso diálogo de los Melios con los Atenienses en el relato canónico de Tucídides.{2} Pero el paralelismo no llega a resultar verosímil sobre todo en un punto: la sutileza intelectual y el realismo analítico del intercambio entre los generales atenienses y los magistrados de la isla de Melos sonaría a chino, o a alguna «sofisticada» (en sentido anglosajón) filosofía a Bush y sus colaboradores, a esos que preparan los discursos preparatorios de la guerra «inevitable». ¿Me atreveré a incurrir en la apariencia de «antiamericanismo dogmático» si añado que barrunto, poco caritativamente quizá, que no menos sordos a las sutilezas que trasmite Tucídides, serían los más de los ciudadanos hoy de la un día gran nación de la democracia? ¿Y ya de paso, se me permitirá exclamar: ¡si Thomas Jefferson levantara la cabeza!?

Sea, pues, mi primera premisa, la de que debemos asumir con plena conciencia el enorme riesgo de generalizaciones y hasta de vaguedades en que puede incurrir el que se propone analizar estos conceptos, «Imperio» y «Democracia», y sus posibles relaciones, cuando se asume, como aquí asumimos, tener a la vista inmediatamente lo que está pasando en el planeta estos meses convulsos. Aquellos conceptos y aquellas relaciones se resisten por principio a ser captados en categorías formales académicas, ya sea de filosofía política o de las sogenannte «ciencias políticas».{3} Obviamente, otra fuente de dificultad en este sentido de resistencia a los códigos académicos más o menos formalmente vigentes, es que también las aproximaciones historiográficas, por así decirlo puramente historiográficas, quedan por debajo de la cosa. O por decirlo más positivamente: una elaboración crítica de los conceptos de Democracia, de Imperio, y de sus relaciones, no puede no producir una reflexión crítica sobre la propia ciencia histórica.

Ahora bien, y esto sería la segunda premisa de la intervención, se impone reconocer que estos conceptos (así como los procesos histórico-sociales y políticos a los que aquellos refieren claro está), y acaso sobre todo, la difícil relación entre ellos, asedian todo pensamiento político responsable comprometido con el presente. Y decimos pensamiento político pensando no sólo en el de los pensadores más o menos profesionales de la política (de algún «área de conocimiento», filosófica o no), sino el pensamiento político que incumbe a cualquier ciudadano responsable de hoy, y que no puede estar menos interesado en lo que pasa en lejanos continentes, por ejemplo en relación con los problemas de la energía (un tema dificilmente marginable en cualquier explicación de esta guerra anunciada llamada «inevitable»), que en lo que pasa en su barrio, que por lo demás puede tener que ver a su vez con mutaciones mundiales en curso, por ejemplo con las nuevas migraciones. Se ha hablado (Ulrich Beck) de una glocalización, término bizarro pero que apela eficazmente a una irreductible complexión de lo global y de lo local.{4} Asistimos todos a un despertar, quizá, de la conciencia ciudadana: y cómo podría seguir ésta dormida, zarandeada como está ahora por una nueva virulencia del poder imperial, y, consecuentemente, muy naturalmente llevada a la exigencia complementaria de una nueva reflexión de la forma Democracia. Al menos, si es que algunos sujetos corpóreos democráticos deciden perseverar en su ser, en su ser democráticos digo ahora.

Una tercera consideración preliminar, más académica. Se percibe en muchos lugares, en la historiografía y en la filosofía política en especial, una nueva manera de explicar, y de evaluar, el tema del Imperio. Novedad a resaltar más si cabe justo por el contraste con el esquema dominante hasta hace poco en la interpretación del Imperio, a saber, el esquema que entiende el Imperio como sujeto o potencia generadora de imperialismo, de expansión depredatoria de unas naciones más fuertes sobre otras más débiles. En esto, en la inflexión de una novedad en la perspectiva del análisis, ha sido resonante el libro de Antonio Negri y Michael Hardt: Imperio (Paidós, Barcelona 2002). En esta obra, desde luego muy discutible en su ecléctico si es que no confuso aparato categorial (donde se «mezclan», por ejemplo, categorías deleuzianas con el «realismo» de Maquiavelo, y sobre fondo de alma franciscana), y discutibilísima también en sus presuntas «propuestas» delirantemente fratercentristas, «marxistas-franciscanistas», hay al menos algo de interés indiscutible: el planteamiento formal del requerimiento de una encuesta sobre el novum de la forma de soberanía en la época de la globalización, en una fase en que el proceso de desconstrucción de las soberanías nacional-estatales parece irreversible. En este nexo histórico la soberanía estaría ligada a un Imperio mundial, cuya especificidad habría que diferenciar formalmente de los viejos imperialismos. Éstos, a diferencia del Empire de hoy, eran movimientos expansionistas de respectivos Estados-Naciones. La época del imperialismo en el sentido riguroso, «moderno» –por cierto un concepto éste que en el momento de sus primeros usos estaba lejos de tener connotaciones negativas, todo lo contrario– es la que se extiende desde 1870 a 1914. La del 14 habría sido una guerra entre Imperialismos, un litigio generado como consecuencia de desacuerdos graves entre las potencias europeas que se disponían a repartir entre ellas la explotación de las materias primas del resto del mundo. El análisis de Lenin sigue siendo en lo esencial válido desde este punto de vista. El Imperio, en cambio, la forma de soberanía de un poder imperial que se autopresenta como el único efectivamente vigente (Orden) y también como el único revestido con la legitimidad de representar una alta vida moral y política (Justicia), es efectivamente otra cosa que aquellos imperialismos que por lo demás no ocultaban su rostro sombrío depredatorio, o apenas. Se entiende que Negri y Hardt comparen el intento de su propuesta con la que hiciera Polibio en su célebre análisis de la génesis y estructura del Imperio romano.{5}

Pero el novum de un Imperio mundial, se lo analice con las tantas veces confusas categorías de Negri-Hardt, o con otras, es por otra parte a su vez un impulso para reconsiderar con nueva mirada histórica los grandes Imperios que en el mundo han sido. No sería ejemplo, por entendernos, de esa nueva mirada el libro reciente de Henry Kamen, lanzado a la palestra justamente estos días con alguna dosis suplementaria de exceso mediático: Imperio (Aguilar, Madrid 2003). El anglocentrismo descarado de esta versión de la monarquía hispánica en su etapa imperial, y el recurso a un genérico, o vago, concepto de «imperio global», limitan de entrada la capacidad explicativa específica de la singularidad histórica del Imperio hispánico. Kamen propone expresamente un paralelismo entre el imperio español durante los siglos XVI y XVII y el imperio de los Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y se centra en «las muchísimas similitudes entre la formación y el mantenimiento de ambos imperios. Las tareas del imperio eran globales y exigían soluciones globales». Queremos poder creer aquí que de eso nada: que nada tiene que ver, ni en su génesis, ni en su estructura, ni en su «ortograma» (por recurrir al término de Gustavo Bueno{6}) el Imperio de la monarquía hispánica por una parte, con el «ensayo» de los Estados Unidos de articular una política internacional abiertamente unilateralista de relación de la única (supuestamente) superpotencia mundial con el resto del mundo, por otra parte. Ensayo éste, por lo demás, de naturaleza todavía por determinar.{7}

La experiencia hodierna de lo que con escaso concepto y con mucho convencionalismo se llama «nueva realidad imperial» (ya sea ésta una nueva vicisitud del imperialismo de siempre como cree mucho izquierdista corriente, ya sea que se asista a una nueva forma de soberanía, la del Imperio, ya sea que se trate de otra cosa) impulsa muy coherentemente a una revisión histórico-filosófica de las configuraciones epocales en las que se ha realizado, de una manera u otra, la idea de Imperio. Y decimos ahora «idea» con énfasis en su sentido transcategorial, y que habría que construir o reconstruir hoy justo a partir de la novedad histórica del último medio siglo (Segunda Guerra Mundial, Guerra fría, Derrumbamiento de la URSS, y desde luego la en buena parte todavía enigmática capacidad de resistencia del Islam al orden capitalista neoliberal mundial). Con nuevos ojos, vemos, debemos ver, por ejemplo el significado de la oposición entre la polis griega clásica y el Imperio persa de los Aqueménidas, o la oposición, más interna ésta, entre aquella polis, de nuevo, y el Imperio de Alejandro Mago a su vez en lucha con los Persas. Y habría que analizar el contraste entre el helenocentrismo fanático del profesor (otra paradoja, pues) de Alejandro, y la no muy atendida atención cuidadosa del Platón político a otras sabidurías políticas, a saberes políticos no generados en la polis, sino en Egipto, o en Persia incluso. Y está luego Roma: díme qué piensas de Roma y te diré quién eres, me gusta repetir.{8} Y seguiría preguntando: dime qué piensas del litigio de los sucesores de la legitimidad del Imperio romano (el Imperio bizantino, la Iglesia católica romana, el Sacro Imperio Romano Germánico), litigio tan ligado en sus orígenes al pensamiento ciertamente operativo que cristaliza por primera vez de manera sistemática en el De Civitate Dei de San Agustín, pero ya invocado en Eusebio de Cesarea, y te diré… Puede afirmarse con cierta facilidad al respecto: una elaboración del concepto de Imperio a la altura del presente histórico, requeriría un repaso riguroso de la teología política medieval, y del juego irreductible de metaforicidad teológica en la génesis y la estructura de las categorías políticas modernas. Un cierto Carl Schmitt ha abierto en esto un campo de cuestiones que la filosofía política no puede secundarizar –y que por lo demás cabe separar nítidamente de las aberrantes posiciones políticas próximas al nazismo del jurista de Plettenberg, como lo prueba o al menos lo sugiere la virulencia de un pensamiento político de amplia sensibilidad izquierdista y emancipatoria que sin embargo no duda en reconocer el alcance analítico de una parte del pensamiento político schmittiano. Lo hemos sugerido en otro lugar: la riqueza polémica de la filosofía política medieval cristiana podría quizá reconstruirse como una desconstrucción efectiva del agustinismo político.{9} Desconstrucción sería ya el proceso histórico mismo en curso, –y no sólo el análisis, de acuerdo por lo demás con una especie de ley general con la que el pensamiento de Derrida nos ha familiarizado–, un proceso, así, en las antípodas de algo así como una evolución lineal desde, digamos, el autoritarismo sacral de la sociedad teocrática, a la libertad política de las naciones modernas. Proceso a examinar justo precisamente en su combate con mil resistencias, ideológicas e institucionales no menos que sociales. El gesto típico del análisis desconstructivo sería su insistencia en la complexio oppositorum tal como ésta en cada preciso contexto histórico se expone. Todo lo contrario de un internalismo, de un «textualismo», de lo que sin embargo se le ha acusado, vulgarísimamente, en medio de la Academia, a los movimientos de desconstrucción: éstos piden antes por el contrario una hiperbólica atención en la interpretación de cada texto o fragmento de texto a sus múltiples contextos. En ese encuadre propondríamos hoy, sería para otro día, una relectura del inmenso Los dos cuerpos del rey de Kantorowicz (Alianza, 1987) y de Dante «lui même» claro finalmente. Por otro lado, la hipótesis de una historia de la filosofía política medieval católica como historia de la desconstrucción en curso del bloque dogmático legado por el agustinismo político, obligaría a otra evaluación del paso de la Edad Media a la Modernidad: la historiografía habitual y sobre todo la representación ideológica difusa de dicho paso en términos de desplazamiento, de enérgica discontinuidad requiere probablemente una amplia revisión. Quiza no, quizá no hubo tanta ruptura, tanto corte entre la Baja Edad Media y la primera Modernidad, o no tanto como se dice. Justo el tema del Imperio, la permanencia de una referencia y hasta de una obsesión de los soberanos europeos por la dignidad imperial, podría ser un índice de lo que ahora decimos.{10} Ya lo hemos indicado: desde hace unos años la historiografía canónica de la Monarquía hispánica en los siglo XVI y XVII ha replanteado formalmente el tema de la naturaleza de ese imperio, que fue el primero en ser efectivamente global o mundial: en él, un tiempo al menos, no se puso el sol.

El hilo del concepto de imperio, o más bien, y si se me sigue, de las metamorfosis más o menos visibles del susodicho concepto, obligaría luego a una revisión de los imperios programados inicialmente como soportes de magnas redes comerciales mundiales. Imperios de navegantes mayormente, como el holandés y el inglés,{11} y de otra manera, el portugués. La categoría que ha generalizado en algunos ambientes Gustavo Bueno, «imperios depredatorios», aplicada a los imperios inglés y holandés, los cuales serían así entendidos como programados esencialmente a la obtención de materias primas y la exportación de productos manufacturados, en contraste con el «imperio civilizatorio» tipificado en el imperio católico de la monarquía hispánica, ilumina el dicho contraste. Pero ayuda menos inicialmente al menos para un análisis necesario (y tanto en el plano ético, como en el moral, jurídico, político y teológico) del terrible lado de sombra de la llamada no sin razones Conquista de América.{12} La naturaleza del imperialismo en la fase en que éste se configuró como máquina implacable de obtención de materias primas para un capitalismo en expansión incontrolable, se da por cosa generalmente conocida. Pero acaso no lo es tanto. El libro de Hobswahn formaliza un esquema que ya muy potentemente había formulado el Lenín quizá más teórico: el de Imperialismo «fase superior del capitalismo».

Pero no se trataba aquí en suma si no de hacer sensible la necesidad, la carencia, de una «teoría del imperio», que esté a la altura de los problemas de interpretación y de explicación aquí y allá sugeridos en la breve evocación de arriba. Sigue en …

http://www.nodulo.org/ec/2003/n016p14.htm

El Catoblepas • número 16 • junio 2003 • página 14

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