El Evangelio y el Imperio. San Agustín

Por • 22 abr, 2019 • Sección: sociologia

José Ramón San Miguel Hevia

 

1. El Imperio y las iglesias

En el siglo I Roma asiste a la desaparición, al parecer definitiva, de todos sus potenciales enemigos externos. Al propio tiempo los emperadores quedan convertidos en soberanos únicos de la ciudad, después de anular todas las instituciones de la república que pueden oponerse o limitar su poder. La paz perpetua traída por Augusto y la perfecta organización administrativa de todas las provincias son los cimientos de esta gigantesca potencia política. Sólo los interminables y sangrientos conflictos domésticos de la casa imperial oscurecen el panorama.

La sacralización del pueblo de Roma representado por su emperador es el símbolo de este poder absoluto. Es cierto que las innumerables religiones a las que se extiende su dominio son toleradas, pero sólo a condición de quedar subordinadas a este culto nacional. Cualquier otra conducta equivaldría a poner públicamente en cuestión el supremo valor del Imperio y a dar el primer paso para su demolición.

Sólo la lejanísima y diminuta Palestina inquieta y desconcierta a los emperadores por su permanente rebelión nacional contra Roma y por el carácter totalmente heterodoxo de su religión, que venera en su templo a una extraña divinidad sin figura ni lugar ni determinación material. Es allí justamente donde un nuevo movimiento espiritual nace en los tiempos de Tiberio, intentando liberarse de las rígidas ataduras que impone el judaísmo más ortodoxo con su minuciosa ley, sus tradiciones, sus ritos y fiestas, y su templo.

La muerte de Jesús y la persecución de sus inmediatos discípulos tiene el efecto de dividir a la comunidad original en dos, una dispersa por todas las provincias del Imperio –donde adquiere creciente universalidad– y otra iglesia hebreocristiana –que es en rigor una secta del judaísmo– concentrada en Palestina. Esta contradicción queda bruscamente resuelta cuando el año 70 Roma, ante el permanente estado de guerra civil de aquella región, decide enviar sus legiones, que conquistan Jerusalén, destruyen el templo y expulsan al pueblo de Israel de su tierra.

La palabra apocalípsis ha llegado a significar simultáneamente catástrofe y revelación. El apocalipsis del judaísmo será según esto la catástrofe nacional a través de la cual el pueblo de Israel revela a los demás el mensaje que se le ha encomendado. Porque sucede que esa extraña divinidad sin nombre ni lugar ni forma que se hace presente en su templo, está ligada en exclusiva a un pueblo y rodeada del complicado aparato de una religión positiva. La destrucción de Jerusalén es por una parte una tragedia nacional para los judíos. Pero en la medida en que libera a su divinidad de toda determinación de lugar, de raza, de culto y de moral, descubre y revela su auténtica forma de ser y la proyecta sobre todos los hombres.

En el registro civil de la historia universal el nacimiento del catolicismo está datado según esto en el año 70, cuando la comunidad judeocristiana desaparece y se cumplen las predicciones ecuménicas de San Pablo. Muy poco después toman forma definitiva los tres sinópticos, destinados a catequizar a las iglesias esparcidas por todo el mundo. Estos primitivos catecismos, no sólo tienen en cuenta el mensaje evangélico, sino también su propia circunstancia histórica, tanto más cuanto que esta circunstancia –la destrucción de Jerusalén y del templo– cobra nuevo sentido contemplada desde la muerte de Jesús y recíprocamente ayuda a comprender esa muerte desde una nueva perspectiva.

Las primeras iglesias, por otra parte muy obedientes a los poderes públicos, rechazan el valor absoluto y la consiguiente sacralización del Imperio. El último libro del Nuevo Testamento y de la Biblia –el Apocalípsis– describe en términos vigorosos la oposición de las nacientes comunidades cristianas a la fuerza irracional y todopoderosa de la Bestia. Esta guerra declarada comienza aproximadamente a finales del primer siglo, pero tiene sus escaramuzas iniciales treinta años antes.

El esquema del conflicto no es nuevo. Reproduce episodios análogos de la historia de Israel –la polémica de los reyes idólatras y de los profetas y también el choque entre la religión judía, plenamente organizada, con templo, jerarquía sacerdotal, pueblo elegido y ley, y el mensaje evangélico que prescinde de todo este aparato. La misma situación se va a repetir de una u otra forma con protagonistas más o menos distintos a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

La comunidades cristianes mantienen frente al imperio una actitud contestataria. Esa actitud tiene tanto más valor cuanto que las iglesias, esparcidas por todo el mundo romano, son grupúsculos clandestinos, sin organización externa, sin una doctrina oficial. Por el contrario, el Imperio al que hacen frente es el mayor poder y la más formidable organización política de toda la historia.

Tampoco se trata de una contestación episódica, de una moda. Dura casi tres siglos, sin que en ningún momento haya disminuido la tensión entre el poder establecido y esa especie de anarquismo escatológico. Los momentos álgidos de estos conflictos –lo que después se llamaron persecuciones– van desde el año sesenta a los primeros decenios del siglo cuarto. Los escritores cristianos de aquélla época no pretenden establecer un cuerpo de doctrina, una teología, sino más modestamente, ser abogados defensores, «apologistas», de sus hermanos perseguidos.

El siglo IV marca un punto de inflexión decisivo en la historia del pensamiento político y religioso. Después de tres siglos de conflicto el Edicto de Milán tolera las comunidades cristianas, que salen de la clandestinidad, se comunican entre sí y se organizan y unifican siguiendo el esquema del Imperio. El culto, la doctrina y el gobierno son cada vez más uniformes y excluyentes. Quienes piensan o actúan al margen de la línea oficial, eligiendo la suya propia son expulsados de la Iglesia universal y tratados como herejes en el sentido peyorativo que guarda todavía hoy la palabra.

La catástrofe se consuma con Teodosio, que declara al cristianismo religión oficial del Imperio e integra a los sacerdotes dentro del orden civil. Desde ahora la idea de una iglesia y una religión universal servirá para justificar moralmente el poder de Roma. Y a la inversa, la enorme fuerza del Imperio apoyará a la Iglesia ante cualquier ideología extraña y cualquier desviación de la ortodoxia.

Esta trasformación del cristianismo en una religión positiva y en un poder político lo convierte, y convierte a todos sus fieles en algo paradójico y contradictorio, porque su forma de pensar es totalmente nueva y original, pero se inscribe en una realidad sociocultural heredera de la antigüedad. Por eso mismo la Iglesia encuentra una oposición cerrada por parte de una serie de comunidades “protestantes” del norte de África y de España. El siglo IV recuerda conflictos análogos del pasado, y prevé las luchas y contradicciones que se sucederán a lo largo de toda la historia de la Iglesia. En esta precisa circunstancia histórica hay que situar la desconcertante figura de Agustín. Sigue en….

El Catoblepas • número 64 • junio 2007 • página 8

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