La globalización de la economía y su influencia en el sistema democrático

Por • 22 sep, 2020 • Sección: Política

Fernando Álvarez Balbuena

De la supuesta crisis de los Estados-nación y la democracia

Un mundo unido, dentro de las peculiaridades de cada raza o de cada nación, ha sido desde muy antiguo una aspiración de sabios, políticos y filósofos. Los grandes imperios de la antigüedad, como el chino y el romano, o los movimientos religiosos más universales, como el budismo el cristianismo y el islam, en su extensión a lo largo de la historia, buscaron la unidad mundial bajo una sola autoridad y un sistema de creencias tras las que latía, como aseguraría Marx en el siglo XIX, la idea de una economía sometida a los criterios de los dominadores. Pero, teorías histórico-materialistas aparte, la idea era utópica porque no existían medios materiales adecuados para realizarla. Sin embargo, tras las dos guerras mundiales del siglo XX, el clamor de unidad contra el desastre bélico, propició la aparición de los medios políticos que constituyeron el embrión de las uniones internacionales, hasta que el desarrollo extraordinario de los medios técnicos y electrónicos de comunicación al finalizar el siglo XX empezaron a ser capaces de ponerla en vías de hecho, pese a las corrientes disgregadoras de los nacionalismos modernos y de otros particularismos al uso.

Sin embargo y a pesar de la imparable marea globalizadora, en el momento actual la mera palabra “globalización” provoca un fuerte movimiento de resistencia que se traduce en manifestaciones violentas, ya sea ante las reuniones del G 7, como también en otros foros económicos, trascendiendo al terreno de lo social y de lo político. Tras la violencia callejera de este comportamiento hay toda una teoría política que trataremos de analizar a lo largo de este trabajo.

Más o menos, el estado de la cuestión es el siguiente: algunos autores y, con ellos, un importante movimiento de dirigentes de opinión y de articulistas de los “mass media”, plantean que la globalización económica, surgida con los avances de la tecnología y con la gran facilidad para la libertad de movimientos que ofrecen hoy las sociedades avanzadas, está creando una crisis de legitimidad que vacía de significado y función a las instituciones de la nueva era industrial y de la información en la que ya estamos inmersos. A mayor abundamiento, se dice que el propio Estado-nación, superado por las redes internacionales de riqueza, ha perdido unas cuotas importantes de soberanía y que es ya cada vez menos capaz de representar a sus electorados e, incluso, que los movimientos obreros se desvanecen como fuente importante de cohesión social (Castells, M. 200:393). Por todo ello, las repetidas instituciones de la sociedad civil, construidas en el seno del Estado-nación democrático, mediante el pacto social entre trabajo y capital, e incluso la propia institución democrática, están amenazadas de muerte…

Esta visón pesimista y casi apocalíptica es, cuando menos, exagerada y, a lo largo de las páginas que siguen, trataremos de ver el problema con la posible objetividad. Para ello y aún a riesgo de insistir en cosas ya sabidas, empezaremos por examinar los antecedentes inmediatos al momento histórico actual, desde los que se produjo el formidable cambio tecnológico a consecuencia del cual han surgido los otros cambios sociales, culturales, políticos y económicos.

El siglo XIX, tras las guerras napoleónicas, configuró una Europa dividida en cinco grandes bloques imperiales, cuatro en el continente: Francia, Alemania, Austria y Rusia, los cuales continuaron con economías separadas y también con la tensión tradicional del sistema de estados europeo de los siglos anteriores, plasmada en sus ejércitos, en sus barreras proteccionistas y en sus ansias de expansión territorial, unos a costa de otros{1}. El otro gran imperio, Inglaterra, en su espléndido aislamiento, vigilaba y favorecía, naturalmente en su propio provecho, el equilibrio de poder entre las cuatro potencias continentales y hacía del librecambio su doctrina económica, ya que tanto la extensión de su imperio, fuente inagotable de materias primas baratas, como sus costes de producción y su tecnología, la situaban en un lugar privilegiado para la competencia comercial e industrial.

Pero la guerra franco-prusiana de 1870 fue la primera quiebra moderna de dicho equilibrio y a su término quedó sembrada la semilla de los desastres bélicos del siglo XX. Una Alemania reivindicativa y una Francia revanchiste terminaron por enfrentarse de nuevo trágicamente en 1914, arrastrando e involucrando a toda Europa, y también a los Estados Unidos, en el pleito bélico. Su cierre en falso con el diktat de Versalles y el establecimiento de una inoperante Sociedad de Naciones, acabó por desencadenar la Segunda Guerra Mundial cuyas consecuencias cambiaron profundamente al mundo, propiciando su indeseable división en dos bloques, así como el debilitamiento del Imperio Británico y la agonía de una Europa descoyuntada que hubo de claudicar ante la hegemonía mundial absoluta de los Estados Unidos de América.

Pero algo se aprendió de la última conflagración mundial y ello fue que el mundo, si quería la paz de forma estable, no podía ser reestructurado solamente sobre la ONU, que era continuadora de la fracasada Sociedad de Naciones, ni menos sobre palabras huecas como humanismo o solidaridad, sino que debería de ser firmemente re-establecido sobre la base de intereses comunes, intereses que solo un sistema democrático y de libre mercado podría mantener. Ya hacia los años 30 habían comenzado a establecerse con mayor o menor firmeza sistemas democráticos, pues antes solamente tres estados en todo el mundo podían considerarse democracias, aunque censitarias y restringidas, pero en los dichos años 30, ya eran veintidós los estados que habían evolucionado hacia la democracia. Pero es solamente tras la Segunda Guerra Mundial cuando se produce una nueva expansión democratizadora que incorpora a los vencidos y también al tercer mundo. Los años setenta y ochenta aprontan una nueva e imparable marea democrática y en 1985 podemos considerar que la tercera parte de los estados del mundo ya eran democracias más o menos consolidadas.

En 1989, con la caída del muro de Berlín, una, para muchos impensable, debacle (Águila, R. 1995:550), la de la Rusia soviética y de sus satélites, cambia el sistema político de media Europa y convierte a la nueva fe democrática a unos Estados que olvidan el comunismo para adherirse al sistema capitalista, lo que, dicho sea de paso, no se consigue sin enormes tensiones de adaptación, corrupción y carestía, incluso con rebeliones militares que amenazan seriamente el cambio político ruso. Por el contrario, China, donde el tránsito del dogmatismo maoísta hacia posturas más liberales se produce de forma mucho más inteligente, ha hecho surgir en todo el país, como antes sucedió en el sudeste asiático, el establecimiento de industrias occidentales de nueva planta, potenciando los mercados tanto interiores como exteriores, aprovechando las favorables condiciones económicas que ha ido creando la visible incorporación china al sistema capitalista y a la globalización.

En Europa, la nueva paz de 1945, si bien desmembró, desarmó, aniquiló y dividió a una Alemania que todos tildaron de culpable, fue evolucionando hacia posturas más inteligentes y alguien comprendió que si no existía una comunidad de intereses{2} entre ella y Francia, algún día volverían a enfrentarse, reviviendo su secular animosidad y sus profundas diferencias comerciales y políticas. Así mismo, si no se procuraba una reconstrucción europea sobre bases más firmes y democráticas, otro peligro más grave, el imperialismo soviético, acabaría por deglutir a una Europa occidental que la guerra había dejado inerme frente al Este amenazador. Y ello fue comprendido incluso por América, sin cuya intervención probablemente ni los Aliados ni Rusia hubieran podido ganar la guerra. Los programas norteamericanos de ayuda, como el Plan Marshall, y la decidida y a veces arriesgada intervención diplomática y técnica, favorecieron la recuperación europea, que tras fructíferos ensayos como la CECA, el EURATOM, el Tratado de Roma &c., cristalizó en el Mercado Común de los cinco y posteriormente en la Unión Europea de los doce y de los veintisiete actuales, que ya están abriendo las puertas al Este, como garantía de una verdadera unión continental, unión que se pretende garante del entendimiento y de la paz.

(A imagen y semejanza de Europa, aunque por motivos no idénticos, pero en el fondo de igual alcance, en América se formaron otros mercados comunes como la EFTA y MERCOSUR. Japón, dando pruebas de un pragmatismo que ni el propio Rawls se habría atrevido a imaginar para un país tan tradicional y tan distinto de Norteamérica, abrazó la democracia sin rechistar y aprovechó su potente industria de guerra transformándola en un emporio económico que crea graves, aunque sanos, problemas de competencia a su potencia vencedora, de modo que la guerra en el Pacífico, que según algunos se desencadenó por la hegemonía comercial americana en la zona, acabó fortaleciendo quizá más al vencido que al vencedor.

Fue pues el miedo a la globalización comunista, que amenazaba seriamente al sistema capitalista occidental, el primer fermento de la Europa de los Mercaderes, consciente de que la única unión posible era aquella que se derivase de los negocios y de los intereses comunes pues, al fin y al cabo, hay que dar la razón a Marx cuando dice que la economía es la estructura básica necesaria sobre la que descansan todos los demás componentes sociales contingentes. Así pues, esta internacional consensuada, práctica y comercial -primer fermento de lo que hoy conocemos por globalización- tuvo más éxito que el komintern ideológico y revolucionario que, en definitiva, no pudo superar la libre competencia de un mercado que ofrecía a la sociedad bienes y servicios cada vez mejores y cada vez más baratos. La convivencia pacífica post-estalinsta no eliminó la confrontación ideológica ni material entre el capitalismo occidental y el sistema soviético, aunque evitó que la guerra fría, por parte y parte, se convirtiera en una catástrofe nuclear. Los programas eurocomunistas de combinar democracia, libre empresa y mercado, con controles marxistas, más o menos descafeinados, especie y trasunto de la tercera vía austromarxista de Otto Bauer, resultaron ser una vía muerta porque los partidos socialistas y socialdemócratas, con muy buen sentido político, ya habían incorporado a sus idearios cuanto merecía la pena de ser rescatado del sistema marxista, contribuyendo así, desde una izquierda consciente y moderada, al avance imparable de la democracia capitalista burguesa que, en sucesivas oleadas (Markoff, J. 1998), fue ganado cada vez más terreno, tanto a las dictaduras marxistas como a las de corte militarista de una derecha proclive al estilo autoritario. Esta derecha dictatorial, fue tildada por la izquierda peyorativamente de fascista, aunque, en realidad, su estructura política no fuera superponible a dicha ideología, fulminada y felizmente proscrita por el triunfo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Sigue en…

El Catoblepas · número 190 · invierno 2020 · página 10

http://www.nodulo.org/ec/2020/n190p10.htm

Post to Twitter

Escribe un comentario