De vez en cuando la vida…

Por • 19 nov, 2020 • Sección: Nacionales

Jesús Puerta

16/11/20. «De vez en cuando la vida…toma nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera», canta Serrat. Y Blades, como si le contestara: «la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida». Entre esos dos versos me siento a veces, cuando me entero de ciertas cosas, como el derrumbe del orden político inmoral de Perú, la victoria del MAS en Bolivia, la promesa de Constituyente en Chile y leo artículos que te ponen a agradecerle a la vida, además de todo lo que menciona Violeta Parra, que haya gente que al menos está pensando y leyendo viejos libros luminosos. Por supuesto, la torta que me hizo mi hija por mi cumpleaños y el inminente final de carrera de mi hijo, también entran aquí como motivos de agradecimiento. Pero mencioné unas noticias y unos artículos. Vamos a por ello, como dicen los españoles.

Empiezo por un reciente artículo del amigo Javier Biardeau de título larguísimo y cargada bibliografía (La alienación gratificante (vencedores) y la alienación sufriente (vencidos): la vigencia de la «sagrada familia» de Karl Marx). Hay varios motivos para celebrarlo. Uno, porque reabre una discusión filosófica que va más allá de la media. Dos, porque trae a colación, y se apoya, en textos de Ludovico Silva, autor venezolano que, desgraciadamente, no ha leído la generación de militantes «revolucionarios» que hoy tiene entre 30 y 40 años, y subrayo la desgracia, porque algunos de esos muchachos se han puesto a leer, en su lugar, a Stalin y hasta a Enver Hoxha, un oscuro dictador de Albania (¿sabe el amigo lector ubicar ese país en el mapa?), entusiasta estalinista hasta la muerte del verdugo ruso, cercano temporal de la postura nacionalista de Tito, acompañante de Mao en el momento más delirante de su trayectoria y completamente aislado porque su gobierno, según él, era el único revolucionario de todo el mundo. Algo así como Pol Pot, el verdugo de Camboya, o Abimael Guzmán en Perú, quien en Perú, a cuenta de ser la única organización «consecuentemente revolucionaria» de todo el planeta, ejecutaba cientos de personas, siendo sólo superado por el verdugo Fujimori. Pero de eso no quería hablar.

Ludovico Silva forma parte de una camada de pensadores marxistas (Riu, Rigoberto Lanz, Petkof, Moleiro, etc.), que publicó su obra en la década de los setenta y, de alguna manera, marcó las ópticas de toda una generación de la izquierda. Su sello tiene que ver con actitudes tales como el rechazo total al dogmatismo de corte soviético o chino, la ruptura con el seguidismo a la URSS (y a la China maoísta, claro), el señalamiento de Stalin como el principal responsable de la decadencia del marxismo en el siglo XX, la apertura a todas las demás corrientes de pensamiento desde una lectura contextualizada y cuidadosa de los libros de Marx, la asociación radical de la democracia con la lucha por el socialismo, revisión del obrerismo dogmático y nuevos intentos de volver al «análisis concreto de la situación concreta». Hay otros tópicos que Silva introdujo en la reflexión marxista y de gran actualidad, de cara a planteamientos que hoy se nos presentan como «novedosos»: la ética de la liberación de Dussel, las distintas tendencias del «pensamiento decolonial», desde Grosfoguel hasta Lander, pasando por Boaventura de Souza Santos. El hecho de que hoy se propongan círculos de estudios para leer a Stalin y a Hoxha, y no a Ludovico Silva, demuestra una intuición: hubo un vacío que fue llenado por ciertas «obras» lamentables, en el caso de los militantes bien intencionados que deseaban tener algo más que las consignas del momento como pensamiento. Ese es el valor específico de ese artículo de Javier Biardeau y otros anteriores: intentar recuperar el nivel de la reflexión al de los setentas venezolanos.

Trae a colación Javier varios temas importantes de Marx y de Silva. Dan para libros enteros, pero, por ahora (como dijo el tercio aquel), me centraré en dos: la alienación, en sus variantes «gratificante» y «sufriente», y la fundamentación del rol histórico del proletariado a partir de allí. Pienso que ambas temáticas se remontan a un mismo supuesto: el humanismo de Marx. La alienación, es decir, el que las cosas que realizan los seres humanos terminen siéndole «extrañas», elementos de fuerzas que subyugan a sus propios productores, es una noción hegeliana inicialmente y como tal pasó a Feuerbach, el filósofo que casi ningún marxista ha leído y que es el verdadero maestro del joven Karl. Feuerbach fue el pensador que superó a Hegel estableciendo que la religión, con la cual el Estado alemán se justificaba, no era más que un producto humano, la proyección de lo mejor de la especie humana (de su «esencia») en una especie de fantasma (o sea, Dios) que termina por dominar, humillar, avergonzar y hacer sufrir a su creador. Lo que Feuerbach encontró en la religión, Marx lo descubrió en la producción capitalista en la forma de explotación del trabajo asalariado. La producción material en el capitalismo no satisface a su productor, porque no le pertenece, sino que lo esclaviza, en virtud de las relaciones sociales de apropiación, que divide a la sociedad entre la riqueza de los propietarios y la pobreza de los trabajadores.

Esa contradicción entre la riqueza de la que es capaz el capitalismo, por el impulso sorprendente de las «fuerzas productivas», y la pobreza, humillación, envilecimiento de, precisamente, la clase productora: los trabajadores, es la que, a la postre, puede hacer estallar el orden social capitalista. Pero Marx hace este análisis con un sesgo ético (o moral, por lo que incluso podría llamarse un «imperativo»). El capitalismo debe ser combatido porque sus estructuras no permiten que el ser humano desarrolle todas sus potencialidades. Se lo impide, tanto a la clase dominante, como a la dominante. Por eso Javier habla de dos variantes de alienación: la «gratificante» y la «sufriente». La primera alienación es presentada, incluso, como «ideal de vida» por la clase dominante. Es la misma alienación que se presenta como «éxito» la acumulación de dinero, el lujo, la agresividad y la prepotencia ante los demás. Pero es la segunda enajenación, la «sufriente», la del hambre, la de las enfermedades, la del desamparo, la que convoca a un «imperativo ético político». Y Biardeau cita al propio Marx: «que el hombre sea lo más alto para el hombre; en consecuencia, el imperativo categórico (es) subvertir a todas las relaciones en las cuales el hombre es un ser envilecido, humillado, abandonado, despreciado». El proletariado puede revolucionar todas las relaciones sociales alienantes precisamente por ser oprimido, porque en él se ha hecho «abstracción de toda humanidad», porque en él «se condensan, en su forma más inhumana, todas las condiciones de existencia de la sociedad actual».

Es evidente aquí la atención a un «sentimiento moral» al cual ya se había referido, como base de toda moralidad, Adam Smith, a quien Marx estudió intensamente de la mano de su gran amigo Federico Engels: la compasión. Adam Smith, el mismo del liberalismo, de la «mano invisible»; sí, ese mismo, era un moralista consumado, porque él se refirió al egoísmo como motor del mercado, pero ese feo sentimiento se podía convertir en «Bien General», cuya base, de nuevo, era la compasión. Esta, por supuesto, no es un invento de los teóricos éticos escoceses (a los que pertenecía Adam Smith). Proviene del cristianismo. Y, antes, de aquella escuela hermenéutica judía del sabio Hillel que resumía toda la Torá a la regla de oro: «no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti», que retoma siglos después Kant como imperativo categórico de la Razón Práctica. La compasión con el enfermo, con el moribundo, con el sufriente, también se halla en los mandatos éticos budistas, islámicos y demás. No es casual que reaparezca de nuevo esa compasión en el llamado a identificarse con el «Otro» como víctima, que fundamenta la Ética de la Liberación de Dussel. Aquí encontramos la conexión, específicamente ética, entre el Marx humanista y el pensamiento de la izquierda actual: la ética humanista.

Hay otro maestro por ahí colado. Uno que inevitablemente estudió el joven Marx cuando en su juventud pasó un tiempo en París (hacia 1844, 4 años antes del Manifiesto Comunista) tratando de acopiar material y escribir una reconstrucción de la revolución francesa: Jean Jacques Rousseau, el mismo que considera que el Hombre (como especie, genérico) es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que lo vicia. Y, mira tú, Dussel hace una extraña mezcla de Rousseau y Schopenhauer (para mí, indigesta, pero ese es otro tema), cuando define a la soberanía como la «voluntad de vivir» del Pueblo. Los conceptos tiene una lógica propia que obliga a sus usuarios, los pensadores, a asociarlos.

¿A qué viene todo esto? Pues que el humanismo de esa larga tradición ética, que recoge el joven Marx, desaparece o es desplazado por otro, cuando el marxismo degenera en estalinismo ¿Por cuál enfoque es sustituido ese humanismo? Pues uno que tiene, entre sus máximos representantes a Maquiavelo y a Hobbes, lo que llaman por ahí «la tradición realista del pensamiento político». Ese enfoque que justifica al Estado como cristalización de la renuncia de la libertad a cambio de la seguridad, de la paz impuesta a cambio de la eterna guerra civil. Ese «humanismo» que, en oposición al de Rousseau, considera que el ser humano es capaz de las más atroces crueldades e instintos y, por tanto, hay que tenerles la mano dura.

Este humanismo (¿cómo llamarlo? ¿Pesimista?) es el que pudiera ser el sustento ético, tanto del stalinismo, como de los «pensadores» geopolíticos norteamericanos contemporáneos, y en general del «realismo político» que no vacila en destruir constituciones, liquidar los bienes de una República, violar los derechos, por mantener el Poder frente a un enemigo externo hecho a su medida.

Claro, cualquier alusión a la realidad actual venezolana es completamente intencional.

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