Hispanidad y geopolítica

Por • 5 nov, 2020 • Sección: Política

Ricardo Veisaga

En el número 188 de la revista El Catoblepas, el señor José Alsina Calvés, escribió un artículo titulado: “Geopolítica del hispanismo”. Unas reflexiones sobre el papel de España y la Hispanidad en el mundo globalizado. Sin ánimo de ofender, también quiero hacer algunas consideraciones sobre el tema. En primer lugar, sobre el uso y el abuso del rótulo «geopolítica».

Hace algunos meses, leí un artículo en el periódico El Confidencial, firmado por el periodista Carlos Sánchez, cuyo título decía: “La geopolítica del 5G se estrena con Huawei: la guerra del siglo XXI”. Al empezar el desarrollo de su columna expresa: «No es una guerra comercial, es tecnológica. La ‘operación Huawei’ esconde la lucha por el control de las cadenas globales de valor a través de la tecnología de última generación.»

¿Entonces, es tecnológica o geopolítica? Confundir la tecnología con lo geográfico es un desatino. Precisamente es el desarrollo de las tecnologías y las ciencias que hacen obsoleto a la mentada geopolítica. Aplicar el rótulo geopolítica a cualquier hecho político es un abuso nematológico.

Ciertas disciplinas en su afán de buscar un lugar bajo el sol invaden campos de otras disciplinas, y en este caso como si todo estuviera conectado y dependiente de lo geográfico. Alfonso Luis Feijóo González, geógrafo experto en Relaciones Internacionales, daba una opinión al respecto:

Las representaciones del mapa geopolítico mundial son una herramienta que con frecuencia ha sido utilizada para reflejar espacialmente la articulación del sistema internacional desde la perspectiva de una o varias potencias.

Éste ha sido uno de los usos que se le ha asignado a la Geografía Política y, más concretamente, a la Geopolítica. Función, que hizo de ésta un instrumento o un medio para justificar fines y políticas, aunque se disfrazara de cientificismos.

Es decir, una disciplina al servicio del poder. Pues, estas representaciones no iban más allá de una recreación del mundo puesta al servicio del imaginario nacional de un Estado para justificar de cara al público, políticas exteriores, a menudo, agresivas. Esta perversión de la Geopolítica impidió durante mucho tiempo que esta sub-disciplina y la Geografía Política en su conjunto madurasen.

Así, fue más un instrumento manipulado que una herramienta útil para entender las interrelaciones espaciales políticas. Manipulación de la que no está exenta en la actualidad, como pone en evidencia el mapa de la reconfiguración del orden mundial del choque de civilizaciones de Samuel P. Huntington (1997).

Las representaciones geopolíticas se pueden clasificar en tres tipos en función de la relación entre la realidad y la abstracción:

- Imagen Geopolítica: Abstracción geopolítica objetiva de la realidad;

- Imaginaciones Geopolíticas: Abstracción geopolítica subjetiva de la realidad; y

- Realidad Construida: Abstracción geopolítica aparentemente tomada de la realidad pero que, por el contrario, pretende que la realidad se parezca a la abstracción y no a la inversa.

Esa realidad construida, en la que se pretende que la realidad se parezca a la abstracción, es lo que hacen la gran mayoría de los que cultivan la geopolítica. Así tenemos a Aleksandr Dugin, quien portando su barba dostoievskiana, se nos revela como el penúltimo profeta que presume de ser el geopolítico más influyente de Rusia, un imperio que trata alcanzar la primacía mundial en la dialéctica de estados o imperios (para los que aceptamos la tesis de Gustavo Bueno), o la geopolítica para los que siguen inmersos en el hegelianismo.

Rusia será el number one en la lucha imperial si sigue la teoría de Dugin, conditio sine qua non, es decir, el eurasianismo. Una teoría o una realidad construida que no hay por donde pillarlo. Existen iluminados que creen que trazar círculos o cualquier otra figura geométrica sobre un mapa, es suficiente para que se cumpla en la realidad. Hablar de teorías continentales está de moda y suena bien, pero no caza con la realidad.

Meter en la misma bolsa o en el mismo dibujo, a diferentes culturas, diferentes lenguas, religiones y gobiernos distintos, con eso no se logra una unidad política porque se le ocurra a alguien. Eso ya se ha logrado en la historia reciente, manu militari, eso fue la Unión Soviética o Yugoslavia. De manera «artificial» y bajo la fuerza, y al derrumbarse, los nacionalismos surgieron con más fuerza que nunca.

Dugin, no pertenece al círculo áulico de Putin, su efímera gloria en el periodo post-soviético, no le garantiza esa pertenencia. Si eso fuera verdad, no estaría haciendo proselitismo o dando charlas en círculos neoperonistas, que de neo no tienen nada, ya que es el peronismo de siempre.

Grupos que bien podrían realizar su reunión anual en un McDonald’s y sobraría espacio. En una de esas visitas a Buenos Aires, Dugin, defendió las pretensiones indigenistas de los llamados Mapuches en contra de los estados argentinos y chilenos. Alguien que no sabe distinguir entre nación étnica y nación política, no puede ser tomado en serio.

El papel de Dugin o sus ideas, es reivindicado mayoritariamente entre otros por sectores neofascistas y neonazis, espacios donde se reivindica la metapolítica. El papel que desempeña Dugin le viene bien a Putin, es mejor que tenerlo en la nómina y no ocupa un lugar en el Kremlin. El papel de idiotas o tontos útiles, como se denominaba a los que trabajaban en Occidente para los fines de la URSS, sigue más vigente que nunca.

Sigue en…                          

El Catoblepas · número 190 · invierno 2020 · página 14

http://www.nodulo.org/ec/2020/n190p14.htm

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