CAP, el hombre que se inventó a sí mismo [II]

Por • 18 may, 2020 • Sección: Nacionales

Tomás Straka

17/05/2020. El historiador venezolano Tomás Straka analiza la figura de Carlos Andrés Pérez. Esta es la segunda entrega. Puede leer la primera parte haciendo clic aquí.

Carlos Andrés Pérez en primera cumbre entre jefes de estado de la OPEP, Argelia, marzo de 1975. Autor desconocido | Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Nace el presidente Pérez, primer entreacto

El 12 de marzo de 1974 fue el día más importante de la vida de Carlos Andrés Pérez. No sabemos si él lo consideró así, pero para el resto de los venezolanos, sobre todo para los de medio siglo más tarde, fue el día en que entró definitivamente a la historia. Si Rafael Caldera no le hubiera pasado la banda presidencial aquel 12 de marzo, su nombre sería hoy un asunto de especialistas. Pero después de una campaña electoral de casi dos años y de un arrollador triunfo en las elecciones, Carlos Andrés se convierte en el Presidente Pérez. El audaz cambio de imagen había dado resultado. Y muy pronto demostraría que no era lo único que estaba dispuesto a cambiar. En cinco años, ni el país ni su sistema democrático serían los mismos.

Naturalmente, hubo cosas que no dependieron de su voluntad, por grande y decidida que fuera. La fortuna, que como nos enseñó Maquiavelo es a veces la mejor aliada de los políticos, le sonrió y mucho. Primero, la crisis energética. Como ya había pasado veinte años atrás con la crisis del canal de Suez, las arcas venezolanas se llenaban de nuevo por una crisis en el medio oriente que hacía peligrar el suministro de petróleo a Occidente

En 1974, el precio del petróleo se cuadruplicó: pasó de unos $3 el barril a $12. Así, mientras el resto del mundo recuerda los años setenta como una etapa de recesión e inflación, los venezolanos los tenemos como una gran fiesta. Fue nuestro primer gran boom petrolero. En 1973, el valor de las exportaciones petroleras fue de 4.450 millones de dólares, monto que subió a 10.762 millones al año siguiente. El efecto cascada que esto tuvo en la economía se puede medir en los ingresos del Estado, que pasaron de 23.000 millones de bolívares a 53.000 millones. Los gastos corrientes del sector público estaban en el orden de los 34.000 millones, por lo que, básicamente sobraban 20.000 millones de bolívares (unos 4 mil millones de dólares de entonces, unos 20 mil millones actuales) que entraron de repente y para los que no había demasiado que hacer. Si Pérez traía el plan de dar saltos audaces para transformar al país, se encontró con una cantidad enorme de dinero para hacerlo.

Pérez no sólo tenía dinero. También carecía de verdaderos contrapesos para llevar adelante sus planes. Sí, había un funcionamiento institucional, las precauciones a las que obligaba la insurrección guerrillera ya no eran necesarias después de la pacificación de los principales grupos en 1969. Tampoco había grandes temores de un golpe militar, sobre todo después de la forma en que Rafael Caldera logró controlar las públicas defecciones del general Pablo Antonio Flores.

Carlos Andrés Pérez en Primera Cumbre entre jefes de Estado de OPEP, Argelia, marzo de 1975. Autor desconocido | Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Hoy sabemos que bajar la guardia fue una falta de cálculo. Los pequeños grupos guerrilleros que quedaron activos, como el PRV-FALN –por aquellas fechas rebautizado como Ruptura–, de Douglas Bravo, lograron penetrar muchas estructuras. Mientras, en los cuarteles se creó, por razones de ascensos muy parecidas a las que enfurecieron al general Flores, una logia militar: ARMA. Pero los golpes de 1992, donde ambas líneas convergieron, parecían cosa imposible. Precisamente Pérez, el gran policía, el que siempre dudaba en el Congreso con respecto a las medidas de clemencia a los guerrilleros, al parecer no vio cómo crecía la grama en torno a sí.

Por si fuera poco y aunque esto no fue en realidad producto de la fortuna, su triunfo electoral le dio una mayoría holgada en el Congreso. Algo que no había tenido ningún presidente democrático. Hasta el momento, los gobiernos habían logrado estabilidad a través de complicadas negociaciones. Incluso Caldera, quien fue el primero en no hacer una coalición, en 1971 llega al llamado «Pacto institucional», por el cual AD y COPEI acordaron nombrar al presidente y vicepresidente del Congreso, a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, al fiscal general de la República y a la directiva del Consejo Supremo Electoral. No se excluía a los partidos minoritarios, pero el espíritu de Punto Fijo se institucionalizó con las normas claras de un bipartidismo. Aunque Carlos Andrés Pérez no rompió con el pacto, su margen de acción era enorme. Tanto así que el Congreso le otorgó una Ley Habilitante para que administrara por la vía de decretos todo lo referente a la economía (31 de mayo de 1974).

Con sus arcas repletas y un poder casi absoluto, pronto el mundo (porque sus metas ahora son mundiales) terminaba el entreacto de la creación del Presidente Pérez. El mundo vería ahora de qué se trataba la “democracia con energía”.

Tercer acto: el líder del Tercer Mundo

Volvamos a las corbatas de diseños audaces y los sacos a cuadro. Los hechos indican que no se trataba de una transformación sólo para salir del trance electoral. Había un deseo de cambio más profundo. Las circunstancias de la mayoría parlamentaria y del «boom petrolero» hallaron a un equipo realmente decidido a no dejar nada en su lugar, a empujar las cosas hacia lo que consideraban la modernización, a saltos tan espectaculares como lo había sido la campaña, la indumentaria del candidato y sus caminatas por todo el país. Venezuela tenía que sentir que era la hora de una nueva generación, que dejaba atrás las precauciones que caracterizaron a los fundadores de la democracia.

Diego Arria, el supuesto autor del cambio de look, era en sí mismo un símbolo de ese nuevo país que se quería levantar. Joven gerente, con estudios en los Estados Unidos, enterado de las últimas tendencias (y no, claro, sólo de la moda); en él podía verse un modelo de la generación formada en la democracia, mejor educada, moderna, que habría de conducir el país hacia el desarrollo. No sabemos si Pérez lo pensó exactamente así, pero sus acciones se encaminaron a esa dirección. Carmelo Lauría fue otro caso de un gerente joven, exitoso, audaz, quien, como Arria, no venía del Partido (así, con mayúscula, se referían todos a AD), pero lograría la confianza, tal vez incluso la admiración, de Pérez. Pero de todo ese grupo, el más emblemático fue, de lejos, Gumersindo Rodríguez. No era un completo outsider. Había sido una de las figuras más destacadas de la Juventud de Acción Democrática que se separaron en 1960, fundaron el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y se fueron a la guerrilla. De hecho, uno de los que con mayor vehemencia llamó a la lucha armada desde el semanario Izquierda. Y para sorpresa de todos, uno de los primeros (¡o acaso el primero!) en arrepentirse, en renunciar al nuevo partido y marcharse a la Universidad de Mánchester a estudiar. Para 1969, ya estaría de nuevo en AD, brillaba con lo aprendido en Gran Bretaña, parece tener ideas nuevas sobre cada cosa y dicta conferencias que son oídas con atención. Es el tipo de compañero de ruta que necesita CAP.

Carlos Andrés Pérez y Gonzálo Barrios en el Palacio Legislativo, circa 1974 | Autor desconocido. Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Primero, de cara al partido. Con la muerte de Raúl Leoni, la separación de Luis Beltrán Prieto Figueroa y el paulatino retiro de Betancourt, de la vieja guardia no quedaba demasiado. Aunque en los siguientes años se fue abriendo una brecha entre los perecistas y los betancuristas, la balanza se inclinaba hacia Pérez. Y da la impresión de que un signo de su liderazgo en la nueva era sería el olvido de lo pasado, al menos para quienes se arrepintieran. En las elecciones, por ejemplo, Pérez aceptó el respaldo del Partido Revolucionario de Integración Nacionalista (PRIN), insignificante en términos de votos, pero muy simbólico porque era el resultado de la segunda división de AD en 1962, con algunos líderes disidentes del MIR que se le incorporaron después. Pocas veces un partido obtuvo tanto habiendo dado tan poco. Aunque no aportaron nada significativo para el triunfo, a sus dirigentes se les permitió regresar a AD, donde en muy poco tiempo alcanzaron altas posiciones. Eso dejaba un mensaje muy claro a las otras dos disidencias, la que había creado el Movimiento Electoral del Pueblo en 1968 y la del MIR: fuera del Partido, o muerden el polvo en la guerrilla o se desmoronan electoralmente como el MEP. De regreso, como hijos pródigos, podía irle a cualquiera como a Gumersindo Rodríguez.

Pero había más: no sólo se trataba de unificar el Partido, sino de hacerlo también con el país. Al parecer, el paso adelante que habría de darse con la égida de CAP, también habría de dejar atrás el pasado. Gumersindo Rodríguez no fue el único representante de la lucha armada al que acogió, más allá de haber sido el más emblemático. Muchos regresaron al Partido, pero la mayoría, que se mantuvo comunista, pudo seguir su vida, bien como políticos o como funcionarios o, sobre todo, profesores y artistas, muchas veces con generosas subvenciones del Estado. Hoy no podemos medir bien el cambio, pero para entonces era un salto increíble. ¿El “asesino” ahora protector de guerrilleros? Según lo señalan casi todos los testigos, ésa fue una de las causas del distanciamiento entre Betancourt y Pérez. El primero aseguraba que tarde o temprano los exguerrilleros le pagarían mal. Y, en efecto, muchos de aquellos profesores universitarios, cineastas o escritores no sintieron un particular compromiso con el sistema, lo que según el caso puede verse como lealtad a sus convicciones, resentimiento o a veces las dos cosas juntas; pero también es verdad que otros tantos, como Américo Martín y Teodoro Petkoff, se volvieron sinceros demócratas.

Además, hay que estar claros en que el régimen no se desplomó en 1999 debido a la acción de los exguerrilleros, sino producto de su crisis que fue aprovechada por algunos de ellos. Otros ni siquiera la aprovecharon, sino que fueron convocados cuando ya el colapso fue un hecho consumado. Pero en 1974, lo razonable era perfeccionar la pacificación ofreciendo oportunidades a los guerrilleros para se integraran a la vida nacional. ¿Qué otra cosa puede hacer una democracia? Tal vez, como pedía Betancourt, no dejarlos actuar tan impunemente cuando siguieron atacándola, no dejar en sus manos muchas facultades universitarias y culturales o no haber bajado la guardia ante los que conspiraban (otra cosa, según se cuenta, que alarmó a Betancourt). Pero no mucho más.

Es muy singular que todo aquel esfuerzo se viera empañado por la muerte, en 1976, de Jorge Rodríguez. Se le relacionaba con el secuestro del empresario estadounidense William Frank Niehaus, a quien los guerrilleros acusaban de ser la cabeza de la CIA en Venezuela. Rodríguez murió de un infarto durante su detención, según se ha denunciado, producto de las torturas a las que fue sometido. Un hecho reprobable, que en su momento generó un escándalo y una investigación, de la que salieron inculpados algunos funcionarios. Por momentos, el espectro del policía pareció emerger de nuevo, pero en conjunto fue un caso excepcional. Eso, por supuesto, no lo excusa, pero no marca la tendencia de la política del Estado con la abrumadora mayoría que se pacificó: pudo seguir adelante con sus vidas, escribir libros, filmar películas, dar clases, casi siempre hablando muy mal del sistema, sin que nadie los molestara por eso. Además, en su momento eso ayudó a terminar de configurar al nuevo Pérez que se va perfilando entonces: el líder progresista del Tercer Mundo. Siguiendo una tradición que venía desde 1958, se abren las puertas a millares de exiliados de las dictaduras latinoamericanas, especialmente del Cono Sur. Muchos de esos exiliados eran de izquierda. Diego Arria fue enviado a Chile para negociar la liberación de Orlando Letelier en 1974, cosa que consiguió. Ese mismo año, Venezuela restableció relaciones diplomáticas con Cuba, y de hecho Pérez se haría en el futuro un cercano amigo de Fidel Castro. 

Carlos Andrés Pérez se veía a sí mismo como uno de esos grandes líderes socialdemócratas de los años setenta, como Willy Brandt, Olof Palmer, Bruno Keisky o Harold Wilson, promotores de políticas sociales muy progresistas, de economías con un gran protagonismo del Estado, apoyo a la descolonización y un trato cordial con el mundo comunista. Venezuela no se salió de la órbita de Occidente en el contexto de la Guerra Fría, pero sí asumió una clara ostpolitik con los No Alineados, los gobiernos africanos, con quienes se establecen aceleradamente relaciones, y con movimientos revolucionarios e independentistas de todo el mundo. La tesis del Nuevo Orden Económico Internacional, impulsada por la ONU en 1974, halla en Pérez a uno de sus grandes difusores. Se hace un aliado estrecho de Omar Torrijos, jugando un papel clave en las negociaciones por el Canal de Panamá. Apoyó a los sandinistas en su revolución contra la dictadura de Somoza. También apoyó a Bolivia en la búsqueda de una salida al mar, y como gesto que ha quedado en la historia (y fue objeto de numerosos chistes) en 1977 le regaló un barco a su marina, el ahora llamado “Libertador Simón Bolívar”, que tuvo que ser fondeado en Argentina. Se involucró tanto en el movimiento independentista de Aruba, que se llegó a temer un solapado deseo de anexión. Prestó dinero a muchos países latinoamericanos. Abrió las puertas a la inmigración económica y política de toda la región. Recibió en Caracas a Nicolae Ceaușescu y a Tito. Bajo su liderazgo, Acción Democrática se termina de incorporar a la Internacional Socialista, de la que es electo vicepresidente. Su relación con Felipe González también fue muy estrecha, jugando un papel importante en el proceso de democratización española, especialmente en las negociaciones para que el PSOE y el Partido Comunista fueran legalizados. 

Tal vez dentro de Venezuela no se tuvo una idea clara de lo hondo que caló esta actividad internacional. En cada una de las tormentas que le tocó enfrentar después de dejar la presidencia (y que no fueron pocas: del escándalo del Sierra Nevada al litigio por su cadáver), cada vez que un periodista extranjero trataba de explicarle a sus lectores de quién se hablaba, señalaba al líder del Tercer Mundo, al aliado de la descolonización, al vicepresidente de la Internacional Socialista. En cierto sentido, fue la reinvención definitiva de Pérez. Por lo menos en el exterior. Pero de cara a su país, aún quedarían por aparecer muchos rostros en su biografía. Su política con el partido y el mundo giraron, en todo caso, en torno a lo fundamental: su decisión de dar el salto a la gran Venezuela. Pasaron tantas cosas en el empeño, que los venezolanos no tuvimos tiempo de pensar en el Pérez tercermundista. Para nosotros, con nuestras vidas cambiadas para siempre, es muchas otras cosas más, para bien o para mal, destacando su actuación dentro del país.

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Puede leer la entrega anterior:

CAP, el hombre que se inventó a sí mismo [I]

https://prodavinci.com/cap-el-hombre-que-se-invento-a-si-mismo-ii/

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