Libia

Por • 6 mar, 2011 • Sección: Nacionales

 Luis Fuenmayor Toro

Hemos venido oyendo de la “revolución” libia dirigida por Gadafi desde hace 4 décadas. Todavía hoy, luego de 42 años, viven supuestamente en revolución, según sus gobernantes. Acompañamos a Libia en su desafío a Estados Unidos, entre otras cosas porque somos anti-imperialistas. Nos sentimos desagradados cuando el imperialismo norteamericano bloqueó el espacio aéreo libio y mucho más cuando derribó los aviones que trataron de hacerle frente. Fuimos parte, sin lugar a dudas, de aquella división del planeta en dos grandes zonas, geográficas e ideológicas: El bloque soviético supuestamente socialista y el bloque estadounidense capitalista, sin espacios para ninguna otra posibilidad.

Hoy presenciamos, sin lugar a dudas, una rebelión popular contra el régimen “revolucionario”, con seguridad azuzada por intereses distintos de quienes manifiestan y luchan, pero con una indudable base material de miseria y tiranía, que constituyen las causas que hicieron posible este deslinde popular. ¿Cómo es posible después de 4 décadas de “revolución”? No hay sino una respuesta: Nunca hubo revolución, nunca se satisfizo los intereses de las grandes mayorías, nunca se erradicó la miseria, ni la gente alcanzó a vivir en libertad. Los miles de millones de dólares recibidos por décadas de venta de petróleo no hicieron diferente a Libia de la existente en 1969, cuando Gadafi tomó el poder.

Como los venezolanos, los libios han vivido de la existencia de una renta y no de la producción de riquezas de alto valor agregado. Al igual que nosotros, se dedicaron a vender materia prima, combustible fósil, y no existe país que se haya desarrollado en esta forma. La supuesta revolución nunca significó ningún cambio real; nada diferente de los países árabes africanos no revolucionarios: La misma miseria, el mismo desempleo, la informalidad de la economía, los chocantes contrastes del subdesarrollo, magistralmente descritos por Rubén Blades, cantautor panameño, con una imagen que lo dice todo: “Olor a miao y a perfume”, y su inmutabilidad a pesar de las diferentes propuestas políticas de sus dirigentes, también expresado en la misma canción: “Entre un Fidel y un Somoza y no se arregla la cosa”.

A pesar de ser un país no muy poblado, diferente de otros de la región, la miseria extrema en Libia afecta a un 40% de la población, mientras un quinto de la misma es analfabeta. Adicionalmente, los libios hoy no son más libres que los de la monarquía anterior a Gadafi. ¿Cuál ha sido entonces el cambio revolucionario? Y es que no ha podido ser distinto. Lejos de construir una nación soberana cimentada en la producción interna de conocimientos, en la educación, en el desarrollo de las ciencias y la tecnología y de los estudios de postgrado; lejos de desarrollar aguas abajo la industria petrolera e iniciar un proceso de industrialización con la elaboración de mercancías de gran valor agregado (petroquímicos y químicos orgánicos), Gadafi hizo lo mismo que hacen los gobiernos subdesarrollados y “reaccionarios” de la región y de otras regiones.

Libia se dedicó a vender materia prima. Una materia prima particular, muy necesitada, de demanda inflexible, de oferta controlada, de precios elevados, pero materia prima al fin, cualitativamente similar a los cambures centroamericanos. Al mismo tiempo, su antiimperialismo fue domesticado por EEUU y los países europeos y tanto él como su familia hoy son parte del negocio petrolero mundial. Hace mucho que traicionó al pueblo palestino, lo que hace que su gobierno sólo se diferencie del recientemente derrocado gobierno egipcio en dos aspectos: el engaño y confusión que aún produce en sectores de la izquierda y la brutal represión a que está sometiendo a su pueblo, que lo hace un tirano de la peor especie.

Recordemos que el mundo socialista cayó como un castillo de naipes, sin que se produjera la décima parte del derramamiento de sangre, que incluso ha reconocido oficialmente el propio gobierno libio. Expone Gadafi además a su patria y a su pueblo a una intervención y ocupación imperialista por parte de la OTAN o, incluso, al regreso de la monarquía, que yugularían los anhelos de libertad, independencia, justicia y soberanía del pueblo libio y significarían un gran retroceso geopolítico en la región. Hasta allí llega la responsabilidad de Gadafi y de quienes lo apoyen, sin tomar en cuenta la existencia de una realidad que es más que visible para todos.

 La Razón, PP A-8, 6-3-2011, Caracas

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