México, España y la leyenda negra

Por • 24 oct, 2021 • Sección: Política

Carlos M. Madrid Casado

Sobre el libro La disputa del pasado, coordinado por Emilio Lamo de Espinosa (Turner, Madrid 2021)

Este libro coral se abre con una presentación de enjundia a cargo de su coordinador, Emilio Lamo de Espinosa, que descubre en las primeras páginas la genealogía nazi del rótulo “memoria histórica” (empleado por Himmler) y expone la contradicción que anida en el término: la memoria es siempre subjetiva, mientras que la historia ha de ser objetiva (véase al respecto Gustavo Bueno, El mito de la Izquierda. El mito de la Derecha, Obras Completas 3, Pentalfa, Oviedo 2021, pág. 228 y sigs.). Recuerda Lamo de Espinosa el “encontronazo” producido a raíz de la celebración del V Centenario en 1992 y calibra que el mismo choque se está produciendo en nuestros días con respecto a la conmemoración de la conquista de México. Al respecto, Lamo subraya que fueron Colón, Cortés o Pizarro quienes encontraron aquellas tierras y gentes, y no al revés, así como que el México actual es hijo –guste o no– del virreinato de la Nueva España (empezando por la lengua).

A continuación, Lamo pone de manifiesto cómo la visión negrolegendaria está presente incluso en reputados historiadores anglosajones como Matthew Restall (por no mencionar a Yuval Noah Harari), quien se resiste a aplicar criterios éticos del siglo XXI para condenar las prácticas brutales de los aztecas, pero no escatima dardos contra los actos de depredación de los españoles, llegando a sugerir que hubo un genocidio. Pero si no hubo intención, como apunta Lamo, no hubo genocidio. Así de simple (págs. 19-21).

En la primera parte del libro, Martín F. Ríos Saloma, Tomás Pérez Vejo y el propio Lamo de Espinosa analizan sucesivamente la conquista, el virreinato y el tiempo posterior a la independencia de México.

Ríos Saloma conculca las visiones de Diego Rivera, Octavio Paz, Miguel León Portilla –que, frente a Edmundo O’Gorman, defendió en torno a 1992 que 1492 no se trató de una conquista sino de un encuentro– o Eduardo Galeano, tendentes a identificar con victimismo a los mexicanos de hoy con los aztecas de entonces. Frente a esta visión de los “vencidos”, maniquea y antihispana, Ríos apunta que no hubo únicamente dos actores (los aztecas y los españoles), porque los españoles se apoyaron en los tlaxcaltecas y otras etnias de Mesoamérica, que con posterioridad se presentaron a sí mismas como conquistadoras. No obstante, a mi juicio, Ríos Saloma diluye en exceso la conquista en una suerte de guerra civil en la que los indígenas usaron a Cortés más que Cortés a ellos (por el mismo argumento tampoco cabría hablar de la conquista de Hispania por Roma, en tanto en cuanto los romanos también contaron con el apoyo de poblaciones nativas).

Pérez Vejo describe la riqueza mestiza de la etapa virreinal, poniendo de relieve que la decadencia de las repúblicas hispanoamericanas fue posterior y no previa a su emancipación. Las Indias no eran colonias o factorías, sino virreinatos, parte esencial de la Monarquía Hispánica. Así, la ciudad de México se convirtió a lo largo del siglo XVII en la gran urbe comercial y cultural del imperio español.

Lamo de Espinosa estudia América Latina, preguntándose si es parte de Occidente o, si como sostienen anglosajones WASP e indigenistas, constituye más bien una anomalía, un conjunto de países desgarrados por diversas tradiciones (un dilema que se repite para la propia España, que es vista desde el Norte de los Pirineos como la excepción a Europa, consecuencia de su poso judío o moro). Sorprende el uso y la defensa del rótulo “América Latina”, en lugar del de “Hispanoamérica”, por cuanto el que nos ocupa está dirigido para borrar precisamente la presencia española en América. Pero Lamo indica que la latinidad no hay que ponerla bajo el patrocinio de Francia (como siempre se ha creído, atribuyéndose el rótulo a Michel Chevalier en el contexto de la invasión de México por Napoleón III y el intento francés de fagocitar los restos del imperio español; véase al respecto la Carta a Napoleón III sobre la influencia francesa en América del conde de Pozos Dulces), sino que ya habría sido usada con anterioridad por escritores dominicanos, colombianos y chilenos. De hecho, Lamo remite al alegato Iniciativa de la América de Francisco Bilbao, quizá el primero en introducir el término “América Latina” en 1856 (filosofia.org/aut/002/fbb1285.htm, enlace citado en la pág. 234), aunque omite subrayar tanto que el alegato fue pronunciado en París como el afrancesamiento del escritor chileno, palpable en su biografía (filosofia.org/ave/001/a299.htm). Es así que Lamo defiende la latinidad subrayando que España hizo en América lo que Roma hizo en el Mediterráneo: romanizar, latinizar (págs. 101-104). A nuestro entender, el término no deja de ocultar una confusión, pues no sólo ecualiza a España con Portugal –como también hace el término Iberoamérica–, sino sobre todo con Francia e Italia (los países latinos, partidarios del Colombus Day en lugar del Día de la Raza Día de la Hispanidad → filosofia.org/ave/001/a220.htm), y soslaya que España no sólo llevó a Grecia y Roma –el griego y el latín– a América, sino también el español, el catolicismo, sus propias instituciones medievales, el Renacimiento e, incluso, el Siglo de Oro (de facto, en esta dirección se manifiesta al final del libro Guadalupe Jiménez Codinach, pág. 197).

En la segunda parte, Luis F. Martínez Montes, José María Ortega Sánchez y María Elvira Roca Barea diseccionan la urdimbre de los relatos construidos al hilo de la presencia española en América. Frente a la concepción contrarreformista y antiilustrada de España e Hispanoamérica, diseñada desde los países anglosajones y protestantes, Luis F. Martínez Montes defiende que si un país ha contribuido más que otro a inaugurar la Edad Moderna ese fue España con sus viajes de descubrimiento, con la primera globalización (la de Magallanes-Elcano, Urdaneta y el galeón de Manila), y con un largo etcétera de contribuciones inexcusables, que el autor resume (págs. 117-118). Al tiempo que pondera una figura como la del Inca Garcilaso de la Vega (pág. 131), Martínez Montes aporta un dato que da que pensar: la mayoría de colonias británicas en Asia y África tienen actualmente niveles de renta inferiores a la mayoría de países hispanoamericanos (p. 125). Otro dato significativo lo ofrece Guadalupe Jiménez Codinach más adelante: para cuando los colonos anglosajones lograron por fin instalarse en el Nuevo Mundo a principios del siglo XVII, ya vivían en él más de cuatrocientos mil españoles (pág. 196).

En esta línea abunda José María Ortega Sánchez, que hace frente a varias “miradas anglosajonas” del mundo hispánico. A la vez que critica la biografía de Bolívar escrita por Marie Arana, acomete el análisis de algunas series televisivas preñadas de leyenda negra, como Civilisations (véase al respecto su artículo “El barroco y los aztecas” en El Catoblepas 192:9).

Finalmente, Elvira Roca Barea analiza los ataques que la Hispanidad está recibiendo en el seno de Estados Unidos, cuyo territorio formó parte en gran medida de la Nueva España (de hecho, el indio Gerónimo era cristiano y hablaba español, pág. 180). Roca Barea se detiene en reconstruir las historias de Juan de Oñate (cuya expedición estaba formada por gran número de tlaxcaltecas) y fray Junípero Serra, dos de las figuras cuyas estatuas están siendo derribadas en Estados Unidos. Entretanto, las estatuas a Thomas Jefferson (dueño de una plantación de esclavos) o Leland Stanford (que importaba chinos como si fueran ganado), siguen en pie (pág. 175).

La obra se cierra con un epílogo a cargo de Guadalupe Jiménez Codinach, que glosa las aportaciones de los diferentes participantes y arremete contra la leyenda negra antihispana y el presentismo histórico, que anacrónicamente juzga el pasado con criterios del presente.

Estamos ante un libro notable, aunque desigual, por la amalgama de perspectivas que cobija, no siempre compatibles entre sí (como sucede con la importante cuestión del rótulo “América Latina”). En ocasiones, se evidencia una falta de sistematismo, de apoyo filosófico, como el que podría ofrecer el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno con su filosofía de la historia (sólo mencionado indirectamente por José María Ortega cuando remite a Paloma Pájaro, pág. 239). Esta circunstancia se trasluce, por ejemplo, en la ausencia de una teoría filosófica de la idea de imperio –que diferencie entre imperios generadores y depredadores, entre España e Inglaterra– o una teoría filosófica de la idea de nación, que distinga sus especies –nación biológica, nación étnica, nación histórica, nación política, nación fraccionaria– (véase al respecto Gustavo Bueno, España frente a Europa, Obras Completas 1, Pentalfa, Oviedo 2019), a fin de matizar expresiones paradójicas como la que se recoge en la página 36, cuando se afirma que España no conquistó México porque ni España ni México existían como Estados nación en 1519. La presente obra sobre España, México y la leyenda negra se habría enriquecido con la toma en consideración de la investigación de Iván Vélez, gran conocedor tanto de la figura como del mito de Cortés desde las coordenadas de la filosofía materialista de la historia referida (véanse La conquista de México. Una nueva España, La Esfera de los Libros, Madrid 2019, y El mito de Cortés. De héroe universal a icono de la leyenda negra, Encuentro, Madrid 2016).

Esto no es óbice para que el libro resulte de provecho para buena parte del público en español, y no resta un ápice a su carácter necesario por cuanto combate la leyenda negra contra todo lo hispano a una orilla y otra del Atlántico.

Nota: Agradezco a José María Ortega Sánchez que tuviera la gentileza de enviarme un ejemplar del presente libro para su lectura.

El Catoblepas · número 196 · julio-septiembre 2021 · página 15

https://www.nodulo.org/ec/2021/n196p15.htm

 

 

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