Herman Wirth: Runas, el gran Yule, y la Patria Ártica

Por • 28 dic, 2019 • Sección: sociologia

Alexander Dugin

23.01.2019

A modo de prefacio

«No existe mayor misterio en el ser del hombre que el misterio de la vida y la muerte, de la muerte y el nacimiento. Para el hombre, el Año es la suprema Revelación de la acción divina en el Universo. El Año es la expresión de la ley cósmica dada por Dios, según la cual la formación del mundo tiene lugar en un retorno interminable y duradero. La imagen más profunda y mágica de la naturaleza frente a nosotros es el Año de Dios. Un número determinado de días que compone el Año, y cada uno de estos días reproduce la imagen del Año: el nacimiento de la Luz de la cual proviene la vida, llega a su apogeo, y desciende, muere, y se hunde, solo para surgir de nuevo. La mañana, el mediodía, la tarde, y la noche corresponden a la primavera, el verano, el otoño, y el invierno en el Año.

En primavera, “La Luz del Mundo” despierta la vida de nuevo, la rectifica, y desarrollándola hasta que alcanza todo su esplendor y el límite de su crecimiento en el medio día-verano, y después comienza de nuevo su ciclo hacia la noche y el invierno, preparando la muerte, y a continuación sigue el inevitable renacimiento. El hombre Nórdico observaba así la imagen de su existencia diaria y anual: en el alba del amanecer era un niño, después su juventud, al medio día y en la tarde llegaba a su madurez, y finalmente la decadencia de la vida y la vejez que trae el invierno de la muerte, y a través de esto una nueva vida, el renacimiento y un nuevo retorno que personifica la descendencia. El ciclo de los días se refleja en la permanente e ininterrumpida repetición del ciclo del año, porque el Año es el círculo de la vida humana. El ciclo, el movimiento circular, y la rotación incesante es la suprema ley cósmica de Dios, el Fundamento ético de todos los seres del Universo. Sobre este principio se fundamenta toda reflexión acerca de Dios y todo sentido de justicia. La ley de la rotación eterna, cuya expresión son el tiempo y el espacio, que se realizan especialmente en el Año, fueron reconocidos por la raza Atlántico- Nórdica como el símbolo del Año y el Árbol del Mundo, el Árbol de la Vida».

Estas palabras son extraídas del libro del gran erudito holandés Herman Wirth. Su nombre es poco mencionado por la gente de hoy, incluso por los muy eruditos, y sus libros no pueden encontrarse en ninguna biblioteca universitaria, pero la razón de esto será expuesta más adelante. No obstante, Herman Wirth fue una de esas personas que, en este siglo, en este oscuro periodo de la Edad de Hierro, el Kali Yuga, restauró una cantidad increíble de la Gran Tradición de la Edad de Oro y la misteriosa región de Hiperbórea – la mágica tierra de Apolo que está más allá del Norte. Réne Guénon y Julius Evola escribieron sobre la Tradición Primordial y el paraíso polar, y sus nombres son conocidos por todos los Tradicionalistas. Pero muy pocos de ellos conocen a Herman Wirt, este profesor alto, delgado, modesto y apasionado como cualquier genuino erudito, descubrió el secreto de los secretos de esta Tradición Primordial, reconstruyó su lenguaje, reveló los secretos de las runas antiguas, y descifró el mensaje de la Edad de Oro.

Tal vez parezca increíble, pero es un hecho. Herman Wirth logró nada más ni nada menos que recrear el “Proto-Lenguaje Sagrado de la Humanidad”, Heilige Urschrift der Meinscheit, el nombre de este libro pequeño, fascinante y fundamental.

Herman Wirt nació en 1885 en Utrecht, Holanda. Su familia pertenecía a un viejo linaje de Frisios, los habitantes del Norte de Holanda que difieren hasta hoy día por su altura y sus rasgos faciales clásicos indo-europeos. Desde su niñez, Wirt estuvo muy interesado en la historia de su país y de su pueblo. Él recolectó cuentos y leyendas, y estudió atentamente los signos y símbolos que decoraban las casas de los campesinos holandeses.

Wirt exploró a profundidad y completamente su país. En 1910, defendió su tesis titulada La degradación de las canciones populares holandesas y ya en este libro sorprendía a todos con su increíble erudición, la cual revisaba la prácticamente totalidad de todo el material disponible del folclore holandés.  Principalmente, intentaba construir un modelo general, una especie de proto-mitología que explicara todo el arte nacional y que pudiera ayudar a la mejor comprensión de la cosmovisión de sus antiguos ancestros. Partiendo de los antiguos símbolos y elementos holandeses, Wirt expandió el alcance de sus investigaciones etnográficas, culturales, simbólicas primero a todas las tierras germanas, a las fronteras de Europa, Eurasia y, finalmente, a las regiones más alejadas de la misma Europa: América, Oceanía, África y demás. Buscando una formula que pudiera generalizar la cosmovisión ancestral de los antiguos Arios, Wirt se movió en una espiral, clarificando, corrigiendo, extendiendo, o reconsiderando toda la información reunida hasta la fecha por lingüistas, arqueólogos, historiadores de la religión y del arte, antropólogos, etc. Su esfuerzo fue de una increíble intensidad.

Herman Wirth dominaba unos cuantos cientos – ¡sólo imaginen, unos cuantos cientos! – de lenguas antiguas, tratando de encontrar alguna clase de patrón común que pudiera rastrearse a épocas olvidadas. El modelo que Wirt desarrolló anticipó la “teoría Nostratica” de Illich-Svitych, la cual apareció mucho después, según la cual los pueblos de Europa, Asia y África hablaban un mismo idioma en el alba de la humanidad.

Pero las virtudes de Herman Wirth no se reducían a un deslumbrante intelecto. A diferencia de la comunidad científica positivista, él categóricamente estaba en desacuerdo con confinarse a sí mismo a un espacio pequeño y pasar toda la vida clarificando y revisando una vez más detalles menores, como era la práctica común entre los círculos de eruditos en este siglo “crítico” y pesimista. Wirt, como los eruditos de la Edad Media, se esforzaba por abarcar un enorme campo de conocimiento de una vez.  Su aproximación no era analítica, sino sintética. Por lo tanto, para fundamentar una hipótesis histórica él no apelaba a fragmentos caóticos y aislados como lo hacen los estudios antropológicos modernos que idolatran los hechos, sino que recurría a los mitos antiguos, la Tradición, y las fuentes sagradas.  Como Réne Guénon, Wirt consideraba que el mundo moderno era una anomalía, regresiva y degenerada, y la verdad se encuentra en los mitos, símbolos, leyendas, religiones, cultos, ritos y el folclore.  Sigue en…

Prefacio del libro Signos del Gran Norte: La Teoría Hiperbórea (Moscú, Veche, 2008)

Traducción por Juan Gabriel Caro Rivera

https://www.geopolitica.ru/es/article/herman- wirth-runas-el-gran-yule-y-la-patria-ártica

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