Turquía: los sultanes del cambio

Por • 10 abr, 2011 • Sección: Política
Pepe Escobar

En el sexto foro de al-Jazeera en Doha a mediados de marzo, el ministro de Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, pronunció un notable discurso. Argumentó que la gran revuelta árabe de 2011 fue “necesaria para restaurar el flujo natural de la historia”. A su juicio, había que corregir “anormalidades: la estrategia de división del colonialismo (que, por ejemplo, cercenó lazos históricos entre Damasco y Bagdad); y la Guerra Fría (que, por ejemplo, convirtió en enemigas a Turquía y Siria). Ha llegado la hora, dijo, de que un árabe de a pie pueda cambiar la historia.

Davutoglu también subrayó que hay que escuchar a las masas de Medio Oriente, “que quieren respeto y dignidad”. Enfatizó la necesidad de transparencia, responsabilización, derechos humanos, el vigor de la ley, y que “la integridad territorial de nuestros países y de la región debe protegerse”, refiriéndose específicamente a Libia y Yemen.

Luego tuvo lugar la cumbre de los Líderes del Cambio en Estambul, también a mediados de marzo. El primer ministro Recep Tayyip Erdogan describió Turquía como “Estado democrático social basado en la justicia social”. Tampoco escatimó palabras cuando criticó a Occidente por no apoyar realmente la gran revuelta árabe de 2011, o por lo menos por andarse con dilaciones; y advirtió contra la tentación de invadir Libia tal como EE.UU. invadió Iraq. Si tiene que haber un cambio de régimen en Libia, debe provenir del interior, no mediante intervención extranjera.

Erdogan también tuvo tiempo para destruir los conceptos fracasados del fin de la historia, el choque de civilizaciones y la guerra contra el terror, mientras Davutoglu reprendía a Occidente por creer que “las sociedades árabes no merecen la democracia, y necesitan regímenes autoritarios para preservar el statu quo e impedir el radicalismo islámico”. Su conclusión: lo que sucede en Medio Oriente en la actualidad crea esperanzas de que se muestre el camino hacia un “nuevo orden político, económico y cultural global”.

Ahora bien, es lo que se dice cuando se trata de posicionarse como líder regional y el decisivo puente entre Oriente y Occidente. Erdogan ya poseía la autoridad moral entre las masas árabes del mundo; había llamado explícitamente, desde el principio, a la renuncia del presidente Hosni Mubarak en Egipto. Pronto todos, desde Casablanca a Muscat, hablaban del modelo turco como guía para el nuevo mundo árabe. Pero entonces vino Libia.

Turquía tenía miles de millones de dólares invertidos en Libia, por no hablar de más de 20.000 trabajadores (evacuados en cosa de días). Ankara también vio con claridad que cómo Occidente estaba empeñado en una importante estrategia para una posible nueva Libia. Desde la OTAN, Turquía condenó enérgicamente la resolución 1973 de las Naciones Unidas mientras estaba a la vanguardia en el envío de ayuda humanitaria. Y todo esto mientras las empresas turcas preparaban su retorno a Libia.

Esas acciones representan un juego diplomático muy hábil, por no decir algo peor. La pregunta, por lo tanto, es inevitable: ¿qué se propone realmente Turquía?

Todo el poder en marcha

Antes de 2050 Turquía será la tercera potencia europea y la novena del mundo, con más población que Alemania, un ejército de primera categoría y la capacidad de mostrar mucho poder suave a través de buenas universidades, una economía fuerte y diversa, know-how técnico y la capacidad del partido gobernante de “vender” su modelo de Islam democrático.

Turquía podría convertirse pronto en miembro pleno del excitante grupo de potencias emergentes del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). El año pasado, en una cumbre en Brasilia, se discutió seriamente el advenimiento del “BRICTS”.

No es ninguna maravilla que haya provocado un asombro considerable. La interpretación errónea occidental, alimentada por siglos de lastre histórico, teme al Partido Islámico de Justicia y Desarrollo (AKP) de Erdogan como a un sultán neo-otomano –y candidato a califa– que dirija un imperio informal que vaya desde el Mediterráneo Oriental a China Occidental, desde los Balcanes a Medio Oriente (y que incluso podría –Dios nos libre– intentar la reconquista de Jerusalén…)

Incluso antes de la gran revuelta árabe de 2011, el entrecejo del Departamento de Estado de EE.UU. se frunció especialmente. Una de las revelaciones más explosivas del cablegate de WikiLeaks fue que se calificó a Erdogan de poco fiable e incluso de “antiestadounidense”, debido a que es musulmán practicante y mantiene lazos políticos serios con Irán, por no decir que es demasiado independiente de Washington en todos los asuntos regionales, de Iraq a Asia Central.

El presidente Barack Obama se vio obligado a hacer un llamado de cortesía a Erdogan el pasado mes de diciembre. En otros tiempos, ese llamado habría implicado sutilmente que cualquier presidente turco que apoye realmente a EE.UU. no debería temer un golpe militar. Pero vivimos tiempos multipolares… Si el Departamento de Estado sólo se hubiera tomado la molestia de comprender que los sofisticados turcos asumieran la responsabilidad de una región que la Sublime Porte (la entrada al palacio del ministro jefe del Imperio Otomano) dominó durante medio milenio.

Dirígete a Oriente, joven turco

El hecho es que nunca se trató de que EE.UU. estuviera perdiendo Turquía, o de que Erdogan fuera un califa neo-otomano (sea lo que sea lo que eso significa…) Lo importante es comprender de qué se trata la profundidad estratégica de Turquía. Todo está en un libro: Stratejik Derinlik: Turkiye’nin Uluslararasi Konumu (Profundidad Estratégica: la posición internacional de Turquía), publicado en Estambul en 2001 por Ahmet Davutoglu, entonces profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Marmara, ahora ministro de exteriores de Turquía.

Davutoglu procede de Konya, en las estepas centrales del sur de Anatolia, donde está enterrado Rumi, el gran poeta sufí del Siglo XIII. (Rumi, a propósito, era afgano, nacido en Balh, aunque “Rumi” significa literalmente “anatolio”). También sucede que Konya es el centro del partido AKP. Pero mucho más que expresar la visión del mundo de una nueva elite política-religiosa de Anatolia y de ciudades del Mar Negro que desafían a las elites seculares tradicionales de Estambul y Ankara, el libro del “Kissinger neo-otomano” es una presentación orgánica de la actual geopolítica de Ankara.

Davutoglu coloca a Turquía al centro de tres círculos concéntricos, 1) Los Balcanes, la cuenca del Mar Negro, el Cáucaso. 2) Medio Oriente y Mediterráneo Oriental. 3) El Golfo Pérsico, África y Asia Central. Por lo tanto convierte a Turquía en la puerta privilegiada de acceso al Mar Caspio, el Mar Negro, el Mar Rojo y el Golfo Pérsico.

En el antiguo mundo bipolar, Ankara era una protagonista pasiva, un simple brazo armado de EE.UU. y la OTAN. Ahora Turquía es una protagonista clave en Medio Oriente; como la describió Davutoglu: “es nuestra casa”. En lo que respecta a áreas de influencia, Turquía reivindica por lo menos ocho: los Balcanes, el Mar Negro, el Cáucaso, el Caspio, Asia Central Túrquica, Golfo Pérsico, Medio Oriente y Mediterráneo.

Es posible que muchos no sepan –aunque el Pentágono sí lo sabe– que los musulmanes controlan por lo menos ocho pasos estratégicos del tráfico naval global: Dardanelos, Bósforo, Suez, Bab-el-Mandeb, Ormuz, Malaca, Sonda y Lombok, más el co-dominio en Gibraltar.

Para poner todo esto en perspectiva Davutoglu incluso presenta una fórmula: neo-otomanismo+pan-turquismo+Islam= Gran Turquía.

El neo-otomanismo se vincula a las tierras árabes y también a los Balcanes; el pan-turquismo se vincula a Asia Central; y el Islam vincula a todo dar-al-Islam, las tierras del Islam, de Marruecos a Indonesia. Es lo que los estrategas rusos llamarían el “Exterior Cercano”. Tal como Alemania es la potencia central y autónoma en Europa, Davutoglu subraya que Turquía tiene el mismo papel más al este. Todo se basa en vectores culturales y económicos, poder suave, no armas.

Hay dudas sobre la profundidad estratégica (vea Danger signs in Turkey’s strategic depth Asia Times Online, 22 de junio de 2010). Pero el punto clave es que, en términos económicos, a Turquía nada le gustaría más que convertirse en la nueva China. Para que esto suceda, es esencial configurar Anatolia como la encrucijada estratégica de los “ductos” para la exportación de petróleo y gas de Rusia, de Asia Central y el Caspio, de Iraq y de Irán a Europa.

Es exactamente donde Turquía encuentra a su máximo socio comercial, Alemania, Pero podría ser todavía un camino largo y tortuoso. Un sondeo de Transatlantic Trends en 2010 reveló que solo un 38% de los turcos y un 23% de los europeos creen que Turquía llegará a ser aceptada un día en la Unión Europea (UE). Esto no significa que Turquía haya renunciado a Europa; ahora aplica una estrategia diferente.

Fundamentalmente, Davutoglu ubica la cooperación entre Turquía e Irán como equivalente a la de Francia y Alemania. El vínculo entre Ankara y Brasilia en el Consejo de Seguridad de la ONU el año pasado contra Washington, Londres y París con respecto al ultra-estratégico expediente nuclear iraní debe analizarse según este indicador.

El círculo de Davutoglu en Ankara tiene plena conciencia de que el llamado Medio Oriente por los orientalistas ha sido durante más de medio milenio la arena privilegiada de una rivalidad entre otomanos y safawíes.

Siria –cercana a Irán– es un caso crítico. Ankara ha estado aconsejando a Damasco que se reforme, y rápido. En las palabras del presidente turco Abdullah Gul: “No puede haber un régimen cerrado en la costa mediterránea. [El presidente Bashar] Asad también lo sabe… Compartimos nuestras experiencias con él y no queremos caos en Siria.”

Al mismo tiempo, Ankara sabe perfectamente que a la Casa de Saud la enloquece la relación cada vez más estrecha entre Ankara y Teherán. Sin embargo, ayuda el hecho de que Gul haya vivido en Jedda durante muchos años y sepa cómo piensan los saudíes. Aparte del hecho de que los otomanos sabían todo lo que había que saber sobre el poder del sectarismo en Medio Oriente. Una firme señal de realpolitik es que Ankara no se opuso a la invasión saudí de Bahréin (bueno, solo un poco).

Vecindario explosivo

Enterrado ahora momentáneamente por toda la turbulencia relacionada con la gran revuelta árabe de 2011, un hecho regional crucial es que Ankara ahora ve a Teherán como la puerta dorada hacia Asia Central y el Golfo Pérsico. Esto significa que a Washington, Jerusalén y a los Estados árabes clientes de EE.UU. les espera más turbulencia certificada, ya que Turquía se ha convertido en un actor obligatorio e inevitable en la cuestión iraní y palestina (no es sorprendente que después del episodio del Mavi Marmara a Erdogan se le haya llegado a conocer informalmente como “el rey de Gaza”).

Sin embargo, una sana máxima de Davutoglu es “cero problemas con los vecinos”. Y cuán incierto es el vecindario. En Turquía, hay más azeríes que en Azerbaiyán; más armenios que en Armenia: más albanos que en Albania y Kosovo; más bosnios que en Bosnia; y más kurdos que en Kurdistán iraquí. Todos son potenciales barriles de pólvora.

Por ejemplo Ankara es muy activa económicamente en el Kurdistán iraquí, pero al mismo tiempo existen amplias sospechas de que la CIA y el Mossad israelí puedan estar detrás de los nuevos ataques kurdos contra fuerzas turcas en el sudeste de Anatolia.

Irbil, capital de Kurdistán iraquí, está repleta de vestimentas y cerveza turcas (mientras en la Basora chií, en el sur de Iraq, circulan coches Saipa y Peugeot hechos en Irán y los peregrinos iraníes hacen rodar la economía de Kerbala y Nayaf). Turquía es el principal inversionista en hoteles, bienes raíces, industria y energía en Kurdistán iraquí; un 55% de la inversión extranjera, incluye a la compañía petrolera turca TPAO, que desarrolla dos yacimientos de gas iraquíes. Turquía e Irán compiten ferozmente por mayor influencia en Bagdad.

Vienen los rusos

Como señalé en anteriores artículos sobre “Ductistán”, Turquía también tiene que jugar un juego finamente equilibrado en relación con sus vecinos caucásicos, porque simplemente no se puede permitir enemistarse con Rusia.

En pocas palabras, los antiguos enemigos de la Guerra Fría, Turquía y Rusia, juntos tratan de encontrar un camino para controlar el Cáucaso y Asia Central, pero también con la mirada puesta en Medio Oriente y los Balcanes. Este desarrollo complejo implica la limitación de la expansión de EE.UU. y el control del Islam radical, todo subordinado a Ductistán. A Washington le cuesta digerir el hecho de que Rusia y Turquía sean ahora socios estratégicos.

Moscú necesita a Turquía para bombear energía a Europa y a Medio Oriente mientras también frustra la obsesión occidental con la construcción de Ductistán soslayando a Rusia. Después de todo, Rusia quiere monopolizar los mercados energéticos europeos, los productores eurasiáticos y las rutas de suministro. No sorprende que esto tienda a causar muchos y grandes problemas a la cooperación estratégica turca-rusa.

Ankara en consciente de que Moscú sabe que tiene mucha influencia en Europa como país clave en el tránsito de gas natural. Bruselas quiere desesperadamente el atribulado gasoducto Nabucco, que debería vincular Erzurum con Viena. Moscú por su parte quiere el gasoducto South Stream a través de Bulgaria. Una posible solución sería que Nabucco transportara gas turkmeno que llegaría a Turquía a través de Rusia; pero los europeos y los estadounidenses objetan, no es para nada una diversificación.

Rusia ya es el socio comercial número uno de Turquía; un 70% de sus exportaciones son de energía, un 20,5% en metales y un 3% en productos químicos. Rusia representa un 25% del mercado exterior para compañías turcas de construcción. Turquía es una Meca turística para rusos (no se requiere visa). Una planta de energía nuclear de 20.000 millones de dólares hecha en Rusia –que ya fue ratificada por el parlamento turco– se construirá en Turquía y se completará en 2019.

Todo esto es posible ahora porque el pan-turquismo, el impulso de aglomerar el mundo turco desde el Adriático hasta la Muralla china- de moda en los años noventa– ha pasado. Todo cambió radicalmente después de la guerra rusa-georgiana-osetia de 2008. Moscú venció. Georgia se despidió de la OTAN. Y Ankara captó el mensaje.

La nueva configuración tiene mucho sentido. En términos energéticos, Turquía depende de Rusia en casi un 80% (Gazprom suministra un 63% de su gas y un 29% de su petróleo). En 1997 firmaron un acuerdo para el gasoducto Blue Stream que cruza el Mar Negro y llega a Samsun en Turquía; la rama occidental llega de Bulgaria. Ahora incluso hay sitio para un Blue Stream 2, un gasoducto que vincula al Líbano, Siria, Chipre y tal vez Israel.

Descansa y flota río abajo

Pero el juego realmente jugoso entre Turquía y Rusia es South Stream. Desde el puerto ruso de Beregovaja, South Stream cruza aguas territoriales turcas en el Mar Negro hasta el terminal búlgaro de Varna, y más allá a Italia y Austria.

Bueno, fue un juego jugoso hasta que Moscú comenzó a jugar con la idea de reemplazar South Stream por un proyecto de gas natural licuado (GNL) a través del Mar Negro. Esto prueba lo volátil que es la relación energética Turquía-Rusia.

Sobre una (vacilante) vía paralela, Ankara también participa en la alternativa, el siempre elusivo Nabucco. Nabucco es crucial no sólo por su inmensa capacidad proyectada, sino porque involucra negociaciones extremadamente complejas para firmar acuerdos con Turkmenistán, Irán o Iraq que potencialmente podrían cambiarlo todo en Ductistán.

Por lo tanto ahora no es ningún secreto que Ankara sueña con la cooperación regional y la mejora de relaciones con Europa según la matriz de la energía. Por su parte Irán quiere exportar más gas a través de Turquía, no sólo de su inmenso campo gigantesco de South Pars sino también llevando gas turkmeno.

Parece una característica fija del Nuevo Gran Juego en Eurasia: Ankara colaborando con Teherán para suministrar a Europa gas iraní y turkmeno. Ambos tienen importantes afinidades geopolíticas. Ambos combaten el separatismo kurdo. Erdogan y Ahmadineyad saben de sobra que la única alternativa al corredor caucásico apoyado por EE.UU. para llevar gas natural a Europa es Irán, que no sólo está vinculado con el lado turkmeno del Caspio sino también con los inmensos campos turkmenos Daulatabad (cerca de Mashhad en Irán) y su conexión con Erzurum.

¿Qué será necesario para que Washington enfrente el hecho de que Teherán juega un papel geopolítico sin igual para Ankara? Como nación del Caspio, Irán facilita el transporte de gas turkmeno a las redes europeas sin tener que resolver el estatus jurídico ultra-complejo del propio Caspio (¿es un mar? ¿O es un lago?) El resultado: si Turquía no corteja a Irán perderá la oportunidad del flujo de gas turkmeno a Europa; y eso significaría que Europa dependería aún más de Rusia.

Al posicionar a Turquía como indispensable puente energético entre Oriente y Occidente, Davutoglu actuó como un gran apostador en Las Vegas; si no eres una fuente tienes que encontrar una manera de convertirte en un protagonista. Turquía importa por lo menos el 93% de su petróleo y el 97% de su gas. Un 55% del gas importado se utiliza para generar electricidad muy costosa.

La oferta energética es esa: de Rusia, el Caspio, y Medio Oriente. Y la demanda también existe: de la Unión Europea y de los mercados mundiales a través del Mediterráneo. Por lo menos en 72% de los hidrocarburos del mundo están cerca. ¿Es sorprendente que Ankara sueñe con “sinergias estratégicas”?

¿Dónde está mi bebida energética?

La cuestión política clave, una vez más, es que el nuevo delicado posicionamiento de Turquía ha involucrado una seria fricción con aliados tradicionales –EE.UU., la UE e Israel– a medida que se acerca más y más a Rusia, Irán y Siria, y hace valer un papel de liderazgo (y ve como un modelo) en un Medio Oriente que se desarrolla rápidamente.

Sin embargo la clave es la energía, no la ideología. La mediación de Turquía y Brasil del pasado año con respecto al enriquecimiento de uranio iraní; las buenas relaciones comerciales con el gobierno regional de Kurdistán en Iraq; la buena relación con Azerbaiyán sobre los acuerdos del campo de gas de Shah Deniz. Todos estos hechos están subordinados a un tema predominante: la energía.

En este juego de alto riesgo, algunos gobiernos europeos son protagonistas más hábiles que otros. Si se piensa que el ex presidente de EE.UU. Bill Clinton fue el rey de la triangulación, no se ha visto al primer ministro italiano Silvio “Bunga Bunga” Berlusconi. La relación triangular Ductistán entre Italia, Turquía y Rusia es ahora clásica. En la reunión del G-20 de Seúl del año pasado, Berlusconi, Erdogan y Medvedev se retiraron a una reunión trilateral crucial sólo para hablar de Ductistán.

Un miembro del consejo de Gazprom dijo al periódico romano La Repubblica que a cambio de la expansión de Gazprom en Europa, el primer ministro Vladimir Putin abrió a Berlusconi y al gigante italiano de la energía ENI la explotación del gas caspio en Kazajstán (Esto gustará ahora particularmente a ENI cuando corre riesgo de que la excluyan en la “nueva” Libia, con o sin Muamar Gadafi).

Ahora Turquía quiere desarrollar Ductistán, no sólo a lo largo de un eje este-oeste sino también de norte a sur; esto quiere decir una compleja red de relaciones por lo menos con nueve países –Rusia, Azerbaiyán, Georgia, Armenia, Irán, Iraq, Siria, el Líbano y Egipto. Incluso antes de la gran revuelta árabe de 2011, tenían lugar serias negociaciones respecto a un Ductistán árabe que vincularía el Cairo, Amman, Damasco, Beirut y Bagdad. Esto haría más por unificar y desarrollar el nuevo Medio Oriente que ningún “proceso de paz”, “cambio de régimen” o, en todo caso, un levantamiento pacífico.

A pesar de todo, una seria tormenta en el horizonte podría echar a pique este capítulo de Ductistán; el proyecto de escudo de misiles de EE.UU., de hecho una triada de escudos de misiles que se desplegarán en Europa, Medio Oriente y Asia. La gran revuelta árabe de 2011 puede haber dejado a la sombra este tema, pero no ha desaparecido.

Washington ha culpado a Irán como justificación para instalar un escudo de misiles controlado por la OTAN en Europa. Un cinismo saludable apuntaría en su lugar a un escudo europeo realmente orientado hacia Rusia y un escudo asiático orientado a China. Pero también existe la posibilidad de un escudo de misiles de la OTAN instalado en Turquía, que apuntaría a Irán, y en menor medida a Siria. No es sorprendente que esta jugada del Pentágono y la OTAN, discutida el año pasado en la cumbre de la OTAN en Bruselas haya sumido a Ankara en una seria inquietud política.

Años después del libro de Davutoglu, una mirada a la estrategia energética oficial turca, publicada hace un año por el Ministerio de Energía y Recursos Naturales, revela que el transporte energía y gas es el pilar de cinco temas estratégicos. La nueva política exterior turca parece estar basada en evaluaciones muy realistas sobre el tema clave de la energía. Mírese como se sea, es un complejo laberinto de geopolítica y de inversiones públicas y privadas. Es posible que se necesite mucho más que un escudo de misiles para hacer pedazos esta estrategia.

El hecho es que los roles policéntricos de Turquía –como puente energético entre Oriente y Occidente, como modelo para el nuevo mundo árabe, como protagonista esencial en el Nuevo Gran Juego en Eurasia– son ahora mucho más cruciales que nunca. Sultanes del cambio – por cierto.

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Middle_East/MD07Ak02.html

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