A la escuela con Álvaro

Por • 25 mar, 2012 • Sección: Nacionales

Mireya Tabuas

18-Marzo 212. A ún falta una hora para el amanecer y ya Álvaro Núñez está levantado. Ni la oscuridad ni la temperatura lo acobardan. «No vale, no hace frío», asegura. Pero es mentira: afuera está congelado. La neblina es una vecina más de La Vega. El niño se echa un baño (para el agua fría tampoco hay quejas), come rapidito la arepa que le acaba de hacer su mamá, se monta una chaqueta demasiado grande (válida para muchos años) y un morral con eslogan bolivariano (único regalo gubernamental) y parte rumbo a su oasis: el aula de 5° B de la escuela Canaima.

Álvaro vive en el sector El Carmen, de La Vega, un enorme y tradicional barrio de Caracas.

Como la mayoría de los venezolanos, es habitante de una zona urbana.

El Estado Mundial de la Infancia 2012, informe del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia describe en esta edición la situación de los niños y niñas de las ciudades. Este año el documento hace un énfasis particular en la educación que reciben ­o no reciben­ niños como Álvaro. Es decir, en los niños venezolanos.

Venezuela no suele tener protagonismo en este informe, que casi siempre ilustra las desigualdades con ejemplos de naciones africanas. Sin embargo, en esta ocasión, Unicef reseña enfáticamente que en las zonas urbanas venezolanas está la mayor brecha entre la educación que recibe el 20% más rico de la población y el 20% más pobre. Mientras los primeros estudian, en promedio casi 12 años, los segundos rozan la línea de la pobreza educativa, con 4 años promedio de escolaridad. Tanto así, que los alumnos de las ciudades ven menos clases que los de las zonas rurales.

Por las condiciones económicas de sus padres y las características del hogar, Álvaro es parte del grupo más vulnerable: el de los hogares en pobreza, que han ido disminuyendo según cifras oficiales, aunque los problemas estructurales persisten. Él ha logrado vencer los obstáculos y superar los tres años de estudios que Unicef calcula para los varones pertenecientes a la población urbana más pobre. Pero este muchacho de 13 años de edad, que siempre tiene una sonrisa instalada en la cara, en muchas ocasiones ha estado en riesgo de perder la escolaridad. Aún lo está. Cada día es un desafío. De acuerdo con Unicef, para los muchachos de las zonas más pobres de las ciudades venezolanas es más difícil ir a la escuela que para los de las urbes de Tayikistán, Pakistán y Benín, aun con los problemas de pobreza extrema o guerras que aquejan a estas naciones.

El escalón 105. «Si llueve falto a clases», dice Álvaro. Cuando sale de su casa debe bajar una pendiente inclinada que es puro barro si cae un aguacero. Llega a un camino de tierra que lo llevará a la parte baja de las escaleras del barrio. Sube entonces 1, 2, 3, 40, 85… 195 escalones de cemento. En el escalón 105 se detiene. Descansa un minuto. Respira. Sonríe.

Sigue subiendo hasta alcanzar la carretera. Pasa por el puesto del señor que vende pescado, por el de los CD piratas, por el del que vende lotería. Tendrá que caminar media hora más (unos 2,5 kilómetros) para llegar a la escuela. Cuando su mamá puede, le da los 3 bolívares que cuesta el transporte público (los choferes de las camionetas no le aceptan pagar pasaje estudiantil). Pero casi nunca mamá puede. Entonces Álvaro anda a paticas rumbo al plantel, sabiendo que, aunque se levante tan temprano, nunca llegará a las 7:00 am en punto. Su maestra Eugenia tiene el reporte de las tardanzas. Sin embargo, es flexible y lo deja entrar.

Lo importante es que asista a clases, pues son muchas sus ausencias. Es el que más falta de su salón.

Álvaro muchas veces no va al colegio porque debe ayudar en el hogar. Le toca turnarse con su hermana Inés Nicol, de 12 años de edad, para cuidar a los dos hermanitos menores.

Mamá trabaja en un puesto de empanadas y no puede atenderlos. Él promete que no faltará por ese motivo, porque su hermana de 16 años de edad, que está embarazada y vive en otra casa, se va a ocupar de atender a los chiquitos. Pero en el reporte de la maestra siguen las marcas de inasistencias: 2 o 3 veces por semana.

Su mamá, Nelly, nunca puede acompañar a los niños en el largo trayecto del colegio a casa. No está tranquila hasta verlos de regreso, por la inseguridad en la zona. Inseguridad que Álvaro no percibe, pues sólo expresa: «Por la casa no hay malandros, pero más arriba sí».

Más arriba es, precisamente, por donde todos los días pasa él. Claro, en la mañana no hay angustias, por lo general ellos están durmiendo.

El temor de la madre tiene una razón: cada año se suman más niños y adolescentes a la lista de víctimas de la violencia urbana. De acuerdo con cifras recopiladas por El Nacional, en 2011, 110 niños y adolescentes murieron en los barrios, 27,6% más que en el año 2010. Los reportes de ausencias y deserción escolar por motivos de inseguridad son comunes en las escuelas de La Vega y de muchos otros barrios caraqueños.

Escuela protectora. La escuela Canaima ­perteneciente a la Asociación Venezolana de Escuelas Católicas­ es un plantel particular: se trata de una escuela integral, donde los niños almuerzan y meriendan (quizás su única comida del día) y permanecen hasta las 4:00 pm.

Aprenden a hacer pan y papel artesanal, practican ajedrez.

Cada docente realiza un seguimiento de sus alumnos, caso por caso, es decir, si Álvaro falta, la maestra podrá ir hasta su casa y conminar a los padres a reintegrar al estudiante al colegio. «Esta escuela nos ha ayudado mucho a seguir adelante», reconoce Nelly, la mamá.

Álvaro no sería el mismo sin la Canaima. Fue la única escuela que le dio cupo cuando emigró con su familia a Caracas provenientes de Santa Bárbara del Zulia. El niño tenía 7 años de edad y no había cursado ningún grado escolar. Al mudarse a La Vega, Nelly recorrió varios planteles públicos y privados, estuvo buscando cupo durante un año y nunca recibió un sí, hasta que llegó allí.

La Canaima es privada, pero sus tarifas son tan bajas que no parecen reales, varían entre 120 y 7 (sí, 7) bolívares mensuales, dependiendo de la disponibilidad económica de cada familia.

Por su situación, Álvaro cuenta con una beca total, que le otorga la Fundación Proniño. Otro incentivo más para que continúe sus estudios.

Empezó primer grado con 8 años de edad. La falta de escolaridad previa hizo que al niño se le dificultara el aprendizaje.

Por eso tercer grado se le hizo cuesta arriba y lo tuvo que repetir. Ahora está en quinto y, aunque aún le cuesta mucho la matemática, está seguro de algo: quiere seguir.

Su empeño es su fortaleza.

Las dificultades académicas, la poca pertinencia de los estudios y la necesidad de ingresos económicos llevan a muchos niños de bajos recursos a dejar la escolaridad en primaria.

La Unesco ha reconocido los esfuerzos del Gobierno venezolano en lograr las metas de inclusión educativa, pero cuando la lupa se pone sobre los varones de las zonas más precarias de las ciudades se revela la desigualdad que existe con relación a los niños con más recursos económicos. De hecho, las cifras de Unicef se basan en el banco de datos sobre pobreza y marginación que elaboró la propia Unesco en 2009.

El jueves 8 de marzo es distinto a otros en la vida del 5° B.

Además de docente y asistente, en la clase hay una periodista y un fotógrafo. Unos niños preguntan cuándo van a salir en televisión. La maestra Eugenia les explica que trabajan en un periódico y justifica ante los alumnos su presencia: «Quieren ver todo el esfuerzo que hace un niño como ustedes para venir a clases. Para todos es difícil por muchas razones, pero para Álvaro es todavía más difícil que para los demás. Él va a hablarle a los periodistas por todos».

Casa al borde. La casa de Álvaro es de lata. No hay ventanas, tampoco puertas internas que dividan los cuartos, unas sábanas tienen el inútil rol de procurar privacidad. Hace dos años, cuando la montaña se les vino encima, las autoridades intentaron llevarlos a un refugio, pero madre y padre se negaron.

La casa sigue en riesgo.

Viene a buscarlo Panchito para jugar fútbol. Los ojos de Álvaro ­un par de metras negras­ le brillan. No hay nada que disfrute más. Suelen jugar en lo que llaman «la cancha», que no es más que un terreno baldío al borde de un terraplén que pronto dejará de ser de los niños porque allí también se construirán viviendas.

A las 6:00 pm vuelve a casa. La noche no es para andar inventando. Su mamá prepara cena.

No siempre hay comida, pero ella dice que hace todos los esfuerzos para que sus hijos «se lleven algo a la boca antes de dormir, aunque sea un huevo».

Viven del salario mínimo ­1.548 bolívares­ que gana su marido trabajando en un supermercado. Ella, para ayudarlo, vende empanadas en las mañanas en un puesto de la calle, ese ingreso extra les ha permitido un regalo que desde hace tiempo esperaban los hijos: programación televisiva por cable.

Y mañana. El problema mayor en La Vega es la continuidad al bachillerato. Muchos muchachos de esa parroquia no llegan a ese nivel. La falta de cupo es grave: hay 56 planteles de primaria, pero apenas 11 liceos.

Sólo 1 de cada 5 graduados de educación básica tiene cupo garantizado para seguir sus estudios en la misma zona.

Álvaro tendrá que experimentar ese «filtro» con un problema adicional: no tiene cédula de identidad. Posee partida de nacimiento, que indica que nació en Santa Cruz del Zulia, al sur del lago de Maracaibo, el 14 de abril de 1998. Sin embargo, no le ha valido en los operativos de cedulación, dice Nelly. Ella, de nacionalidad colombiana, tampoco tiene documentos de identidad.

El informe de Unicef destaca que la disparidad educativa en las urbes caraqueñas es la mayor del mundo, pues un niño de los estratos sociales altos cursará ocho años más de estudios que uno de los más bajos. Álvaro desea romper estas estadísticas, desafiar todos los impedimentos económicos y sociales que atentan contra la escolaridad en su entorno.

«Quiero terminar la escuela hasta marrón (se refiere a la camisa beige de bachillerato).

Después quiero ser abogado.

La gente se ve linda vestida de abogado», expresa. Por eso mañana volverá a levantarse antes del amanecer, se bañará con agua fría, se montará su morral y se parará a descansar en el escalón 105. Sonreirá y seguirá caminando hasta el aula de 5° B

 http://www.prensaescrita.com/adiario.php?codigo=AME&pagina=http://www.el-nacional.com

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