Esperanza y miedo en política

Por • 7 oct, 2020 • Sección: Política

Fernando Rodríguez Genovés

Constituye un clásico de la teoría política, citar la afamada declaración según la cual los hombres somos “animales políticos” (Aristóteles, Política). El Estagirita extrae dicha sentencia de una singular impresión: sólo las bestias y los dioses pueden vivir solos. El Génesis dejó sentado, bastante antes, lo siguiente: “Y dijo Jehová: ‘No es bueno que el hombre esté solo’.” En consecuencia, Adán, el primer hombre, tuvo compañía y descendencia. Dios creó a las bestias y creó a Eva, la primera mujer. Lo que vino después también es cosa sabida.

La humanidad no ha crecido, ni crece todavía, por medio de partenogénesis, que es una forma de reproducción muy básica y ensimismada, observable en insectos. Las células sexuales femeninas en los seres humanos siguen necesitando del macho (por activa o por pasiva) para la fecundación. Esto de momento, ya digo. Porque sucede que según amplios sectores de la nueva/vieja política, para algo está la cultura, a saber: para corregir los supuestos errores de la naturaleza (requiebro intelectual que abriga la transgresora pretensión de refutar nada menos que el principio de realidad).

Cítese cuanto se quiera o guste el célebre aserto del filósofo del Liceo, muy útil, eso sí, para familiarizarse con la historia del pensamiento filosófico. Mas, no se busque en el mismo la base y la justificación de animaladas políticas. La polis griega no constituye hoy el molde ni el modelo a partir del cual organizar, en el marco de la globalización, las sociedades contemporáneas. Tampoco se conformaban de esa manera las sociedades modernas. El dictum aristotélico se entiende correctamente ajustado al campo conceptual y comprensivo de la democracia en la Antigüedad, de la “libertad de los antiguos” (Benjamin Constant), de la “libertad positiva” (o “libertad para”, enunciada por Isaiah Berlin). Apunta a un tipo de vida comunitaria de reducida extensión territorial, reconsiderada y reformulada en el pensamiento renacentista y moderno por autores principales, como fueron entre otros sabios, Nicolás Maquiavelo, Thomas Hobbes y Baruch de Spinoza.

En aquellos tiempos modernos era característico diferenciar entre el estado de naturaleza del hombre, regido por leyes naturales, y la naturaleza del Estado, constructo social tutelado por leyes políticas. Una distinción que lleva pareja esta otra: derecho natural y constitución política.

Afirma Spinoza que en ambos estados la acción humana está regida por la esperanza y el miedo “a la hora de hacer u omitir esto o aquello” (Tratado político). La esperanza de seguridad personal, garantizada –¡y monopolizada!– pomposamente por las instituciones del Estado, consistiría en quitar (o al menos aminorar) en el individuo humano el miedo de vivir en compañía, junto a sus semejantes: ¡quién se lo iba a decir a Aristóteles y a los autores del Génesis!

“el estado político, por su propia naturaleza, se instaura para quitar el miedo general y para alejar las comunes miserias.” (Ibídem).

Repárese en los citados términos “general” y “comunes”, pues el mismo Spinoza advirtió que bajo el Estado, la voluntad y el criterio individuales se ven sometidos a la voluntad de los muchos: “el derecho de la sociedad se determina por el poder de la multitud regida como por una sola mente.” (Ibídem); “una sola mente” que adquiere la forma de Leviatán u “ogro filantrópico” (Octavio Paz), incitando a los individuos a la servidumbre voluntaria (o Contra Uno: Etienne de la Boétie). Sigue en…

El Catoblepas · número 185 · otoño 2018 · página 6

http://www.nodulo.org/ec/2018/n185p06.htm

Post to Twitter

Escribe un comentario