La revolución de la independencia y la literatura

Por • 18 oct, 2019 • Sección: sociologia

Jesus Semprum

[Este texto, escrito por quien es considerado por muchos investigadores como el crítico literario más importante de la primera mitad del siglo XX venezolano, constituye una temprana radiografía sobre las letras del país luego de la Independencia.]

El texto fue publicado en Caracas en 1911.

17/10/2019

No obstante que apenas nos apartan un siglo de ella, escasas noticias dignas de toda fe poseemos acerca de la sociedad venezolana de 1810, porque las más de esas noticias están escritas casi todas por personas a quienes su particular interés obligaba a describir las costumbres por lo menos con ciertos paliativos, si no era la influencia del medio, el ambiente de hipocresía social y cierto recóndito candor, no exento de interesada indulgencia para interpretar los hechos en que acaso el narrador había tomado parte, deformaban el cuadro. Si se toma en cuenta el modo cómo los periódicos de hoy en día narran de la manera más distinta y sorprendente los sucesos que acontecen a nuestros propios ojos, nuestra desconfianza hacia el testimonio de los contemporáneos crecerá de punto. Los viajeros deben merecernos más fe; pero es preciso recordar que los viajeros sólo podían examinar lo que aquella sociedad quería mostrarles: la superficie dorada de cortesías y regalos, el aspecto formal y ceremonioso, y en modo alguno la íntima organización, sus vicios, pasiones, deseos, prejuicios, amores y odios. Eran estas cosas domésticas de las que los colonos ocultaban con recato de pudor incorruptible; y el viajero, que conservaba fresca la memoria de agasajos y dulzuras, solía desatarse en encomios, casi siempre sinceros, algunas veces exagerados, de Venezuela, y especialmente de Caracas.

Sólo la correspondencia íntima de las personas más humildes e ingenuas podrían darnos una clave cierta para penetrar por camino seguro en el corazón de la colonia; pero semejante correspondencia no es, relativamente, muy abundante; y además, ciertas preocupaciones imperantes todavía quieren que nos abstengamos de penetrar con indiferencia analítica de curiosos, que muchos tacharían de profanación, la vida colonial de principios del siglo pasado(*).

La literatura, arte que debe traducir y exponer con suma claridad el estado de ánimo de los pueblos, sus costumbres y sus aspiraciones, no existía entonces, propiamente hablando. La Capitanía General era pobre, áspera, supersticiosa e iletrada. Por más que digan algunos hispanizantes, la instrucción del pueblo era mirada con recelo vivísimo, no sólo por el gobierno español, sino por la clase de los criollos ricos, burócratas y propietarios, quienes aspiraban a adueñarse económicamente de la colonia. La enseñanza que recibían los alumnos de la Universidad de Caracas era precaria y absurda. Faltaban maestros idóneos, faltaban libros. Las condiciones en que vivía la sociedad de la colonia no eran, además, propicias al desarrollo de ninguna rama literaria. El escritor y el poeta han menester, para la perseverancia en su tarea y el perfeccionamiento de su arte, que la atención pública, el aplauso o la censura estimulen su acción: necesitan especialmente que existan espíritus que se preocupen por aquellos mismos problemas que a ellos preocupan y sientan la belleza como ellos la sienten. Aquella sociedad no se preocupaba por problemas de índole ni remotamente artística ni poseía sensibilidad para gustar obras de arte. La gran preocupación de los criollos era adueñarse del gobierno de la colonia para asegurar definitivamente sus intereses; los pardos veían con cautelosa inquietud los proyectos de la oligarquía blanca; y los negros no pensaban en nada, embrutecidos en la servidumbre. De los indios no se puede hacer cuenta. La actividad de la vida urbana reducíase a intriguillas políticas de menor cuantía, a una chismografía baja y estólida y a rencillas más o menos ruidosas sobre si fulano era de limpio linaje o mengano tenía cuarterones o mulatos entre su parentela. Detrás de las pesadas puertas, herméticamente cerradas, tras la compostura estirada y grave de aquellos caballeros y de aquellas damas, bullían sólo en efervescencia atroz las preocupaciones mínimas de casta, el deseo de humillar a los inferiores y la tendencia al lucro. La juventud se educaba en una escuela extraña de prejuicios: mostrábanle el empaque grave como un deber de “nobleza” y tenían buen cuidado de hacerle comprender que los bienes de fortuna son una de las mayores mercedes que Dios les puede dispensar a los hombres. No se crea, sin embargo, que de tal enseñanza resultaran siempre unos redomados hipócritas; el fuego de la juventud es demasiado impetuoso para sofocarlo con amaños de aquella índole, y solía ir afuera con vehemencia, a veces con estrépito y de vez en cuando con serios perjuicios de tercero. Las fuerzas juveniles perdíanse y agotábanse en ejercicios no siempre virtuosos. Aquellas fuerzas sofocadas por mucho tiempo, encontraron al fin un cauce y realizaron una obra de prodigio.

Antes de que los sucesos que ocurrían en el universo, convirtiendo colonias en repúblicas independientes y libres, con la aprobación y ayuda de monarcas absolutos de Europa; y que desbaratando y entregado a las llamas el trono y el altar, llegaran a Caracas en un eco remoto y confuso, sólo existían en Venezuela algunos aficionados a las letras, tímidos, inéditos y poco brillantes. Los triunfos literarios más sonados eran los que obtenía el autor de algún vejamen en la Universidad; pero este género de composiciones poéticas no atestigua mayor ingenio ni siquiera medianos conocimientos técnicos en sus autores. La literatura atravesaba una época triste en la propia península, donde imperaba el pedantesco e insoportable neoclasicismo francés, que condenaba a Lope, a Calderón y a Shakespeare, en nombre de Boileau y de Voltaire. La visita de Arriaza, poeta español cuya fuerza como repentista era admirable, pero poco culto y de numen trivial y rastrero, suscitó cierto momentáneo entusiasmo en las tertulias literarias de los Uztáriz, entusiasmo que pronto había de borrarse con el advenimiento de la revolución. El caso de que se diera un poeta de inspiración feliz siquiera a ratos medianamente culto, era verdaderamente esporádico. Bello no dejaba entrever todavía lo que había de ser andando el tiempo. Sor María Josefa de los Ángeles era un fenómeno rarísimo en aquel medio y en aquella época. Vicente Tejera apenas dejó dos poesías que se pueden leer hoy con algún agrado, y los demás que habían de distinguirse más tarde en el cultivo de algún ramo de las letras no habían demostrado entonces ni mucho ardor ni excesivo talento.

Con los principios de la Revolución aparecen los primeros gérmenes de un florecimiento literario. La inquietud colectiva, el intento de la emancipación, ya vivo en el secreto del corazón de muchos, los primeros sucesos de la guerra de España, la efervescencia sorda de los conspiradores, fomentaban la exposición en público de las ideas y aspiraciones que fermentaban en la cabeza de los criollos. En un teatro improvisado de Caracas, representábanse en 1808 farsas en que se ponía de oro y azul a Napoleón. Fernando VII era entonces el ídolo de la Colonia, y los conspiradores que aspiraban a apoderarse del gobierno azuzaban aquella idolatría, que por el momento iba directamente contra las autoridades afrancesadas. Principiaron a circular clandestinamente diatribas contra el gobierno de la Colonia, excitaciones vehementes a la rebelión y versos epigramáticos y satíricos contra determinados personajes. Cierto que esto no puede llamarse con propiedad literatura, pero lo cierto es que de allí arranca la afición a expresar con palabras elocuentes los propios pensamientos, afición de que tanto han abusado posteriormente los venezolanos, para tristeza y mengua de lo que podemos llamar nuestra literatura. Cada quien vio en la manifestación escrita de las propias ideas un arma, un medio de difusión de las doctrinas que le fueran más simpáticas.

La revolución abrió ante el espíritu ambicioso e inquieto de la juventud un horizonte espléndido en promesas de triunfo. Toca a otros desentrañar los verdaderos orígenes y móviles de la revolución de abril. Como quiera que fuese, la mayor parte de la juventud de Caracas abrazó con entusiasmo frenético el partido de la rebelión, y de aquellos antiguos libertinos que pasaban las noches en vela sentados al tapete o escandalizando la vía pública, borrachos como odres o entregados a fornicaciones ilícitas y escandalosas, salieron nuestros mejores generales, héroes improvisados que corrieron, con distinta suerte, a dirigir los ejércitos de la República.

Pero antes de empuñar las armas escalaron la tribuna. Y entonces oyose por primera y única vez en el ámbito de Venezuela un conjunto de voces que reclamaban libertad con brillante estrépito. Es sorprendente la elegancia con que solían expresarse oradores, aun poniendo aparte como sospechosos de mixtificación aquellos acentos impregnados de desesperada belleza que Juan Vicente González les concede a los labios de Coto Paúl. Cosa curiosa es que la Sociedad Patriótica, que como junta literaria, en tiempos bonancibles, hubiera resultado, a la postre, soporosa y vacía, resultó como club revolucionario una fecunda academia de buen decir. Buen decir hasta donde les era posible obtenerlo a aquellos que debían ser antes que todo hombres de acción. Allí se ejercitó y fecundizó el ingenio que Bolívar debía prodigar más tarde en sus proclamas, las cuales, con no ser pulcras ni correctas y con presentar ordinariamente una arrebatada desigualdad en la composición, son verdaderas maravillas de fuego, de penetración y de habilidad. Por lo demás, no es mi intento presentar al Libertador como un dechado en punto de arengas militares y mucho menos de literatura. Su elocuencia lo ayudó mucho en sus propósitos, ni sus sienes reclaman el laurel de Apolo, ni en verdad que sabríamos dónde colocarlo en medio a ese follaje pródigo que la posteridad ha venido echando sobre su cabeza.

Necesario es hacer un esfuerzo mental muy hondo para situarnos en aquellas condiciones en que se encontraban los jóvenes de la época. Quizá el que logre adquirir claramente la noción de lo que aquellos hombres querían y pensaban, sentirá acrecentarse mucho su admiración y su veneración por ellos. No pensaban ni sentían como nosotros; y por eso mismo su obra es muy distinta de la nuestra. La civilización occidental apenas había penetrado entonces de un modo vago y ligero, como brisa atenuada al través de espesas frondas, en la Capitanía General de Venezuela. Aquellos hombres tenían raíces en la tierra nativa, exactamente como un árbol. Como un árbol bebieron del natal terrón impurezas y fuerzas, virtudes y vicios, alegrías y tristezas. Lo que nunca, por nuestra desgracia, hemos podido ver realizado después, se realizó entonces: viose a una generación representativa de las más impetuosas fuerzas sociales, de hombres que iban al sacrificio de su peculio, de su decoro y de su vida con una tranquilidad sencilla, sencillamente espantosa para el enemigo que con ellos se hubiera. No soy yo de los que creen que el examen atento y minucioso de la vida privada de los libertadores puede perjudicar su gloria, ni siquiera en lo más mínimo nuestro respeto. Por el contrario, sería conveniente mostrarle a nuestras generaciones jóvenes que los dechados que exponen con candor tranquilo los libros de lectura para párvulos y las predicaciones del Catón de San Casiano, no hubieran podido realizar en modo alguno aquella obra de bien y de belleza. Pero no han madurado todavía los tiempos de semejantes prédicas.

El movimiento de 1810 transformó naturalmente, antes, que el habitual reposo de la colonia, y el carácter de los sucesos políticos, el alma misma de los que dirigían la revolución. Porque ocurre con frecuencia que emprende uno tal o cual prédica y que a poco de estarla ejecutando parece como si nuestras propias palabras vinieran del exterior, ya convertidas en cosas potentes y vivas, a influir sobre nosotros de un modo enérgico, como testigos que reclaman el cumplimiento de una promesa. Los hombres acostumbrados a ver hacia afuera exclusivamente, tornaron la mirada de sus espíritus hacia el interior, hacia los subjetivos paisajes del heroísmo y la abnegación, hacia el concepto de Patria, concepto puramente ideal, y que, sin embargo, ha sido siempre tan fecundo en altos hechos prácticos.

De la tertulia, más o menos amena, del chocolate graso, sorbido en paz dulce y en amable compañía, de las vulgares diversiones en que se complacían nervios y ánimo, pasó la gente a mirar y desear otras cosas más altas y nobles. El pensamiento y la aspiración de la gloria, apunta, como aurora de sangre, en la mente de los libertadores. Y la ferocidad y la vanidad y los apetitos carnales, fueron puestos al servicio de un propósito magnífico y de ese modo convirtiéronse muchos hombres, de imperceptibles petimetres u oscuros menestrales que eran, en admirables tipos de heroísmo abnegación. Porque la inclinación viciosa, si es fecunda, resulta mucho más laudable que la árida e irreprochable virtud.

Con todo esto se roza de un modo muchísimo más directo de lo que puede imaginarse la literatura. La nueva actitud de los jóvenes hacía posible una comprensión amplia de la vida y abría arcaduces, hasta entonces obliterados, a nuevas corrientes de ideas y sentimientos, y a una primeriza y pálida estética. Aquellos hombres crearon un gesto elegantísimo y bello. Alguna vez se me ha ocurrido, leyendo a Homero, que sin Aquiles y sin Ulises el ciclo homérico sería una bruma densa y funesta en que se esbozarían apenas vagos fantasmas sanguinarios y odiosos. Y eso precisamente, bruma plagada de odiosas sanguinarias visiones, viene a ser nuestra historia hasta aquellos días.

La literatura se alimenta de la belleza exterior, es cierto; más requiérese también que exista en el espíritu de la colectividad cierta simpatía comprensiva y embellecedora para sentirla y engalanarla con aquellas flores y delicadezas inexistentes que solemos poner, como una contribución de nosotros mismos, de lo más puro y recóndito de nuestra alma, en los espectáculos de afuera. Ese estado de ánimo lo poseyeron los libertadores en sus inquietantes inquietudes. Pero hicieron algo mejor, y fue crear en la realidad de la vida una mina de belleza viva y efectiva. Nada más admirable, desde el punto de vista de la literatura, que el alboroto glorioso y épico con que Bolívar circundó, como con nimbo rútilo, la explosión de San Mateo; y el homenaje rendido al corazón de Girardot tuvo todo el esplendor, la gracia y el brillo de la apoteosis de un semidiós helénico. Tan hermosa fue la batalla de Junín, que resultó capaz de crear el único poema épico que contamos en América. Los héroes colombianos, más que Olmedo, son los verdaderos autores de ese poema: suministraron la materia inicial. Asimismo, no es la miel producto de la estúpida labor de la abeja, sino recóndita y dulce prenda de la silenciosa y fragante actividad de las flores.

Supondréis acaso que coloco ahora la acción sobre el pensamiento y que subordino la estética a la simple acometividad cerril de tal o cual bruto. Lejos de mí tal intención. Pero es preciso confesar que los que llamamos líricos actualmente en nuestro país, han escogido exclusivamente para su acción un campo estrecho y no nada fértil. Nuestros líricos odian o repugnan la acción, unos por temperamento contemplativo, otros impulsados acaso por móviles menos desinteresados. La acción es el complemento del pensamiento. ¿Qué es una acción cualquiera, la más espuria, la más abyecta, sino una idea ejecutada? Hemos entregado la acción en manos torpes, y por eso no debemos quejarnos al presente de que produzca torpezas. Cierto que torpezas, y muchas, existieron en la época revolucionaria, pero aquellas torpezas eran naturales y espontáneas, y no emanaban casi nunca de un deliberado propósito de lucro. Dejad que el perro ejercite su olfato; mas no le permitáis que os comunique su sarna en contactos cariciosos.

Y luego, aquellos hombres soportaron e hicieron fecundísimo otro gran elemento de arte: el dolor. Poquísimo o nada de cristiano, y mucho menos de católico, tengo yo. Por tanto, no creáis que preconizo el dolor como un remedio o purga para rescatar culpas. No creo en la eficacia ética del dolor. Pero sí creo en su eficacia estética. El misticismo existe sólo por su belleza de formas; y el misticismo es hijo legítimo del dolor. Aquellos hombres, señores, sufrían con intemperancia insuperable. Y esa era una forma de actividad republicana, más peligrosa, en realidad, que todas las batallas ganadas por las hordas libertadoras. No lo comprendieron así los broncos gobernantes que España tenía en nuestro país, y eso fue un error trascendental, tan triste como el de los emperadores incrédulos que oprimieron y martirizaron a los cristianos.

A aquella costumbre secular de sentir y examinar el dolor, y de la escasa aptitud para la acción que nos invade ahora, debemos el que surja, como funesta fuente irrestañable, esa incontinencia lagrimal de que padecen nuestros poetas contemporáneos. Lamentar sencillamente lo malo o alabar lo bueno que hayan hecho los otros, es vilipendio de la propia virilidad. Opugnar con palabras los hechos es aceptar arma inferior y hacer desigual –para la propia desventaja– el duelo.

Aquellos hombres tenían de su parte lo mejor; el desprecio de la vida, el desprecio del dolor, el desprecio del dinero; el amor de la vida, el amor de la gloria, el amor de la verdad. Ninguno, fijaos bien en ello, ninguno aspiró a la muerte voluntaria, ni a la paz arcádica, a aquella bestial utopía de “ni envidioso ni envidiado”, que parece formulada por una vieja bestia de carga; ninguno tampoco fue hipócrita: llevaban sus vicios, no como preseas, sino como miembros naturales del propio organismo.

Aquellos hombres prepararon nuestro florecimiento literario, efímero e infecundo. En una centuria de vida independiente que llevamos, sólo podemos citar con orgullo tres o cuatro nombres que nos honren en bellas letras: Juan Vicente González, Cecilio Acosta, Pérez Bonalde; Bello no es nuestro; Baralt, tampoco. Y fijaos en que de esos tres hombres que cito, ninguno ha dejado obra que pueda ejercer influencia práctica en nuestra generación. El uno dilapidó su talento como millonario demente sus tesoros, en una estéril pugna de política personal; el otro se acogió a un recogimiento estéril; el último tuvo la debilidad de suicidarse con costumbres que adoptó como protesta contra la pudibundez del medio en que vivía.

¡Y sólo porque todos fueron pesimistas! Hablo a los que serán mañana la fuerza, la única fuerza posible de Venezuela. No tengo ni edad ni autoridad para dar consejos. Pertenezco a una generación amorfa que ha de hundir pronto la frente en el eterno manantial del olvido, después que la sumió largamente en el polvo de la ignominia. Acaso nuestros hermanos menores nos excusarán un día del oprobio; pero antes es preciso que corrijan la obra de cuatro generaciones. Por eso me atrevo a aconsejarles el optimismo y el horror a todo género de contemplación. Nada de lo que hagáis es malo; y aun cuando fuere malo, eso malo será con mucho preferible a la vana expectación en que nos hemos sumergido hace años, como en un fango soporífero.

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Este texto fue publicado en Caracas en 1911.

*Se refiere al siglo XIX. (Nota de Prodavinci).

https://prodavinci.com/la-revolucion-de-la-independencia-y-la-literatura/

 

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