Maduro puede elegir entre polarizar o ampliar el consenso social

Por • 30 ago, 2013 • Sección: Nacionales
Jesús Silva R.
En una tónica social integradora, saludamos que el Presidente Nicolás Maduro esté incorporando en la revolución a sectores de las capas medias, cultores, artistas y deportistas que antiguamente eran considerados dentro del estereotipo falso de enemigos irreconciliables del Proceso Bolivariano y en tal sentido compartimos una entrevista que hicimos a una famosa artista chavista (que acompañó a Maduro en su campaña presidencial) como modesto gesto de apoyo a esa iniciativa incluyente (ver reseña) http://goo.gl/qd6kB5
Asimismo, ante la irracionalidad que todavía invade a mucha gente identificada en alguno de los dos polos ideológicos que se han diferenciado en Venezuela y luego del estrecho resultado electoral del pasado 14 de abril de 2013, necesario es ratificar recomendaciones que hemos hecho en documentos anteriores:
1) A la oposición: Urge construir un país suficientemente ético y responsable para asumir que los gobiernos solamente se modifican a través de la fuerza de los votos, y ello hace moralmente inaceptable (e inclusive criminal) la celebración de que un Presidente haya sido afectado por una enfermedad fatal como mecanismo para darle conclusión prematura a su mandato. Si se instituye la muerte como salida válida para apartar a los adversarios, es seguro que estos empezarán a experimentar el mismo deseo criminal; entonces (cumplida la masificación del pensamiento fascista) rápidamente llegaremos a la fase de la acción fascista, lo cual se traduce en: desintegración de la sociedad, guerra civil y destrucción de la República.
2) Al chavismo: Si admitimos que una demostración positiva de «radicalismo revolucionario» es cortar cualquier comunicación con la oposición porque toda ella es fascista, estaríamos incurriendo en un grave acto de incapacidad (inmadurez) e intolerancia política. Primero, por la errónea interpretación de la realidad (equívoca caracterización del escenario), ya que al imaginar que todo opositor es un fascista, estamos apreciando un panorama en «blanco y negro», ignorando los matices de las preferencias políticas y que si bien es cierto que se ha comprobado la existencia de más de siete millones de electores opositores, en Venezuela no hay siete millones de fascistas ni oligarcas.
En segundo lugar, tengo la convicción plena de que un escenario de irracional polarización (aquel de un país artificialmente divido por la mitad) donde no exista mínima comunicación entre los dos grandes polos, es lo que más le conviene a quienes hoy en Venezuela apuestan por el estallido de una guerra civil. Desde ya advierto que sin diálogo, sin espacios de debate ciudadano, sin medios de comunicación que muestren las diferentes visiones del país, sin mecanismos para crear entendimiento ni instrumentos para promover la tolerancia por encima de las discrepancias, es obvio que estaríamos cerrando el camino para la solución constitucional y pacífica de los conflictos.
En tal sentido, la historia inequívocamente ha demostrado que al cerrarse las vías pacíficas, se abren las vías violentas; de modo que quien suscribe invita a no contribuir con las ambiciones de los falsos radicales ni ser cómplices de una política incorrecta e irresponsable que nos conduzca al exterminio entre venezolanos. Si para criterio de algunos autoproclamados «radicales», la visión aquí descrita pareciera un reformismo, entonces abandónese el actual esquema electoral y regrésese al formato de las revoluciones violentas marxistas del siglo pasado; suspéndase la cohabitación y diálogo con la MUD, con Colombia (y demás gobiernos pro imperialistas) y agudícense las hostilidades; entonces veremos los resultados de esa «política» radical.
3) Nuestro papel en la historia: No somos imparciales, nuestra tesis es explícita y frontal, quien suscribe desde siempre ha abrazado la causa de la sociedad sin clases y la liberación del trabajo frente al capital. Por ello condenamos categóricamente la falsedad de quienes señalan que la actuación reflexiva, dialéctica, concienzuda y divorciada de dogmas o actitudes frenéticas, implica de alguna manera una inconsistencia en nuestras convicciones sociales y de justicia.
Consideramos que la madurez política implica saber distinguir entre los intereses colectivos y las posiciones grupales o personales, dando prioridad a las primeras. La debida subsunción de la realidad social en nuestra teoría revolucionaria nos revela que vivimos una época que exige construir «nuevas mayorías», de allí que ejercitemos rigurosamente una política científica propositiva por encima de la meramente contemplativa, pues sólo ejerciendo la iniciativa creativa garantizaremos la victoria popular.
29/08/13
www.aporrea.org/actualidad/a172530.html

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