Rectificación ontológica general

Por • 29 nov, 2021 • Sección: Filosofía

Daniel Cerezo Duarte

El objetivo de este texto es rectificar las contradicciones que afectan a la ontología del materialismo filosófico en lo referente a la inclusión de la “materia ontológico especial” en el marco de la “ontología general”, como una operación cuyo finis operis se traduce en la hipóstasis metafísica de la symploké de los géneros de materialidad en la analogía de una conciencia trascendental.

Introducción

Lo primero que hemos de decir, a la hora de emprender la rectificación de un sistema doctrinal como el materialismo filosófico, es que si bien el conjunto de sus doctrinas son inseparables de la conciencia lógica de Gustavo Bueno en el orden de su generación histórica, tal que todas ellas muestran una interdependencia lógico-formal a la hora de comprender la “sistasis” del pensamiento crítico de Bueno, sí son disociables en el momento de atravesar las partes heterógeneas de la realidad, si es que esta es en sí misma plural e inconmensurable cuando es vista como un todo. En este sentido entendemos que la ontología general del sistema ha consistido, en la historia del materialismo filosófico, la pars destruens de la conciencia lógica de Bueno, en el camino de salida del orden fenomenológico husserliano en el que se encontraba parcialmente instalado («noetología»). Es decir, un marco hermeneútico para el análisis de las esencias holárquicas que venían configurando la conciencia monista de la filosofía sistemática de la primera mitad del siglo XX en géneros de materialidad en mutua codeterminación diamérica. La pervivencia de este marco en la filosofía de Bueno, una vez constituida la doctrina de los géneros de materialidad y su aplicación gnoseológica en la Teoría del cierre categorial, pensamos se debe a la razón pragmática de solventación del carácter sistemático de una filosofía materialista y pluralista, puesto que en la medida en que la filosofía sistemática ha sido históricamente de carácter monista (teología, idealismo, fenomenología, etc), se entiende que dotar al sistema del marco ontológico general sirve de refuerzo de su constitución pluralista, frente a la tan frecuente disolución de los materialismos en filosofías genitivas de las ciencias y categorías regionales. Con esta intención pensamos que Bueno recuperó la clásica distinción wolffiana, y a partir de ella trituró la traza de hipóstasis en las que se venía actualizando, frente al atomismo de la filosofía analítica anglosajona y cientificista, la filosofía sistemática continental de tradición helénica. Ahora, sin embargo, teniendo ante nosotros la obra del materialismo filosófico como una realidad objetiva, urge someter a crítica la ampliación de la ontología materialista al plano de las ideas trascendentales de la metafísica, de materia ontológico general, ego trascendental, y mundo antrópico, con las que se pretende dotar al sistema de una unidad analógica que pervierte la sinexión o ensamblaje estructural de los géneros de materialidad como dimensiones del ser.

Premisas

Entendemos los géneros de materialidad como totalidades determinantes sinexionadas que componen la estructura tridimensional del universo. La sinexión, en su momento descendente, da lugar a la multiplicidad de partes constituyentes, compuestas de los géneros según distintas proporciones. Estas partes son los estromas, morfologías sistáticas de ubicación indefinida (relativa) pero constituyentes de la unidad procesual del desarrollo alternativo isomérico de los géneros de materialidad. La agrupación ascendente de los estromas da lugar a las categorías como totalidades alternativamente integradas en los géneros de materialidad mediante codeterminación diamérica. De modo que las categorías componen un orden integrante sinecoide de independencia distributiva de cada una de ellas por la conexión de sus partes formales y vinculación atributiva al todo del universo mediante sus partes constituyentes. En este sentido el universo tiene un momento determinista distributivo definido por las conexiones formales de cada una de las categorías y un momento sinalógico de azar e imperfectibilidad definido por la vinculación universal de las partes constituyentes (según las proporciones de las que participan de los géneros de materia). Así pues, el primer género de materialidad es una totalidad atributiva cuyas discontinuidades esenciales aparecen in media res de su codeterminación diamérica con el tercer género de materialidad, como totalidad isomérica distributiva para la codeterminación con las partes de M1 y atributiva para con las partes del segundo género, el que es en sí mismo distributivo. De este modo, la scala naturae se compone, en el primer grado de abstracción, de un orden integrante sinalógico descendente, con la física, y de un orden isológico ascendente con la química. En el segundo grado de abstracción, el orden sinalógico integra la geometría y el isológico, la aritmética. En el orden de partes constituyentes nos encontramos con la termodinámica como categoría ontológica estromática, susceptible de conjugar con cualquier otra categoría científica. En el tercer grado de abstracción damos con la biología, como orden de codeterminación isológica de componentes primogenéricos (metabolismo) a través de totalidades primosegundogenéricas sinalógicamente codeterminadas por relaciones terciogenéricas.

Crítica de la ontología general

La idea “traza” que nos proponemos rectificar es que sea el ego antrópico el operador de la sinexión de los géneros de materialidad, según dice Bueno en los Ensayos Materialistas:

“el Ego trascendental es la misma práctica o ejercicio (de índole histórico-social) en la cual el Mundo se constituye como objeto (…). El Ego trascendental, en extensión, no es una entidad distinta de la reunión de esos mismos tres géneros de materialidad, aunque no sea por otro motivo porque el Ego lógico mismo es quien pone esa reunión”,

y que, como correlato de dicha operación, los géneros de materialidad se disuelvan en la materialidad trascendental cuando no son reunidos, puesto que la subsistencia megárica de los géneros de materialidad nos devolvería a los reinos de esencias holárquicas husserlianas, es decir, pensamos en el acuerdo general de que los géneros de materialidad existen mediante la mutua codeterminación -sinexión- de sus partes, y lo que nos proponemos rectificar es que sea el ego antrópico el realizador de su unidad. La disolución de los géneros de materialidad supone a fortiori la de las categorías ontológicas, como enuncia Bueno en el opúsculo Materia:

“La idea de una materia transcendental puede también entenderse como expresión universal de la estructura común analógica de los más diversos tipos de regressus particulares que, partiendo de marcos categorialmente conformados (biológicos, físicos, sociales, psicológicos), alcanzan una materialidad abstracta y homogénea”

Con lo que, lo que nos parece del todo incompatible con el materialismo filosófico, en cuanto definido por la idea de symploké, es la consecuencia de dicha disolución de las categorías y los géneros ontológicos cuando se supone al ego antrópico como ejecutor de su reunión, dejando la vía del progressus comprometida con la emergencia de la totalidad de potencialidades del mundo de una sustancia plural pero homogénea:

“La remoción reiterada de las formas concretas dadas en los diversos círculos categoriales de transformaciones (…) da lugar a una «trituración» acumulativa de todos los materiales constitutivos de los diversos campos de materialidad, en beneficio de una entidad que irá adquiriendo crecientes potencialidades.”

Este regressus a una entidad indeterminada pura que asume la totalidad de potencialidades del mundo supone desbordar el horizonte de la filosofía académica platónico-aristotélica (symploké), para converger con los esquemas de la metafísica presocrática, del uno parmenídeo, del apeiron de Anaximandro, del migma de Anaxágoras o de los átomos de Demócrito, esquemas analógicos todos ellos cuya coherencia interna desemboca en la sofística, por así decir, «en la noche en la que todos los gatos son pardos», al vaciar el ser de las determinaciones ontológicas que mantienen en pie el ejercicio de la racionalidad dialéctica, inseparable no sólo del pluralismo sustancial, sino también esencial. En este sentido, nuestra tesis es que dicha idea de materia trascendental supone una metábasis eis állos génos, de la pluralidad de géneros de materialidad (y categorías ontológicas en ellos integradas), que desemboca en el monismo de la esencia, por la vía de la analogía (contraria sunt circa eadem).

La contradicción fundamental que afecta a la ontología materialista es pues la emergencia de las potencialidades de la realidad determinada de la materialidad pura indeterminada, el supuesto de la posibilidad de obtener las partes formales de la realidad desde sus partes materiales. Es decir, si los géneros de materialidad y las categorías en ellos integradas se disuelven en la materia ontológico general cuando el ego no realiza la reunión, se infiere que cuando la realiza géneros de materia y categorías emergen de la materia ontológico general. Este proceder implica, como decimos, la disolución de la racionalidad dialéctica, devolviéndonos a los esquemas presocráticos por la vía de la analogía. La relación entre los géneros de materialidad, supuesto el ego como operador de la reunión, no es propiamente de sinexión diamérica, como la que media entre el anverso y el reverso de una moneda, entre la lengua y el habla, o entre el hardware y el software de un ordenador, sino de correlación metamérica descendente, desde el conjunto de partes materiales (M) de la realidad, a la estructura de las partes formales del mundo (dimensiones y categorías). En efecto, supuesta la disolución de los géneros de materialidad en la materia ontológico general, la reunión egocéntrica sigue el orden de una procesión descendente, por analogía de conjuntos de partes con otras partes que van ciñéndose progresivamente al «mundo antrópico». Es decir, las operaciones del ego con las partes de la materia distinguirían relaciones terciogenéricas a través de las cuales serían analogadas otras partes que determinarían la unidad de la materialidad primogenérica, en un orden progresivo descendente que va de lo más indeterminado (realidad) a lo más determinado (mundo). Pues bien, es esta procesión analógica la que supone la hipóstasis de los nexos de necesidad relativa o diamérica de las entidades determinadas en nexos de necesidad absoluta o metamérica, en el sentido de la progresión monista de determinaciones ontológicas a través de dicho orden descendente, del conjunto indeterminado de partes materiales a las partes formales del mundo.  Siendo rigurosos, el “materialismo trascendental” sigue enteramente el orden del sistema neoplatónico plotiniano, pues aunque hayan variado los términos límite del sistema, sigue en pie el mismo orden de procesión analógica descendente (metamérica). En efecto, aunque el ser en el materialismo trascendental ya no se define por lo uno sino por lo múltiple, y el mundo ya no se define por lo múltiple sino por lo uno (mediante el ego), la función de recorrido del sistema ecualiza las posiciones de Bueno y de Plotino, al corresponderse el Nous con M3, como relaciones abstractas y homogéneas de una entidad indeterminada pura (Dios o M), y el Alma con M2, como ego que informa la materia mundana con el orden del Nous. Entre el materialismo trascendental y el neoplatonismo no hay sino una transformación histórica, de un mapamundi construido desde la geometría a otro dado desde una pluralidad de ciencias, más no gnoseológica, puesto que la función de lectura del sistema sigue el mismo orden procesionista descendente de emergencia de las materias determinadas desde la entidad puramente indeterminada. Ahora bien ¿cómo pueden resultar idénticas las lecturas de un sistema filosófico materialista y uno espiritualista? Nos vemos ante la contradicción de tener que aceptar que o Plotino es materialista, lo que es incompatible con la teología (vivientes incorpóreos, monismo, etc), o que Bueno es espiritualista; con lo que nos vemos obligados a retirar la ontología general como una pars destruens de la historia del materialismo filosófico incompatible con su arquitectónica ontológica sistemática.

Si en su momento entitativo la idea de materia ontológico general se corresponde con el procesionismo emergentista, en su momento fundamental se corresponde con el determinismo absoluto o fatalista, en tanto la línea de regressus de las materialidades determinadas a la materialidad homogénea indeterminada supone la reversión, en el progressus, de esta en las otras según una única línea causal. En efecto, si la entidad indeterminada es anterior, ya en el orden temporal, ya en el onto-lógico, a la determinada, las líneas causales del mundo se reducen necesariamente a una, puesto que el pluralismo causal supone partir de estructuras morfológicas cuya interconexión alternativa de componentes formales permite la desconexión de unas líneas de otras; más sencillamente, si lo distinto se hace de lo mismo, en este caso la materialidad homogénea, la causa de los distintos efectos es la misma. Con lo que quedan enteramente comprometidos un caudal de principios de la ontología materialista que nos parecen verdaderamente determinantes en el ciclo constructivo del sistema a su través de la realidad.

En primer lugar, queda comprometido el principio de desconexión causal de las categorías científicas sistemáticas, al quedar analogadas por una entidad que asume sus potencialidades. En efecto, desde el materialismo ontológico no general, se entiende la involucración material de las partes constituyentes (estromas) de las categorías como resultante diamérica del funcionamiento formal autónomo de cada una de ellas, en el orden ascendente de la escala natural, según el cual cada categoría reorganiza acumulativamente las partes constituyentes de las otras según nuevas líneas de conexión causal (anamórfosis). Al contrario, en el materialismo ontológico general, la multiplicidad de categorías resulta de la circulación de partes materiales a través de un supuesto «dialelo antropológico», en función del cual sólo las operaciones darían lugar a las relaciones sistemáticas de las ciencias. Esto nos parece una mala interpretación de la teoría de la identidad sintética, ya que lo que esta afirma es que la verdad objetiva resulta de la confluencia sistemática de cursos operatorios a través de estructuras inmanentes a la realidad material. Pero es que en rigor, con el formato de correlación metamérica de los géneros de materialidad toda identidad sería analítica en cuanto sujeta al orden global de la materialidad homogénea trascendental. La ontología de las ciencias supone por tanto la irreductibilidad de las conexiones atributivas de partes heterogéneas del primer género de materialidad, diaméricamente sinexionado al tercero a través de una multiplicidad de partes integrantes o categorías.

En segundo lugar, no se entiende el principio de autodeterminación bioética de los sujetos corpóreos vivientes (ni siquiera, como veremos más adelante, se entiende como pueden ser corpóreos), puesto que sus operaciones serían determinadas ab aeterno según la línea causal de procesión descendente de la materialidad analógica común. La autodeterminación bioética supone la consistencia ontológica irreductible de la estructura corpórea biológica del organismo viviente, la sinexión o ensamblaje estructural de los géneros de materialidad en categorías ascendentemente desplegadas en la scala naturae. A través de dicha sinexión, el segundo género de materialidad se nos aparece como el tercero en potencia: la vida orgánica es indisociable de un circuito metabólico a través del cual el organismo opera, como resultado circular inmanente del torbellino de energía desplegado en el movimiento de rotación o arrastre centrípeto de moléculas (crecimiento), la kenosis de las distancias interpuestas entre el lugar de «caída» y la fuente energética de nutrientes que alimenta dicho movimiento de rotación,  desenvolviendo un arsenal de procesos internos de control homeostático del medio en torno a través del cual, con la mediación de kenosis sucesivamente ampliadas con la consumación progresiva de nuevos ciclos metabólicos, algunas de las moléculas arrastradas irán conformando órganos u orgánulos acoplados a movimientos de irrupción centrífuga mediante los que el organismo logrará desviarse en alguna dirección determinada del medio. Es esta desviación (centrífuga) del esquema metabólico la línea fundamental del crecimiento animado del organismo, determinísticamente dirigido a conmensurar los recursos aleatoriamente distribuidos a lo largo y ancho del circuito que, en este sentido, podemos decir teleológicamente ordenado al incremento acelerado de biomasa. Así pues, la fuente de autodeterminación bioética procede de las líneas de la teleología orgánica, tal que su ley puede entenderse como la promoción de las líneas diversas de biomasa, como esquema de la identidad conmensurable de los recursos energéticos. De este modo el principio antrópico bioético no se origina del respeto a una condición interna del hombre trascendente a la materia orgánica, sino que aparece in media res de la actualización de la scala naturae, según la ley de promoción de las líneas diversas de biomasa, en la medida en que el hombre es capaz de conmensurarlas según una regla isológica totalizadora. Es decir, el principio antrópico de la bioética se origina en el acto de conformación holótica de la bioesfera, como límite de la racionalidad teleológica de la pluralidad heterogénea de entidades bióticas autodeterminantes. Partiendo de la interpretación marguliana del segundo principio de la termodinámica para la génesis y estructura de la vida orgánica, según la cual, la información metabólica del organismo resulta determinísticamente de la reorganización acumulativa de gradientes entrópicos de un sistema termodinámico abierto, de tal manera que la vida  consiste en la resolución homeostática de una diferencia energética a lo largo de una distancia, la evolución biológica puede entenderse como el aumento progresivo del orden del ecosistema, cuya estabilidad homeostática coincide con la aceleración del proceso trófico. La evolución consiste entonces en la estabilización acelerada (equilibrio puntuado) de la vida orgánica (biomasa) en el orden de la scala naturae, reorganizando acumulativamente sus constituyentes en el sentido del aumento de la complejidad del orden. Así, la autodeterminación kenótica del organismo viviente tiene una dirección homeostática determinada, en función de la cual el orden evolutivo procede por reuniones acumulativas que diferencian estratos de integración holótica envolventes de la actividad kenótica. Por lo que la autodeterminación biológica se liga a la totalización (homeostática) de organismos heterogéneos integrantes del ecosistema, progresivamente ampliado por el incremento holótico de líneas de interacción de vivientes cuyo trofismo promueve simultáneamente la integración y la inclusión en la amplitud del ecosistema. En este sentido decimos que la vida se estabiliza a medida que el trofismo se acelera, y viceversa, según líneas de transformación circular de la comunidad ecológica, progresivamente ampliada como horizonte de inclusión orgánica a medida que se estratifica en niveles de integración holótica. De esta manera el segundo género de materialidad se identifica con el tercero en potencia, siendo las kenosis determinadas por la identidad conmensurable del ecosistema,  inmanentemente desarrollado por la transformación circular de constituyentes entrópicos, acumulativamente reorganizados por leyes universales de equilibrio termodinámico, de las que la homeostasis orgánica constituye su anamórfosis. Ahora bien, la anamórfosis, en cuanto inmanente, es relativa al orden de la scala naturae, de la que la esfera biológica constituye un estrato de integración cuya composición sistemática se rige por la criba de los constituyentes universales básicos, apareciendo las técnicas y las ciencias humanas como líneas de interacción teleológica ceñidas al acto de conformación holótica del conjunto de la masa del ecosistema.

Una tercera contradicción del determinismo fatalista que se deriva de la idea ontológica general de la materia en su momento fundamental atañe a la autonomía de las sociedades políticas, ya que su conjunto resulta englobado en una única comunidad biocenótica que, en la línea de la reducción causal descendente, se encuadraría a su vez en la esfera de la termodinámica, según el principio de conservación de la energía que alienta la teoría de la selección natural (según el primer principio el aumento del orden homeostático de un ecosistema conlleva siempre un gasto de energía, con lo que la evolución procede por selección natural). Si en su momento entitativo la idea ontológica general supone la emergencia de las determinaciones ontológicas concretas en su momento fundamental realiza el esquema causal reduccionista del cientificismo, si bien para llegar a desbordarlo en sus líneas morfológico-categoriales concretas hasta encontrarse con los esquemas analógicos presocráticos que, al igual que en la era decadente del presente, emergieron en la época de los neoplatónicos para configurar, entre otras, la filosofía de Plotino. Y es que las líneas del reduccionismo causal no son otras que las del analogismo mediante el que se ha pensado la relación entre los géneros de materialidad, hasta disolverlos en la materialidad homogénea trascendental. Emergentismo y reduccionismo constituyen el circuito de regressus y progressus de la ontología general a la especial, cuando los géneros de materialidad son coordinados por el formato de correlación metamérica (descendente) establecido con el sujeto trascendental, como operador analógico de la unidad mundana de los conjuntos de partes-extra-partes de la materialidad trascendental homogénea. En este sentido pensamos que hay que analizar los devaneos de Bueno hacia el darwinismo social, como una aplicación oblicua del esquema analógico ontológico general al circuito socioeconómico de las plataformas políticas. Desde nuestra perspectiva, la historia política puede entenderse en una dirección ascendente de la vida orgánica, cuando dejamos de aplicar el primer principio de la termodinámica, y entendemos, mediante una interpretación materialista del segundo principio, que la energía de los ecosistemas, en cuanto abiertos, puede incrementarse proporcionalmente al aumento de su orden, de tal modo que la simbiosis aparece como la alternativa sinérgica más racional para la organización atributiva del todo desde las partes sinecoides. Con lo que la autonomía de las sociedades políticas puede entenderse según un postulado de integración en el ecosistema global, según el cual la sistasis política distributiva depende de la dinámica atributiva de dicho ecosistema. En efecto, desde una perspectiva materialista, la autonomía política sólo puede entenderse como la facultad del cuerpo socioeconómico de reproducirse en el tiempo en alguna dirección (simbiótica), y de crecer y expandirse como Imperio generador. La idea de Imperio generador deja de ser un problema ontológico para convertirse en la verdad del movimiento histórico. Del mismo modo el Imperio depredador aparece como la falsedad política, como una degradación del orden o escala histórica que revierte en la desestabilización de todas las variables (ecológicas, antropológicas, etc), haciendo necesarias cada vez mayores cantidades de energía para devolver el orden perdido. 

La idea de materia ontológico general se corresponde en su momento fundamental con una forma de presentismo causal, según el cual la totalidad de acontecimientos sucedidos en el contexto del mundo son necesarios para la realización de su orden. El presentismo es la alternativa metafísica disyuntiva del actualismo materialista. Para este son necesarias aquellas partes de la realidad que permiten reconstruir las totalidades formales o categorías ontológicas, siendo estas a su vez las partes necesarias para componer el conjunto integrado del mundo, según una ley sinecoide de independencia distributiva y vinculación atributiva de cada una de ellas al todo en función de sus partes constituyentes. En este sentido, desde la perspectiva del actualismo ontológico, se entiende la libertad-de de los sujetos operatorios como un momento determinado de su libertad-para, según la misma ley de independencia sinecoide de las partes con el todo. El actualismo supone la remoción de las partes al todo cuando este resulta integrado en el orden de la scala naturae. Por lo que el principio de integración de los individuos humanos al grupo es una ley general de integración holótica categorial de las partes constituyentes del universo, según la cual las partes se muestran necesarias en orden a su integración.  Así pues nuestra doctrina está preparada para reconstruir una idea materialista del tiempo: el presente se identifica con la recurrencia de las líneas ontológicas fundamentales de la eternidad, es el orden actual del universo, mientras el pasado constituye el reflejo sobre el presente de aquellas partes de la realidad que no pudieron ser integradas a su orden (contingentes), y el futuro la posibilidad de hallar nuevas líneas de conmensurabilidad de las materialidades constituyentes (imperfectibilidad).  El tiempo no es una dimensión acoplada al espacio sino «la imagen móvil de la eternidad» (cuando los físicos relativistas miden «el tiempo» en función de los recorridos luminosos no hacen más que confundir la estructura física del mundo con sus partes materiales, pues el fotón no constituye en modo alguno una parte formal del espacio).

Es en su momento dimensional donde la correlación metamérica o trascendental de los géneros de materialidad arroja los valores más cercanos al idealismo, en sus tres vertientes principales, el logicismo, el vitalismo y el fenomenismo. Como sabemos, desde la perspectiva de la ontología general la sinexión de los géneros de materialidad es producto del Ego trascendental, cuya práctica o ejercicio constituye el mundo objetivo. Nuestra crítica es que la relación, así pensada, de dichas materialidades, no puede ser de sinexión o ensamblaje (ortogonal), como el anverso y reverso de una moneda, la lengua y el habla, o el software y hardware de un ordenador, sino que, como el mismo Bueno y otros sostienen en múltiples textos y conferencias, es de correlación analógica (horizontal) de unos conjuntos de partes de la materia común con otras a través de las operaciones («dialelo»). Dichas operaciones establecen relaciones terciogenéricas mediante las que se determinan las unidades primogenéricas de partes de la materia ontológico general, con lo que, como decíamos anteriormente, la ontología general sigue el mismo orden descendente de lectura del sistema ontológico neoplatónico de Plotino, ya que aunque han variado los términos límite del sistema sus valores funcionales siguen siendo los mismos, haciendo depender la estructura del mundo de la acción, en un caso teológica, en otro histórica, de un sujeto trascendental. Pues bien, respecto al primer escalón de la procesión, hay que decir que la figura idealista del logicismo ha quedado representada por Bueno con la defensa de la lógica como ciencia categorial. En efecto, con dicha defensa no se está ejercitando sino la correlación analógica de los géneros de materialidad. La ciencia lógica sería un sistema de relaciones en el que las operaciones de los sujetos quedarían neutralizadas por la identidad terciogenérica reflexiva de la materialidad trascendental. La crítica fundamental que realizamos de esta cuestión es que la verdad de la lógica no puede consistir en la identidad sintética, puesto que el tercer género de materialidad carece, por sí mismo, de diferencias ónticas que puedan ser analizadas o conmensuradas por otras relaciones. Sin embargo, en función del sentido descendente de la ontología general, Bueno habría visto en las ciencias formales la cristalización de un orden trascendental al mundo, que representaría una verdad mayor que la de las propias ciencias naturales y humanas. Desde el actualismo ontológico la lógica constituye una disciplina sincategoremática, de aplicación libre (no circunscrita) al conjunto indeterminado de configuraciones y procesos que integran la estructura informal del mundo. La contradicción fundamental que encontramos en la defensa de la lógica como ciencia categorial estriba, precisamente, en la consecuencia apagógica de postular la ausencia de contradicciones ontológicas como partes del hacer actualista de la realidad (lo cual ha sido plenamente defendido por el propio Bueno en el apartado ontológico especial de los Ensayos Materialistas). Es más, en la realidad material hay estructuras que cuentan con la contradicción como relación interna de su identidad, como, por ejemplo, la contradicción que alberga la división mitótica de una célula madre en dos células hijas idénticas. Pero es que la contradicción es una relación esencial de la teleología orgánica, en la medida en que el organismo viviente de cualquier clase (incluso sin organización nerviosa) tiene la facultad de anticiparse al futuro. En efecto, dado que el futuro no existe hemos de considerar contradictoria la anticipación causal de un organismo que carece de factultades prolépticas (anamnésicas), y sin embargo dicha contradicción informa la identidad teleológica del organismo viviente. Pues bien, esto nos parece del todo incompatible con la totalización lógico-categorial del tercer género de materialidad, totalización que consideramos fruto de la apariencia de trascendentalidad de las estructuras lógicas. El idealismo logicista es precisamente la conciencia antifilosófica que considera resueltas las contradicciones en el orden de la realidad, ciñéndolas al ámbito subjetivo de la conciencia, ya sea esta la psique mundana o la conciencia trascendental del mundo. En el segundo escalón de la procesión nos encontramos con la figura mezclada del intelectualismo y el vitalismo, veamos: si los géneros de materialidad se disuelven en una materialidad común hasta que el ego analoga, mediante las operaciones, conjuntos de partes-extra-partes, hemos de inferir la consecuencia lógico-formal (abstracta) de que las propiedades del ego (operaciones) son anteriores a la corporeidad, con lo que sustantivaríamos dichas propiedades determinadas de la symploké de los géneros de materialidad atribuyéndolas, en sentido descendente, al conjunto de materialidades de la realidad. De tal modo que nos encontramos con la figura del intelectualismo teológico, en función del cual tendríamos que inferir, por la transitividad de la relación de inclusión (a fortiori), que todas las entidades son pensantes. Por las mismas razones tendríamos que inferir que todas las entidades tienen vida, regresando, como venimos diciendo, al hilozoísmo de los esquemas presocráticos, y lo que es peor, a la reinstitución de la teología personalista por la vía de la reducción material descendente (contraria sunt circa eadem). Por esta vía el materialismo ontológico general queda plenamente identificado con el idealismo, sirviendo de armazón común del idealismo trascendental kantiano y schopenhaueriano, del idealismo absoluto de Fitche y Hegel, y hasta del «idealismo material» de Berkeley. En efecto, la materia trascendental es conciencia lógica, voluntad y percepción, una realidad divina y absoluta. Con lo que ya se puede ver de qué modo el materialismo trascendental emprende la senda del idealismo fenomenológico, puesto que si los géneros de materialidad se disuelven en la materia ontológico general hasta la operación del ego, el cuerpo queda supuesto como un reflejo ideal de la conciencia trascendental pura, como sujeto efectivo de la operación.  Con ello el materialismo ha quedado compelido a los límites de la metafísica, puesto que las transformaciones holóticas del mundo resultan deducidas de la relación de identidad intelectiva de la conciencia absoluta (divina) con la materia trascendental. Así se han destruido todos los presupuestos racionales de la actividad científica, revolviendo la historia del materialismo al espiritualismo cartesiano, sin solución de continuidad, con el neoplatonismo plotiniano y los esquemas presocráticos. Es natural que así sea, puesto que las reacciones neoplatónicas medieval y moderna no son sino estrategias de disolución del racionalismo aristotélico, de la symploké platónica, encaminadas primero a la desestructuración del Imperio romano de Oriente, el que va a construir el carnalismo católico, y después contra España, nación de Averroes, como continuación natural (del oriente al occidente) de la vis imperial helénica y su constitución universal. En efecto, la unidad de la Europa nórdica se ha realizado frente a Aristóteles, primero con la división, encargada por Carlomagno, del trivium y el cuadrivium, como eje de la separación radical de las obras divinas de las humanas, después por el arraso protestante y, finalmente, una vez que el núcleo carnal católico del cristianismo había sido completamente erradicado, con los idealismos anglosajón y germánico, hasta eliminar completamente los términos (symploké) de la racionalidad filosófica dialéctica, afín de dar paso a un orden del mundo efecto íntegro de la voluntad divina, sin resto de carnalidad humana, de sabiduría verbal, de amor al arte, &c.

El Catoblepas · número 194 · enero-marzo 2021 · página 2

https://www.nodulo.org/ec/2021/n194p02.htm

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