La estafa inglesa a Miranda

Por • 30 abr, 2022 • Sección: sociologia

Gerónimo Pérez Rescaniere

29/04/2022. El 5 de julio de 1812 estaba Francisco de Miranda presidiendo un banquete motivado por cumplirse el primer aniversario de la Declaración de Independencia. Pero una información interrumpe ásperamente el ágape: los españoles se han apoderado del castillo de Puerto cabello, depósito principal de armamento de la república.

—Venezuela está herida en el corazón, exclama.

Se suspende el banquete y horas después Miranda instruye a Pedro Gual para que viaje a los Estados Unidos y obtenga apoyo del presidente Madison.

En los días siguientes vienen la rendición y el armisticio. Miranda logró de Domingo Monteverde cláusulas de alta filantropía y perdón para los independentistas. Vista la militancia liberal y probritánica de Monteverde, estaba sucediendo una captura inglesa de Venezuela, contraria a lo que implicaba el virtual pacto con Madison que debía gestionar Gual. Porque solo eso se podía gestionar allí y porque —cosa muy importante— venía de declararse la llamada Segunda Guerra de Independencia de los Estados Unidos. En la cual loas tropas británicas asaltaban el territorio norteamericano apenas liberado 35 años antes. Elementos constitutivos de la decisión mirandina debieron ser la respuesta evasiva del canciller, británico Wellesley a la comisión venezolana que buscó alianza directa con Inglaterra contra Bonaparte, prescindiendo de España, y la muy aprobatoria de los Estados Unidos a la declaración de Independencia venezolana, llegada dos o tres días antes del 5 de julio. Pero había otro antecedente que debía calar hondo en la psiquis de Francisco de Miranda. Databa de 1808. Ante el dominio de España por Bonaparte, Inglaterra no permaneció de brazos cruzados. Se dio a preparar su independencia de las colonias es­pañolas antes de que fuera demasiado tarde y Napoleón las ocupara.

Se analizan y rayan mapas de México, Centroamérica, Nueva Granada, Cuba, Río de la plata, Perú, se calculan números de hombres a desembarcar, radas propicias, armamentos adecuados. Participarán en la acción los más peraltados generales ingleses, el comando general estará en manos de sir Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington. Y, lógicamente, Miranda es pieza mayor de estos planes. Pero, repentinamente Pitt informa a Miranda que su majestad el rey, al mismo tiempo que se trabajaba en lo ya conocido, mantuvo conversaciones con representantes de los liberales españoles que hacen la guerra contra Napoleón y arribaron de incógnito a Inglaterra, y llegó a un acuerdo con ellos, de alianza, por el cual tropas británicas invadirán la península hispánica prontamente. Inglaterra, como siempre, ha asado dos conejos en su política española para a última hora decidir por el más conveniente; debe escoger entre apoyar a Miranda, que quiere independencia de América hispana, y los liberales españo­les probritánicos, que le ofrecen sacar a Napoleón de la península y piden a cambio ser los dueños de España y mantener las provincias de ultramar como sus colonias. Y, como se verá, Inglaterra será premiada con parte del oro y la plata que produce América. Una vez más, se remite al archivo a Miranda, que difícilmente podrá olvidar la estafa. Y aunque lo olvidara, frente a Caracas estaba Domingo Monteverde, expresión de los liberales españoles y sus aliados británicos.

Tas el armisticio, Miranda hizo subir los baúles con sus pertenencias a un barco inglés surto en La Guaira, pero desciende a tierra y se pone a dormir en el caserón de la Compañía Guicuzpoana hasta que, a media noche, escucha una voz seca que le ordena despertarse y al abrir los ojos descubre que lo rodea un grupo de oficiales, entre ellos Simón Bolívar, que actúa como jefe. Parecieran querer juzgarlo sumariamente y ejecutarlo. Finalmente lo entregaron a Monteverde. Este hecho se convertirá en el INRI de la figura de Bolívar, se discutirán al infinito sus causas, examinándose un supuesto complejo de Edipo en el Libertador, igualmente el odio de quienes quedarían en manos de un enemigo despiadado, como efectivamente sucedió.

Por una casualidad que tal vez no lo sea tanto, quien daba un golpe desencadenante de la Segunda Guerra de Independencia norteamericana era el general William Harrison, quien 19 años después dirigirá una conspiración contra Bolívar. Leamos la respectiva ficha de internet:

Sesión especial del Congreso: «El presidente Madison con­vocó una sesión especial del Congreso en noviembre de 1811 para preparar la guerra. La alianza británica con los shawnees dirigidos por Tecumseh también au­mentó la tensión, promoviendo el deseo de una inva­sión estadounidense de Canadá. Tras meses de debate, el Congreso de Estados Unidos, el 18 de junio de 1812, declaró la guerra a Gran Bretaña».

A Tecumseh, gran líder indígena, lo mató Harrison.

La acción de Harrison funcionó como acto de provocación de la Segunda Guerra de In­dependencia de los Estados Unidos. Esto, asociado a la involucra­ción del general desde el nacimiento, con los más altos cenáculos del poder norteamericano, autoriza a pensar que tal vez fue de los poquísimos ciudadanos de aquel país que tuvo conocimiento de las causas secretas de esa guerra, causas de expansionismo, en principio hacia México, con virtualidad de ataque y conquista del resto de la América española.

Volvamos a la misión de Pedro Gual. Para entenderla conviene recapitular la política mirandina hacia los Estados Unidos desde que el ministro francés del Interior declaró en diciembre de 1809 que el Emperador no se opondría jamás a la independencia de las colonias españo­las de América, por considerarla basada en el orden natural de los sucesos, en la justicia y en el interés bien entendido de todas las potencias.

En agosto de 1811 el canciller Miguel José Sanz había conferenciado con el Cónsul norteamericano Lowry diciéndole que Venezuela no contaba sino con la ayuda de los Estados Unidos, lo que indujo a Lowry a escribir al secretario de Estado la urgencia y conveniencia de invertir dinero en la revolución venezolana, de donde se originará el envío de una misión de ayuda a Caracas cuando se produzca un terremoto.

El sismo producirá una famosa escena de Bolívar que bajó a un sacerdote de unas ruinas desde donde predicaba que se vivía el castigo de Dios a Venezuela por haber desobedecido a su rey Fernando Séptimo. Excitado, sujetando al religioso por el cuello de la sotana, gritó Bolívar a la multitud: “Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca” pero también produjo el siguiente documento, emanado por Alexander Scott, Agente de los Estados Unidos para el auxilio de las víctimas del terremoto, dirigido a James Monroe, Secretario de Estado de los Estados Unidos”.  La Guayra, 1° de Enero de 1813.

ESTIMADO SEÑOR: En este momento he recibido una orden de abandonar este país dentro de cuarenta y ocho horas. Entre muchas otras, esta orden es prueba de la hostilidad de los españoles hacia loa Estados Unidos y de hallarse completamente bajo la influencia de los consejos británicos. Me encuentro en la necesidad de fletar un buque para que me conduzca a Curazao en donde procederé a solicitar un buque para alguna de las demás antillas, con gastos y molestias nada peque­ños. Una variedad de inenarrables sucesos ha conspirado para hacer mi residencia en este país sumamente incómoda e inconveniente. Suce­sivamente hemos presenciado desde nuestra llegada el hambre, la guerra civil, el sometimiento del país por el enemigo y a nuestros amigos, partidarios del Gobierno anterior, llevados encadenados a prisión y tratados con la mayor crueldad. Como este: Gobierno (el de Monteverde) recibió la ma­yor parte de la Donación, esperé cuando menos, urbanidad y atenciones; pero su conducta ha sido completamente lo contrario. Un ejemplo reciente de su pequeñez es la extorsión del derecho de exportación sobre mi propiedad, el cual estoy obligado a pagar.

Cerca de doscientas víctimas más han sido últimamente arrancia­das a media noche de sus familias, cargadas de hierros y arrojadas en las mazmorras de La Guayra, sin saber de qué crimen eran acusadas”.

Miranda permanecía encadenado en el castillo de Puerto cabello. De ahí lo trasladarían a Puerto Rico y finalmente a Cádiz, España, donde gobernaba omnipotentemente el general Wellington, que se abstuvo de liberar al que fuera su amigo y copreparador de la invasión a la América española nunca realizada.

¿Casualidad?

https://ultimasnoticias.com.ve/noticias/jabon-de-olor/la-estafa-inglesa-a-miranda/

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