El círculo de la Sabiduría

Por • 1 jul, 2022 • Sección: Filosofía

Ignacio Gómez de Liaño

Prólogo

En la primavera de 1984 se celebró en Tokio una gran exposición de arte de Gandhara. Al contemplar los relieves y esculturas traídos desde el Pakistán para la ocasión, me di cuenta de la excepcional importancia de ese arte que, entre los siglos II y VI, difundió la estética grecorromana por el Asia central y oriental, ejerciendo una influencia decisiva en la iconografía budista de la India, China y el Japón. Las piezas reunidas en Tokio tenían la virtud de crear un plano ideal en el que la memoria histórica de los visitantes japoneses convergía con mi propia memoria histórica. Era grato ver que, desde hacía tantos siglos, el arte había conectado dos regiones tan alejadas entre sí como la mediterránea de donde yo venía y la nipona donde entonces me encontraba.

Cinco años después, mientras daba un curso universitario en Pekín, de nuevo se me presentó la oportunidad de profundizar en las relaciones de Oriente y Occidente. A comienzos de octubre de 1989, visité las cuevas Yungang de Datong. Sus impresionantes conjuntos escultóricos, labrados entre el 460 y el 525, son, precisamente, la adaptación china del arte gandharita. Entre las miles de admirables figuras talladas en el acantilado hay algunas de gran tamaño que se inspiran en los colosos de la época helenística e imperial romana a través de los gigantescos modelos de Bamiyán (Afganistán). Aunque las fisonomías de las estatuas de Yungang son inconfundiblemente orientales, en ellas podía discernir trazos que me resultaban familiares. Los artistas chinos –para poner un ejemplo– habían representado a algunos Bodhisatvas sentados en tronos con las piernas cruzadas («a la europea»), exactamente como, por esas mismas fechas, sus colegas occidentales representaban en Bizancio al emperador o a Cristo.

Así como Yungang es una prolongación de Bamiyán, donde se encuentran las más antiguas muestras (pretántricas) del mandala budista, asimismo Bamiyán lo es del arte de Gandhara, que, de un lado, avanzó por Cachemira hasta la frontera tibetana y, de otro, siguiendo la ruta de las caravanas, se propagó por la fantástica hilera de ciudades-oasis del Gobi: Kucha, Turfán, Jotán, Miran, Dunhuang. Estos lugares, algunos de los cuales pude visitar, son especialmente idóneos para el que esté interesado en las relaciones culturales de Oriente y Occidente o, más ampliamente, en los procesos de transculturación. Este fenómeno, que cobró un dinamismo especial cuando Alejandro Magno conquistó en el siglo IV a. C. el noroeste de la India, está destinado a ser –ya lo está siendo– uno de los principales rasgos de los nuevos tiempos. Sigue en…

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