Renta y rentismo en el populismo venezolano hasta llegar al chavismo

Por • 4 dic, 2022 • Sección: Nacionales

Jesús Puerta

01/12/22. Antes que nada, una distinción: la renta es un concepto de la economía política. Para los clásicos, incluido Marx, es la parte del excedente que se paga al propietario de la tierra en el marco de las relaciones capitalistas de producción, que se agrega a las retribuciones del capitalista (el beneficio) y las del asalariado (salario). En el caso de Venezuela, y de todos los países de lo que se conoce como Latinoamérica, la renta tiene que ver con la propiedad estatal de las riquezas del subsuelo, por una tradición legal del Imperio Español, donde esa parte de la torta pertenecía a la Corona. En los países anglosajones, por ejemplo, no es así, y el propietario de la tierra es también del subsuelo.

El rentismo, en cambio, es un concepto político-ideológico, con un sustrato cultural y de una gran riqueza histórica. Corresponde a una concepción de la riqueza de una nación que se hace práctica en realizaciones políticas de los gobiernos, además de una fuerte tendencia a las importaciones de bienes de consumo, lo cual casa con patrones de consumo de la población e ideologías e imágenes importadas de la industria cultural norteamericana. Así, se puede afirmar que todas las fracciones dominantes de Venezuela, desde por lo menos el postgomecismo, con antecedentes en ciertas políticas de Gómez, fueron rentistas, porque consideraron que del petróleo se debían aprovechar los beneficios al máximo y, en el mejor de los casos y las mejores intenciones, esa riqueza debía dirigirse a construir un aparato productivo (léase una clase capitalista que invertiría, a su vez, en la producción) y, en algunos casos, satisfacer las necesidades de la población.

Por eso, desde su formulación inicial por Uslar Pietri, pasando por Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez, hasta llegar a Chávez y sus sucesores (los «Avengers»), trataron de aplicar, cada uno a su manera, la consigna de la «siembra del petróleo». En su versión inicial, y quizás más idealista, se trataba de que otras actividades económicas (especialmente, la agricultura y la industria) debían crecer gracias a la renta. En otras versiones, que teóricos políticos socialdemócratas como Bruni Celli y Rey, caracterizaron como «populistas», esos recursos debían dirigirse hacia la satisfacción de las necesidades de toda la población.

De modo que los dirigentes de este país, todos, tuvieron cada uno su versión del rentismo. Básicamente, de dos tipos: uno, dirigido a promover una clase dominante que se encargara, a su vez, de impulsar la industria y la agricultura nacional a partir de una serie de ventajas (créditos, exenciones impositivas, cargas que asumía el Estado en infraestructuras y formación de la fuerza de trabajo, etc.); el otro, utilizar la renta para, desde el Estado, garantizar la educación, la salud, buenos servicios, la vivienda, etc. a toda la población.

Estas dos visiones rentistas, no es que sea una mala y otra, buena. Simplemente, es una de las maneras en que se ha manifestado la lucha de clases en este país: la disputa por la renta. Claro: no se trata de la misma lucha de clases como la imaginó Marx y toda su tradición (aunque el eurocentrismo de Marx, presente en gran parte, no en toda, su obra, pronto fue roto por las elaboraciones «marxistas» de otras partes del mundo, fuera de Alemania, Inglaterra y Francia). Pero sí podemos decir que esa pelea por la distribución de la renta petrolera organizó y alineó opciones políticas más o menos populares, alrededor de banderas democráticas como el derecho a la educación (Beltrán Prieto Figueroa) o a la salud universal (que hoy sirve de premisa hasta a la OMS); así como sirvió para la construcción de sucesivas fracciones de burguesía venezolana que hizo su aporte a un modelo de industrialización, la sustitución de importaciones, especialmente desde finales de los cincuenta y hasta los ochenta aproximadamente, pero que también les sirvió, en algunos casos, para convertirse en partícipe de la burguesía transnacional, como lo muestran los datos de exportación y fuga de capitales venezolanos, y las grandes riquezas e inversiones que los burgueses de este país tienen en el exterior. Nada nuevo: se sabe que la gran burguesía no tiene patria, sino intereses.

El modelo de sustitución de importaciones y la extrema dependencia del recurso petrolero, hizo aguas a mediados de los setenta, pero el boom de los hidrocarburos, que llevó a precios importantes el barril en los setenta, le dio un respiro al rentismo venezolanos, dando una ilusión de prosperidad estilo saudita. Ya sólo los mayores de sesenta años nos acordamos de la Venezuela del «Tá barato» y el «Dame dos». En fin, le entraron al país unos cientos de millones de dólares que poco después se convirtieron en petrodólares. Pero esa es otra historia.

Después del sueño de grandeza del primer CAP, caracterizado por el despilfarro y los planes elefantásticos, vinieron las décadas de la crisis. Es decir, bajaron los precios del petróleo, toda la renta, canalizada hacia la burguesía se escapó al exterior, vino la devaluación del «viernes negro», la inflación empezó a crecer, etc. Ya esta historia es más conocida por los cuarentones. Venezuela se reveló como un país pobre que había tenido una borrachera de petrodólares, pero seguía teniendo las mismas carencias propias del subdesarrollo y la dependencia. Esta última, por cierto, se profundizó. La burguesía trató de impulsar grandes reformas en el sentido del neoliberalismo, echando para atrás su tradicional populismo por el cual parte de la renta se dirigía a resolver algunos problemas del pueblo. Pero ese «gran viraje» le trajo problemas de legitimación hacia su base de apoyo social.

Para ser breves, la crisis trajo consecuencias políticas, se quebró la hegemonía adecopeyana, asociada con el modelo de acumulación rentista ya comentada, y apareció esa figura, así mismo como un ángel que cae a tierra a la manera de Thor o Iron Man. En virtud de la magia televisiva, se convirtió en el símbolo de las esperanzas del pueblo, e inauguró una nueva etapa, la aparición de un nuevo elenco en el poder, un nuevo rey de la baraja: Chávez.

El punto es que Chávez traía un proyecto rentista también. En sus sucesivos planes propuso de nuevo producir seis millones de barriles (igual que Capriles Radonsky en 2013, por cierto) para aplicar su variante de rentismo populista, ese mismo que requería miles de millones de dólares para resolver los problemas urgentes de la población que, llamativamente, seguían siendo agudos después de tantas décadas de demagogia. El despifarro es una de las notas de su gestión. No hay más que acordarse de aquel «millardito» que pedía, violentando la ley del BCV. En fin, creía que a realazos se resolvía el país.

Si distinguimos las cuatro dimensiones del chavismo (ideología, movimiento de masas, ejecutorias de gobierno y período histórico), podemos apreciar que la era que cierra Chávez y Maduro, corresponde a lo que muchos autores previeron como colapso del rentismo. Lo cierto es que este país ha atravesado varis crisis en su historia, correspondientes a otras tantas bajas del precio del petróleo y evidencia de que el país sigue con sus carencias no resueltas El de Chávez, fue un rentismo populista al estilo de la Acción Democrática de los años cuarenta e, incluso, de principios de los sesenta. Luís Britto García tiene un par de libros extraordinarios sobre el populismo: «La máscara del poder» y «El poder sin la máscara». Invito a su lectura y a identificar los mismos elementos que él analizó en el discurso adecopeyano (hasta los setenta; nada que ver con el neoliberalismo de los noventa) que se repiten en el chavismo: nacionalismo de «Venezuela Heroica», culto al caudillo, la dádiva al pobre pueblo carenciado, el aseguramiento de la lealtad por la vía de reparto de la renta.

Ojalá que los venezolanos logremos superar esta etapa histórica y marchar hacia otra mentalidad, otra cultura, otro gobierno. Otros horizontes democráticos. Esa sí sería una verdadera revolución: romper con esa línea de continuidad del rentismo que nos viene desde Gómez.

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