En el nombre de Roma: generales y senadores, guerra y política

Por • 1 may, 2018 • Sección: Política

Fernando Rodríguez Genovés

«los pactos sin espada no son más que palabras» (Thomas Hobbes)

En nombre de Roma{1} es una obra escrita por el historiador británico Adrian Goldsworthy{2} en la que registra y analiza las gestas militares encabezadas por algunos de los más grandes generales romanos. Basándose para ello en la información directa de sus protagonistas (escasa: Julio César y pocos más narraron sus campañas), pero, sobre todo, en los historiadores clásicos: Plutarco, Tácito, Suetonio. El texto examina con pormenor los éxitos en el campo de batalla y las victorias de las legiones que extendieron el poder de Roma a gran parte del mundo conocido. A lo largo de sus páginas desfilan quince personajes principales: Fabio, Marcelo, Escisión el Africano, Emilio Paulo, Escisión Emiliano, Cayo Mario, Sartorio, Pompeyo el Grande, Julio César, Germánico, Corbulón, Tito, Trajano, Juliano y Belisario.

No oculta Goldsworthy las derrotas de los ejércitos mandados por estos paladines, porque no todo en Roma fueron conquistas y victorias. Ocurre que todavía hoy admira comprobar la poderosa capacidad de acción militar de Roma, su abrumadora eficacia, basada principalmente en el férreo adiestramiento de las tropas, la cuidada motivación de oficiales y soldados, el esmerado equipamiento en armas y utensilios producto de la ingeniería asociada al arte de la guerra, el control de la intendencia, el avituallamiento de los destacamentos, y, en general, el ámbito de la logística militar.

Pero, por encima de todo, para explicar la apabullante supremacía militar de Roma es preciso atender al papel fundamental desarrollado por los mandos militares, los generales. El hecho resulta verdaderamente extraordinario debido a que quienes comandaban las legiones romanas no habían recibido un previo adiestramiento castrense que justificase el nombramiento para dirigir los ejércitos, el cual augurase su potencial destreza. En Roma, no existía nada parecido a las escuelas militares, tal y como las hemos conocido en épocas posteriores. Los generales de Roma procedían, según larga tradición, de la aristocracia senatorial. Eran senadores y generales, militares y políticos, una circunstancia que conllevó, por otra parte, no pocos disgustos a la continuidad del poder de Roma, al propiciar recurrentes guerras civiles.

«La guerra y la política –escribe Goldsworthy– siguieron inseparablemente unidas desde el momento en que no había ningún otro servicio mayor que un líder pudiera hacerle al Estado que el de derrocar a un enemigo en guerra.» (pág. 441). La historia del imperio romano es, en gran medida, la historia de sus conquistas, de las guerras que emprendieron contra las poderosas naciones que podían suponer una amenaza (Cartago, Persia, Partia), así como contra las tribus locales de aquellos territorios apetecidos por el Senado o el princeps.

El pueblo de Roma vibraba ante el éxito de las campañas militares de las legiones. La virtus, el poder y la gloria representaban valores esenciales para una nación orgullosa de ser la dominadora del mundo. Los generales merecían especial reconocimiento y tributo en estas hazañas. Aun así, y en franco contraste con la mera ferocidad y fuerza física de las hordas bárbaras, el ejército romano hizo gala de enfrentarse al enemigo con imaginativos y muy efectivos movimientos tácticos de las legiones.

Los generales y comandantes romanos, personalmente o a través de los centuriones y mandos medios, dirigían a sus tropas en contacto con ellas, comían del rancho común, dormían sobre similar jergón que el del legionario común. En no pocas ocasiones, cabalgaban en la primera línea del frente, comprobando el desarrollo de la batalla o asedio a una ciudad, arengando y animando a la tropa, castigando duramente la indisciplina y la desidia, así como premiando las acciones heroicas o simplemente arriesgadas. Tampoco fue inaudito encontrar episodios bélicos en los que oficiales romanos se enfrentaban en «combate singular», cuerpo a cuerpo, con jefes enemigos. Dos emperadores-generales, Marcelo y Juliano, fallecieron, de hecho, en el campo de batalla.

En la bibliografía moderna, los generales romanos han sido considerados, ordinariamente, unos simples aficionados, cuando no meros oportunistas en busca de gloria. Sin olvidar, el empeño por escalar puestos en la jerarquía del poder de Roma, cuando no el utilizar los éxitos militares como vehículo, a veces violento, para hacerse con la corona y la púrpura. No le falta razón a esta creencia. Pero tampoco contiene toda la verdad de los hechos. Los generales romanos no eran, en efecto, genios de la estrategia militar, pero a base de experiencia práctica y sentido común, disciplina y respeto a códigos estrictos, coraje y valor, decisión y constancia, lograron poner al mundo a su merced durante siglos. «Roma no paga a traidores», SPQR (“El Senado y el pueblo de Roma”), proponer pactos previos al cruce de espadas o no ensañarse en el salvajismo fueron principios político-militares que, por aquel entonces, no tenían parangón ni, claro está, correspondencia por parte de las tribus bárbaras.

Los generales romanos, lucharan por afán de botín, de poder o de gloria, lo hacían en el nombre de Roma. Cuando luchan romanos contra romanos (las guerras civiles, según Goldsworthy, fueron la verdadera causa de la caída de Roma), todos lo hacen en nombre de Roma. Cada uno a su manera. Apelando a la República o al Imperio, según el caso y el momento.

El declive de las conquistas de Roma, la decadencia del arte militar romano, coincide en el tiempo con el fin del propio Estado: «En el siglo VI, la forma romana de llevar a cabo la guerra se había vuelto característicamente medieval, con ejércitos relativamente pequeños, un sistema disciplinario muy poco rígido y la prevalencia del saqueo y de otras operaciones a pequeña escala sobre las batallas de mayor calado.» (pág. 443).

A partir del siglo XVI y XVII, los modernos Estados volvieron a poner en pie de guerra grandes fuerzas y poderosos medios. Napoleón, por ejemplo, reconoció haber aprendido mucho de las hazañas de Julio César y sus continuadores. Pero, ésa, más que otra historia, es un nuevo capítulo de la Historia.

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{1} Adrian Goldsworthy, En el nombre de RomaLos hombres que forjaron el Imperio, traducción de Ignacio Hierro, Ariel, 2010, 459 páginas.

{2} Adrian Goldsworthy es historiador británico, nacido en 1969, especializado en el mundo antiguo, y en Roma, muy en particular. Estudió en el St. John’s College de la Universidad de Oxford, donde se doctoró en 1994. Tras haber ejercido en distintos centros educativos, en el momento presente dedica su actividad a la escritura. La producción libresca del autor es amplia y muy notable. He aquí algunos títulos de su obra traducidos al español: La caída de Cartago: las guerras púnicas (2002), El ejército romano (2005), Grandes generales del ejército romano(2005, ya citado), César: la biografía definitiva (2007), La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente (2009), Soldados de honor (2013), Antonio y Cleopatra (2010), Augusto (2014).

El Catoblepas · número 181 · otoño 2017 · página 6

http://www.nodulo.org/ec/2017/n181p06.htm

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